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Chapter 2 - Página II: La Liturgia de la Carne y el Polvo

A medida que los pies de Sergio lo obligaban a caminar hacia el centro del valle, el aire se volvió más pesado, saturado con un olor a ozono y metal oxidado. El zumbido del Ojo Rojo se transformó en una voz colectiva, un coro de miles de susurros que hablaban en lenguas muertas antes de que el hombre aprendiera a gesticular. "El Testigo ha llegado", decían las piedras. "El Heraldo de la Túnica Azul ha reclamado su puesto". Me di cuenta de que mi presencia no era un accidente; era un nombramiento. Cada cierto ciclo de mil años, la entidad necesitaba un par de ojos humanos para procesar la realidad, para darle significado a su propia existencia destructora.

El cielo comenzó a sufrir una metamorfosis espantosa. Las nubes amarillentas que flotaban bajo el orbe rojo empezaron a condensarse en formas que recordaban a órganos internos: pulmones de vapor que se inflaban y desinflaban, arterias de rayos que bombeaban electricidad estática hacia la superficie. Entonces, el Ojo Rojo parpadeó. Fue un evento sísmico. Los párpados de nubes se cerraron por un segundo, sumiendo al mundo en una oscuridad tan absoluta que sentí que mi alma se desprendía de mis huesos. Cuando volvió a abrirse, la pupila ya no era blanca; era un espejo que reflejaba mi propia imagen, pequeña y patética, en el centro del cosmos.

Las figuras sin rostro que habitaban en las sombras de los cañones comenzaron a emerger. Eran seres altos, esbeltos, envueltos en jirones de sombras que parecían devorar la poca luz que quedaba. No caminaban; se deslizaban sobre la arena de huesos como manchas de aceite en el agua. Se detuvieron a una distancia respetuosa, formando un semicírculo alrededor del altar de piedra negra hacia el que yo me dirigía. No tenían ojos, pero sentía su juicio. Yo era el elegido para el sacrificio final, el recipiente que contendría la agonía del universo para que ellos pudieran seguir existiendo en la penumbra.

Al llegar al altar, mis manos finalmente se separaron, pero no para darme libertad. Se elevaron hacia el cielo, con las palmas abiertas, mientras una lluvia de líquido carmesí empezaba a caer desde el espacio. Cada gota que golpeaba mi piel quemaba como ácido, pero no dejaba cicatrices; en su lugar, dejaba inscripciones luminosas en un idioma prohibido. Mi cuerpo estaba siendo reescrito, convertido en un pergamino viviente donde el Ojo Rojo grababa la historia de todas las extinciones que había provocado. El dolor era tan vasto que trascendía lo físico, convirtiéndose en una nota musical pura que resonaba en el vacío.

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