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Chapter 2 - Sin Uniforme y El Amo Dando Su Orden Brutal.

Tiempo: Dos semanas después de la rebelión contra su progenitor.

Fecha: Lunes, 26 de mayo de 2009.

Hora: 08:00.

PAÍS: DARVELIA.

CAPITAL: DRAVENTOR.

Cómo olvidar a Beatrice Hollow. Cómo aplacar la sed que siento por ella. Pocas veces en la vida uno comprende que, en el fondo de la mirada de una mujer, hay fuego que no arde. Un carbón caliente que alguien, en su ignorancia, apagó… pero que, con un viento incierto soplando a favor, en un descuido, vuelve a encender la hoguera de su convicción.

¿A qué hora llegará Beatrice? Es una pregunta con demasiadas respuestas posibles. Son las 08:00 y aún no llega, lo que significa que llegará tarde a su trabajo. ¿Habrá pasado algo en la estación de buses Noting Bus? Es una pequeña estación en plena vía pública, en la intersección de la Avenida Falkenstraße con Avenida Lindhavn, junto a una banca verde de madera protegida por un techo de calamina color plata.

Sé que está cerca, pero intuir no basta. Necesito saber qué está haciendo. Es necesario para mí. Mi corazón se agita. No es un ataque cardíaco, sino una especie de taquicardia provocada por el exceso de tensión: una mujer que no sabe aún cuál es su lugar en el mundo, cargando problemas que la golpean en casa.

Sin querer, cierro los ojos. Dejo de beber mi café negro y espeso. Me levanto. Respiro hondo. Por un instante, logro verla.

Con esfuerzo, usando solo la imaginación, la visualizo: lleva un vestido largo de tela blanca con adornos azules que imitan flores de margarita; los tallos se retuercen en un diseño minimalista. Usa sandalias bajas de suela color arena, con correas de cuero curtido que rodean el dedo pulgar y rozan el índice, adornadas con pequeñas cuentas de colores primarios dispuestas de forma desordenada, otorgándole un estilo único. Sus pies —talla 36— lucen esmalte blanco, impecable. Camina con aparente desinterés, cargando una cartera amplia de crochet donde guarda lo indispensable. El peinado de siempre: pixie, con volumen en el flequillo superior derecho.

La veo caminar, contonear suavemente las caderas. Se protege del sol intenso de la mañana con lentes grandes color marrón. Apurada, tropieza con una mujer mayor y hace caer una bolsa de pan. Pide disculpas, como la mujer educada que es, levanta la bolsa y continúa. Cruza la calle Guillermo Niuman, pero un DeLorean modelo 1669 casi la atropella. Logra esquivarlo saltando hacia atrás. Continúa ahora a trote ligero, hasta que un perro intenta morderla. Cambia de dirección, cruza nuevamente la pista y, al llegar cerca de la calle Greta Weiss, se detiene en seco.

Mira hacia atrás, de costado. Se toca el derrière por un instante. Observa su palma: intacta, limpia, vacía. Revisa su cartera y confirma que el paquete de toallas higiénicas sigue allí. Tranquila, reanuda el camino. Seis esquinas más tarde, toca el timbre.

Ese sonido me despierta del trance. Camino con ansiedad hacia la entrada. Quito el seguro, cruzo el pasadizo lleno de macetas con plantas exóticas y abro la puerta que comunica con la calle Greta Weiss N.º 15466, cuadra quince. Por fin, ella está allí. Hermosa. Preciosa. Tal como la imaginé.

El vestido blanco que no se decide si es blanco con azul o azul con blanco, los lentes grandes, el pixie de siempre, la seriedad que me restregó en la cara desde el primer día. Eso fue hace cincuenta y un días atrás.

—Muy buenos días, señor Adler —dijo Beatrice Hollow.

—Buenos días, Beatrice. Has llegado tarde —respondió Leonhard Adler.

Vi con cierta satisfacción cómo se quedó congelada, la boca entreabierta, la expresión neutra. No creyó mis palabras; no la culpo, yo tampoco lo habría hecho. Levantó el brazo derecho, giró la muñeca y miró el reloj: 08:20 horas. Quedó desconcertada. Tal vez se pregunta cómo pudo hacerse tan tarde si bajó de la estación hace poco. Luego hace cuentas: una sucesión de pequeños acontecimientos desafortunados, constantes, suficientes para provocar el retraso.

—Le pido que me perdone, señor… por favor —suplicó Beatrice Hollow.

Es fascinante cómo, al percibir un error propio, junta ambas manos sobre el centro del cuerpo, a la altura de la pelvis, e inclina la cabeza. Una actitud sumisa, pese a que no hice nada para desmontar su resistencia. Cree, de forma ilusa, que eso podría conmoverme. Pero soy, por definición, un hueso duro de roer.

—Negativo. Te descontaré veinte Marcos Darvelianos —sentenció Leonhard Adler.

—Pero, señor… no fue mi intención. Solo fue un error, no volverá a pasar —insistió Beatrice Hollow.

—Los errores se pagan, señorita Hollow —concluyó Leonhard Adler.

Por más que intenta disimularlo, puedo oír cómo su mandíbula se tensa; sus dientes rechinan con un ritmo preciso, casi como un metrónomo. ¿Si me dolía verla así? La respuesta es simple: no. Antes de ella estuvieron otras. Leonor "la de busto grande", amable, insegura con su cuerpo. Liliana "la mirada sucia", directa, sin rodeos, demasiado expuesta para mi gusto. Les confié la casa durante semanas; cada error tenía un costo. Al final, algo en ellas se quebró entre el sudor y el cansancio. Renunciaron. Fue entretenido. No lo repetiría.

Priscila fue distinta. Tímida, orgullosa. Enjuta, diminuta, apenas metro y medio. Llegaba temprano. Limpia, precisa. Sus sandalias siempre le quedaban grandes; pies pequeños, talla 35. Esos talones… basta pensarlos. Imaginarlos aquí, mirándome asustada mientras transgredo cada uno de sus límites, hasta que llora sin permitirse el lamento. Por orgullo. Olvida, se odia, a veces vomita de asco. Siempre vuelve.

La indemnización fue única. Renunció porque se sentía vacía por dentro y por fuera. Las marcas que veía en el espejo de su cuarto confirmaban algo que, durante su tiempo en esta casa, nunca le perteneció del todo. Falló a su dignidad, jamás a su orgullo. Diez mil Marcos Darvelianos. Sí, ha leído bien.

¿Por qué tanto dinero? Porque muchas veces terminé agotado por el trabajo con ella. Porque la vi odiarse, vomitar, sentir que algo dentro se le perdía. Llegó a estudiar Ciencias Contables en la Universidad Mega Acrópolis. Como tantas otras: muchas heridas, muchos rostros, distintas tallas. Fragmentos del cuerpo humano repitiéndose sin orden en mi mente, siempre acompañados de gritos que se niegan a disolverse. Mucho sudor.

Por un momento me pierdo en esos pensamientos. Entonces llega ella. La única mujer que, de una u otra manera, se coló en mi mente de forma inusual, hasta volver inevitable lo que vino después: Priscila Adler. Ya no lleva solo su nombre; ahora carga con mi apellido.

Es pequeña. Cabello rubio, largo, recto, apenas ondulado en los costados. Ojos azul índigo, mirada sincera. A pesar de los años, sigue delgada. Suele usar pantalones de tela en tonos sobrios: azul, blanco, gris. Zapatos de tacón ocho; sus pies diminutos son frágiles, aunque elegantes. Labial rosado. Da un paso al frente sin importarle que la señorita Hollow esté allí. Me besa sin aviso, sin tregua para respirar. Me roba el aire y, sobre todo, me expone.

—Con su permiso, señor… me retiro a hacer las tareas —dijo Beatrice Hollow.

Aparté a Priscila con una leve presión en los brazos. La miro de frente, fijo en sus pupilas azules, y digo sin dudar, sin cortar la frase:

—¿No te gustaría darte un chapuzón en la piscina? —preguntó Leonhard Adler.

—No, amor. ¿Cómo crees que voy a ir a la piscina si quiero estar contigo todo el día? —respondió Priscila Adler.

—Piénsalo. Hace mucho calor. ¿Lo sientes? —insistió Leonhard Adler.

Veo cómo el sudor aparece en su frente. Duda. Se toca el rostro con la muñeca; su expresión se contorsiona mientras las dudas se acumulan, como una frase mal escrita que se repite.

—Sí… tienes razón —aceptó Priscila Adler.

Mi esposa no resiste la gravedad de mis palabras. Suelta la cartera, camina en línea recta, sin parpadear. Cruza el pasadizo, entra al patio trasero, sube las escaleras y, sin pensar, se lanza a la piscina olímpica con la ropa puesta. Se hunde. Luego flota, mirando el cielo, la mirada cada vez más ausente.

—¿Por qué hizo eso con su esposa, señor? —preguntó Beatrice Hollow.

—¿Yo? No hice nada. Tú misma viste que fue sola a la piscina. Tenía calor, eso es todo —respondió Leonhard Adler.

—No sé explicarlo, señor, pero cuando usted habla… algo pasa en la mente. La mía se niega a obedecer a la conciencia… pero… —dijo Beatrice Hollow.

Me agrada verla humedecerse los labios con la lengua cuando tiene miedo, cuando reconoce una verdad que otorga autoridad al otro. Porque eso soy para ella: el otro.

—Qué bueno que lo recuerdes, que lo reconozcas. No olvides que formé parte de ti hace poco —le recordé.

—Por favor… no me lo haga recordar —suplicó Beatrice Hollow.

Coloca la mano derecha sobre la boca, intentando contener una arcada. Posiblemente recordó el momento en que nos volvimos uno, en un estado de delirio. Yo, en cambio, siempre he estado consciente; sé muy bien lo que hago en cada instante. Esto es una coreografía. Ella quiere tomar distancia de mí. La culpa la golpea, la siente, pero no la tolera.

—¿Adónde crees que vas, señorita Hollow? —preguntó Leonhard Adler.

Tomo su brazo izquierdo. No busco impedir que se vaya; quiero verla consternada. Concentro mi fuerza en los dedos, índice y anular, y me hundo en su carne. Es tan rápido que apenas siente un pinchazo. La suelto. Observa la parte superior del brazo y ve, con horror, cómo aparece una mancha que se intensifica con el paso de los minutos: un círculo mediano que se fragmenta en tonos verdes y morados.

—¿Por qué me marcó, señor? ¿No le basta haber tomado mi mente, haber hackeado mi yo, haber tomado lo que es mío? —reclamó Beatrice Hollow.

—¡Beatrice! —exclamé con voz brusca.

Paraliza cualquier palabra mal formulada. El susto se convierte en miedo.

—Primero, tuerce el pie para que trabajes mejor —ordenó Leonhard Adler.

La luz habitual en su mirada desaparece. Sus ojos se desorbitan. Abre la boca, aprieta los dientes con tensión; una mueca le desfigura el rostro durante unos segundos. Se pone roja. Por un momento parece resistirse. Mientras intento entender de dónde surge esa resistencia, la veo levantar el pie derecho, quedándose apoyada solo en el izquierdo.

—Sí… sí, señor —respondió Beatrice Hollow.

Antes de bajar el pie, lo tuerce hasta una posición incómoda y lo estrella contra el piso con una fuerza excesiva. El golpe resuena, acompañado por un chasquido de articulaciones. Me recuerda al hielo rompiéndose cuando mastico whisky con rocas. Un grito desgarrador me estremece; cierro los ojos y, por un instante, siento que respiro mejor.

—¿Qué hice con mi pie? Me duele mucho… ¿por qué, señor? —preguntó Beatrice Hollow.

A lo lejos sigo oyendo a mi esposa nadar, lanzándose clavados de bala, de panza y de espalda. La mente de Priscila es ajena a lo que ocurre aquí, entre dolor y confusión. Beatrice observa cómo su tobillo derecho se hincha poco a poco. Llora. Se arrodilla sobre la pierna izquierda y toca el tobillo derecho, como si ese gesto pudiera obrar algo. No sucede nada. Es inútil.

—Basta de quejas —sentenció Leonhard Adler.

Alza la mirada con lágrimas acumuladas en los ojos, desbordándose sobre los pómulos.

—Párate. Limpia el baño, la cocina y luego vienes a mi despacho —ordenó Leonhard Adler.

—Sí, señor —respondió Beatrice Hollow.

Se levanta con la mirada perdida. Se da vuelta y camina cojeando, con dificultad. Aun así, sigue funcionando. Después de todo, es un buen elemento, con buenas propiedades, ¿cierto? Abre el cobertizo, saca el balde de acero, la escoba, los guantes y el desatorador. Avanza hacia la letrina de la casa, hoy extrañamente solitaria, mientras mi esposa continúa gritando de emoción cada vez que, tras bucear, emerge a la superficie como una niña sin infancia.

*******************

Estoy sentado en mi despacho, viendo cómo el metrónomo sobre mi escritorio trabaja con su sonido envolvente: tip–top, tip–top. Es fascinante. Muchos ignoran su belleza, su exactitud, su poder sobre los hombres, pero… ¿quién soy yo para juzgar?

Escucho unos pasos; bueno, para ser exactos, la caminata de una coja sobre un piso de mármol que recién se ha lustrado. Alzo la mirada: ella está en la puerta, con los ojos mirando al vacío, los párpados cansados, incapaz de parpadear.

—Acércate, señorita Hollow —ordenó Leonhard Adler.

Beatrice no duda; solo avanza, recargando casi todo su peso en la pierna izquierda. Nos miramos de frente. La observo y solo puedo decir que es sencillamente hermosa. La composición de su rostro es exquisita: ojos grandes, tan detallados que puedo ver los vértices que constituyen su pupila de color pardo con tonalidades doradas; es claro incluso sin la necesidad de la luz solar. Cachetes abultados, lo que me hace suponer que, cuando sonríe, se dibuja una expresión agradable; debe ser delicioso verla así, aunque no creo tener ese privilegio, menos en esta situación. Una nariz pequeña y discreta, un mentón ligero y bien proporcionado. Lo que me intriga son sus labios gruesos, de tonalidad rosada, con la "M" del labio superior bien definida. Por más lógica que tenga, es imposible resistirse; después de todo, sigo siendo un simple humano, por más que evolucione.

Doy un paso que, para mi sorpresa, se muestra tímido, fomentado por un corazón inquieto. Tal vez por eso ella encuentra una grieta en el trance.

—Si lo va a hacer hoy… sin besos, por favor —suplicó Beatrice Hollow.

Mientras manifiesta su humilde petición, llora; solo de un ojo, el izquierdo, como una hilera profusa de líquido incoloro. Se muerde el labio con mucha fuerza, al punto de sangrar. Me sorprende que aún pueda razonar en este punto; está tan profunda dentro de un oscuro mundo mental… así está pintado el subconsciente. Pero no importa, igual tomaré una parte de ella.

—Muy bien… camina, apóyate en el escritorio —ordenó Leonhard Adler.

Beatrice tiembla como un mecanismo que, con cada movimiento, rompe sus engranajes. Avanza de forma errática. Es divertido ver cómo una criatura indefensa se resiste a mi gravedad inevitable. Se apoya en el escritorio, tocando la superficie fría y áspera de mi mueble de cedro. Me acerco a mi pupitre, cojo el metrónomo y le doy cuerda: tres giros a la perilla.

—Beatrice, mira este artefacto. Se llama metrónomo. Obsérvalo hasta que deje de sonar su péndulo —instruyó Leonhard Adler.

Inclina la cabeza hacia el lado izquierdo. La consternación se vuelve palpable, seguida de una obsesión que poco a poco se transforma en una locura lúcida. Respiro hondo y me coloco detrás de la señorita Hollow.

Beatrice siente como si flotara. Para ella solo existe el escritorio de cedro, el sonido constante martillando su cráneo: el metrónomo. Todo lo demás es una densa neblina negra que no puede distinguir ni descifrar, porque una parte de su entendimiento ha sido desactivado, ciega ante los estímulos externos. Una fuerza ajena a ella provoca que la parte superior de su vestido vaya cayendo poco a poco, dejando al descubierto su busto.

Rosado por el aire frío, algo —una energía estática— presiona el pecho izquierdo. Parece que algo se quiebra, posiblemente ocasionado por la carga emocional depositada por su progenitor durante una acalorada pelea ocurrida hace tres semanas atrás. Eso rompe levemente el trance, pero solo en la esquina de la superficie de su conciencia, pensando en voz alta: "¿Qué es esta fuerza desconocida que siento?".

La parte inferior del vestido poco a poco comienza a disolverse, como una tela que se arruga hasta desaparecer. Está desnuda, su piel está expuesta y siente frío. La conciencia, la prepotencia, la avaricia ajena entran hasta su interior, expulsando su cuerpo varias veces sobre un escritorio rígido, indiferente a lo que sucede en medio de un despacho iluminado solo por el metrónomo mecánico.

Todo está rodeado de fuerzas siniestras, etéreas, que ocultan todo bajo capas de desconcierto, como un sueño mal contado. Cada vez su cuerpo es empujado más cerca del escritorio, de forma constante. El cuerpo de Beatrice tiembla, llevado al límite.

—¿Este sueño es muy extraño? —susurra Beatrice Hollow.

Pero el "otro", como le gusta pensar de mí de forma despreciativa… El "otro" está atrapado, no por la razón, sino por una vorágine de locura que es expulsada de su cuerpo como golpes en un corazón acelerado por el éxtasis.

Con su vestido arrugado, con sudor sobre la piel originado por contemplar de forma casi enfermiza el movimiento del péndulo del artilugio, "Esa" —como le gusta decirse a sí misma cuando está en estas situaciones poco convencionales— piensa:

"Si te dieras el tiempo de conocerme, si no me tocaras de forma tan brusca, si pudieras decir mi nombre sin adjetivos calificativos, si pudieras comprender el dolor que cargo desde la niñez, si pudieras entender a una mujer no solo como la cosa que está debajo de un vestido de diseñador, si dejaras de buscar dañarme como algo tuyo y me vieras como Beatrice… tal vez no volvería a ser tuya, pero sería algo más. Tal vez podría ser un yo. Ese yo podría elegir sentir y ser algo más satisfecha… que esta cosa, ¡esa!, que todos odian, que todos rompen".

Al escuchar su voz con tanta claridad, siento temor; después de todo, pensé que estaba en un profundo trance. Intento aclarar mi vista, que está borrosa por la excitación. Distingo su mirada: ojos color pardo con un halo dorado, una mirada perdida, casi muerta. Por alguna razón, esas palabras no me abandonan y se escriben constantemente en el papel de mi mente, como pensamientos perniciosos.

Lejos del despacho de Leonhard Adler, Priscila Adler yace recostada en una cama de playa frente a la piscina, tomando el sol. No sabe por qué mira fijamente al cielo, pese a sentir cómo el sol le quema la piel de forma brutal. No puede mover el cuerpo. Suda, se deshidrata, sus ojos se vuelven blancos. Abre la boca y, poco a poco, queda inconsciente, sumergida en lo más profundo de su oscuro inconsciente, devorada por esa densidad bajo un sueño profundo.

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