Escribías despacio,
con tinta y desvelo,
palabras que ardían como fuego en el cielo.
Tus cartas llegaban envueltas en seda,
con besos ocultos y aroma de espera.
Decías que el alma se viste de luto,
si el amor no vuelve,
si el corazón es mudo.
Que los días sin mí eran noches sin luna,
y el aire dolía como herida o fortuna.
Yo leía tus letras al caer la tarde,
mientras el ocaso,
de oro,
se parte.
Y en cada palabra,
sentía el temblor
de un alma que gime,
que extraña el calor.
Mas vino el invierno,
cruel y sincero,
rompiendo los sellos del amor primero.
Tus cartas cesaron,
la tinta murió,
y el viento llevó lo que el alma escribió.
Hoy guardo tus cartas,
marchitas, dormidas,
como hojas caídas de viejas heridas.
Y a veces,
amor,
en mi soledad,
las beso y suspiro...
por tu eternidad.
