WebNovels

Chapter 1 - 1. La primera maldición

—Recoge tus cosas, puedes retirarte —exclamó el guardia de seguridad, monótonamente.

Uno entraba, uno salía, así todo el día.

El muchacho que ahora salía de su entrevista era como cualquier otro. Joel había trabajado durante años en la Embajada Peruana y había visto a muchos jóvenes ingresar ilusionados para luego ser cruelmente despedazados. Sus sueños, sus metas, las expectativas que cargaban, hechas añicos sin piedad.

Hacía mucho tiempo que Joel se había acostumbrado a esas expresiones. Podía diferenciarlas instintivamente. El pobre chico de ahora quería llorar.

¿Se estaría haciendo el fuerte?

Bueno, no era como si su vida se acabara, no debía hacer tanto drama, pensó.

Sin embargo, a pesar de que le gustaba decirles a sus nuevos compañeros que debían acostumbrarse a las distintas reacciones de los candidatos y desarrollar su inteligencia emocional, Joel tenía un secreto. A veces, cuando el estudiante era guapo, hombre y quizá se parecía un poco a él, algo en donde identificarse y ver una versión paralela de lo que pudo ser su futuro, no podía evitar sentir una pizca de satisfacción al verlos quebrarse.

Cuando cerró la puerta, dejando al muchacho afuera, una pequeña sonrisa se formó por apenas un segundo en su rostro. Era natural, producto de la malicia humana que habitaba en su corazón. Pero Joel no era tonto, ni podía permitirse que alguien viera esa parte de su ser. Esa expresión solo afloraba frente a la puerta, donde la cámara de seguridad no podía verlo y con su espalda cubriendo cualquier ojo curioso de sus compañeros.

No obstante, cuando se volteó, la última corriente de aire que la puerta había dejado entrar a la habitación rozó levemente su espalda.

Un frío anormal recorrió el cuerpo de Joel. Su mano se dirigió inquieta hacia su cuello y, con incredulidad, sintió un chorro de agua helada.

¿Sudor?

Era extraño. Afuera hacía calor y dentro de la sala de control el aire acondicionado funcionaba correctamente. De pronto miró sus brazos: los vellos estaban completamente erizados y su piel mostraba pequeños bultos uniformes, como si algo invisible la recorriera desde adentro.

—¿J-Joel? Hey, ¿estás bien? —preguntó su compañera al notarlo.

Joel quiso decir que sí, intentando ahuyentar cualquier mal augurio que su cuerpo comenzaba a anunciar, pero no fue capaz de articular palabra.

—Joel, estás pálido —dijo su otro compañero—. ¿Estás bien?

—Uh-h… Joel está sangrando por la nariz, trae el botiquín —exclamó la mujer.

—¡L-los o-ojos! ¡Llamen a una ambulancia!

——

A las afueras de la embajada, Yana avanzaba con pasos veloces. Sus ojos, llenos de lágrimas, luchaban por no derramarlas.

Con torpeza intentó marcarle a su novia, pero ella no contestaba.

Aunque sabía que al ingresar a la entrevista cualquier equipo electrónico era decomisado y que, por lo tanto, no tenía sentido que lo estuviera esperando, Yana la necesitaba. Su corazón se encogía de angustia y pena.

Cesó al sexto intento fallido. Miró a su alrededor. Había personas cruzando, carros avanzando, animales rondando, árboles por doquier, estaba rodeado de vida.

Pero aún así, Yana se sintió solo.

Terriblemente solo.

¿Qué era lo que había hecho mal?, se preguntó.

En sus manos yacía el pequeño expediente con el que había ingresado. En la parte frontal, un sello azul marcaba una sola palabra: "Observado".

Quizá, si hubiera sido algo verdaderamente grave, la reacción habría sido distinta. Aunque no lo pareciera, Yana era realmente inteligente.

Había conseguido una beca para una pasantía en el extranjero. Sus notas, su dominio del español y el inglés, su esfuerzo constante; todo lo había llevado hasta ahí. Sin embargo, un requisito básico como la visa se alzaba ante él como un muro inmenso, bloqueando cada uno de sus pasos.

Era su séptima entrevista. Por alguna razón, siempre ocurría algo. Yana quería creer que había pecado de irresponsable, pero algo en su interior juraba que no era así.

—Esa mujer… —susurró, apretando los puños.

¿Era ira lo que sentía?

¿Odio?

No, no debía sentir eso. No era su culpa.

Pero el sentimiento no se apagó. Poco a poco, la desesperación comenzó a transformarse en una ira densa, espesa, que desembocaba en un odio puro y silencioso.

¿Cómo podía haberse olvidado? La última vez, ella misma le había pedido la captura de pantalla de sus estados de cuenta. Ella misma había escrito, con su puño y letra, lo que debía traer a la siguiente cita. ¿Y ahora?

Había exclamado que seguramente lo había atendido otra persona, que no era una captura de pantalla sino una constancia, el documento correcto, y que debía subsanarlo.

¿Por qué haría eso?

Su sonrisa. Su falsa amabilidad. La condescendencia cuidadosamente ensayada.

Era una burla hacia él.

¿Qué le había hecho?

¿Por qué haría algo así?

¿Era su miserable vida la que encontraba placer y sentido en destruir los sueños de otros?

No solo ella. El guardia de seguridad, las personas en la fila de espera, los de la cola de ingreso. Todos. Sus miradas cargadas de desprecio. Querían que fallara.

¿Por qué no podían dejarlo ser feliz?

¿Por qué nadie podía dejarlo en paz?

¿Ahora qué haría? Su dinero ya estaba cambiado a soles; si lo regresaba a euros perdería una suma considerable por la tasa de cambio. Ya había renunciado a su trabajo, donde había sido feliz durante mucho tiempo. ¿Podría regresar? No lo creía. Yana recordaba la mirada de sus compañeros al enterarse de su beca: pintada de felicidad y orgullo, pero en el fondo manchada de envidia, codicia y desprecio.

Sin pensarlo, comenzó a morderse las cutículas de las uñas, arrancándolas una por una.

¿Qué dirían sus padres?

¿Su novia?

Su amor no estaba en duda, pero ¿cómo lo mirarían después de su fracaso?

Todo era culpa de ella.

Tenía miedo.

¿Por qué lo haría?

No podía entenderlo.

La desesperación lo envolvió como una marea oscura.

Un susurro escapó de sus labios:

—Te odio.

Y entonces ocurrió.

El pequeño fajo de hojas que Yana sostenía, manchado por la sangre de sus dedos heridos, comenzó a emanar una llama carmesí. No ardía como el fuego común: danzaba, se retorcía, palpitaba como un corazón vivo. La flama revoloteaba ferozmente, una mezcla profana de odio e ira pura.

More Chapters