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Chapter 2 - Capítulo 2— Primer contacto.

El bosque profundo del sur era un laberinto vivo: árboles colosales con troncos cubiertos de musgo, raíces que serpenteaban como venas sobre la tierra húmeda, y un dosel tan denso que la luz del atardecer se filtraba en rayos dorados y polvorientos. El aire olía a tierra mojada, hojas podridas y el leve hedor metálico de la lluvia reciente.

En un sendero estrecho y fangoso que serpenteaba entre los gigantes verdes, un carruaje tirado por dos caballos exhaustos avanzaba con dificultad. Dentro, una niña de cabello revuelto y ojos brillantes no podía quedarse quieta.

—Mamá, ¿cuánto falta ya? —preguntó Sofy por enésima vez, balanceando las piernas contra el asiento.

—Un poquito más, mi amor. Sé paciente —respondió su madre con voz suave pero cansada, acomodándole un mechón detrás de la oreja—. Pronto veremos las luces del pueblo y podrás comer algo caliente.

Sofy sonrió, conteniendo la emoción que le hacía cosquillas en el estómago. Pero de pronto los caballos relincharon en pánico. Sombras musculosas y verdes irrumpieron desde los arbustos a ambos lados del camino: cinco orcos, altos como osos, con piel verrugosa, colmillos prominentes y ojos inyectados en rojo. Llevaban garrotes tachonados y hachas oxidadas que brillaban bajo los últimos rayos de sol.

El conductor gritó una advertencia que se cortó en seco cuando un garrote le aplastó el cráneo. El carruaje se volcó con un estruendo de madera astillada y metal retorcido. Los caballos chillaron mientras eran arrastrados y despedazados. Sangre salpicó las ruedas y el barro.

Sofy rodó dentro del habitáculo volcado, golpeándose contra el techo ahora suelo. Su madre la abrazó con fuerza.

—¿Mamá? ¿Qué está pasando? —gimió la niña, con la voz temblorosa.

—¡Hija, corre! ¡Sal de aquí ahora! —ordenó la madre, empujándola hacia la puerta rota mientras intentaba protegerla con su cuerpo.

Ambas lograron salir tambaleándose entre los restos. La madre cojeaba por un corte profundo en la pierna; Sofy sollozaba aferrada a su mano. Corrieron hacia la espesura del bosque, zigzagueando entre raíces y arbustos, mientras los rugidos de los orcos y el sonido de madera siendo destrozada resonaban a sus espaldas.

A varios cientos de metros, en la copa de los árboles más altos, Jherka se movía como una sombra letal. Saltaba de rama en rama con precisión inhumana, su traje de caza absorbiendo el impacto y camuflándose parcialmente con el follaje. Cada salto era silencioso, calculado; sus cuatro dedos se clavaban en la corteza como garras.

—Me tomaría la molestia de caminar tranquilamente, pero es mejor no bajar la guardia ni un segundo —murmuró para sí mismo, escaneando el horizonte con ojos que brillaban tenuemente en la penumbra—. Este mundo, a pesar de lo fácil que resulta de conquistar, no perdona ni a sus propios habitantes.

De pronto, un grito agudo cortó el aire: llanto infantil mezclado con rugidos guturales. Jherka se detuvo en seco, equilibrado sobre una rama gruesa. Inclinó la cabeza, aguzando el oído. Otro grito, más cerca, seguido de un sollozo ahogado.

Frunció el ceño. Su instinto le decía que siguiera su ruta, recolectando datos para Bay-ohma y evitando complicaciones.

Pero el llanto persistía. Infantil. Desesperado.

Suspiró con irritación, un sonido bajo y metálico que vibró en su pecho. Mirando al cielo, se preguntó en voz baja:

—¿Debería ir? Hoy no quería pelear... —dijo—. Pero bueno, solo tomará unos segundos y me iré.

Con un impulso fluido, saltó hacia la dirección de los gritos, descendiendo rama a rama hasta tocar tierra. Corrió entre los árboles, su silueta fundiéndose con las sombras, hasta llegar al claro donde el carruaje destrozado humeaba y la sangre aún goteaba fresca sobre las hojas.

—Wow, qué locura pasó aquí —exclamó con ironía al ver el transporte volcado y los cadáveres del cochero y los caballos destrozados en el suelo—. Miserables... se llevaron todo, excepto la carne. Bah, volveré a los árboles.

Al intentar saltar de nuevo, escuchó otro grito, esta vez muy cerca. Se movió como un depredador y llegó a una pequeña hondonada. Contempló cinco criaturas bípedas pero robustas que rodeaban a una hembra humana herida, la cual protegía a una cría con su cuerpo. La madre sangraba por un corte profundo en el brazo; la niña lloraba abrazada a ella.

Jherka se quedó quieto un momento. Su mirada se petrificó en la naturaleza de las bestias; tenía claro que no debía intervenir y dejar que las cosas siguieran su curso natural.

—No me esperaba ver esto. Es increíble presenciar la crueldad de estos seres —pensó con humor cínico—. Aunque no es mi problema. Ellas tomaron el camino equivocado. Para la próxima, decidan mejor su rumbo.

Pero entonces vio los ojos de la niña: grandes, aterrorizados, fijos en los orcos que alzaban sus armas para asesinarlas.

Una chispa despertó un vago recuerdo del invocado. Suspiró con irritación.

—Hoy no quería interactuar con esta vida inteligente, ni mostrar mis técnicas de pelea... pero bueno, es hora de violar la ley de la naturaleza —murmuró, manifestando una sonrisa bizarra.

Dio un poderoso pisotón al suelo y soltó un rugido gutural que hizo temblar las hojas. Los orcos se giraron al unísono, sus miradas quedando perdidas al ver a otro humano con vestimenta y antifaz extraños para ellos.

—¡Oigan, imbéciles! —bramó Jherka con voz amplificada por su traje—. ¡Soy yo quien los va a devorar si se cruzan en mi camino!

Los orcos cargaron con rugidos salvajes. Jherka no esperó: se lanzó como una bala. Su puño blindado impactó al primero en la mandíbula, arrancándole dientes y carne en un chorro de sangre violeta. El segundo alzó un garrote; Jherka lo esquivó, agarró el brazo y, clavando sus garras, lo retorció hasta que el hueso crujió como madera seca. De un tirón arrancó la tráquea. El orco gorgoteó, ahogándose en su propia sangre.

El tercero atacó por detrás. Jherka giró, lo levantó por la cabeza como un trofeo y aplastó el cráneo contra un árbol: el tronco se astilló y sesos verdes salpicaron la corteza. Los dos últimos huyeron; los alcanzó en dos zancadas. Agarró al penúltimo por la nuca, lo alzó y le arrancó la cabeza de un giro brutal. La sangre brotó como una fuente caliente, empapándole el traje.

El último cayó de rodillas, suplicando. Su mirada se congeló al ver a Jherka acercarse, sosteniendo la cabeza cercenada de su compañero y bebiendo la sangre como si fuera un cóctel. La furia hizo que el antifaz se retrajera, revelando un rostro alienígena con colmillos afilados y ojos brillantes. El terror petrificó al orco; Jherka se inclinó y lo remató con un mordisco directo a la garganta.

Cuando el claro quedó en silencio, Jherka se levantó. Su traje escaneó automáticamente muestras de sangre y tejido de los cadáveres. Entonces oyó la respiración agitada de las humanas.

Se acercó, limpiándose el visor con el dorso de la mano. La madre estaba pálida, presionando la herida; Sofy temblaba, pero lo miró con una mezcla de miedo y fascinación.

Intentó hablarles. Nada. Los sonidos salían incomprensibles.

—Jeje, cierto... estos seres no hablan mi idioma —bufó.

Hizo señas lentas: manos abiertas, palma hacia abajo. La niña entendió primero y asintió tímidamente.

—Genial, al menos eso lo captaron —dijo Jherka—. Ahora me largo. No tengo nada que ver aquí.

De pronto Sofy se acercó con cautela y le tomó una mano, notando los cuatro dedos.

—Eh... disculpe, héroe —dijo con voz pequeña.

—¿Eh? ¿Esta cría me está sujetando la mano? —respondió él, arrodillándose un poco.

—Usted... ¿me ayudaría a llevar a mi mamá al pueblo? Está muy herida.

Jherka miró a la madre jadeante. Suspiró y bajó la cabeza, contemplando los ojos sollozantes de la niña. Esa mirada le disgustaba profundamente. Levantó el pulgar en un gesto forzado y molesto.

—Me lleva... era mejor que esas criaturas las hubieran matado —gruñó.

La levantó con facilidad, cargándola en brazos como si no pesara nada. Caminó de vuelta hacia el carruaje destrozado. No tenía idea de dónde quedaba el pueblo, así que Sofy y su madre le señalaron el camino. La niña se aferró a su costado, agarrando el traje. Para Jherka era extraño y asqueroso, pero lo soportaría hasta el final del viaje.

—Señor, usted es uno de los héroes invocados, ¿verdad? ¿Y si es así, por qué tiene cuatro dedos en cada mano? ¿Por qué tiene cuernos en sus hombros? ¿De dónde viene? ¿Es muy fuerte? ¿Va a salvar el mundo por nosotros?

Jherka puso los ojos en blanco. Por suerte, un tropiezo mandó a la niña al suelo y, por un milagro, la hizo callar un momento. Él y la madre se rieron al mismo tiempo.

—Jajaja, esta cría no calla nunca... ¡Bay-ohma! —dijo en voz baja al traje.

—Sí, señor. ¿Cuál es el problema?

—Analiza el lenguaje de estos seres. Ya.

—Enseguida, señor.

Al llegar a la entrada del pueblo, el trío fue detenido por soldados armados con lanzas que les bloquearon el paso.

—Oh, qué bonita bienvenida —dijo Jherka con sarcasmo.

—Identifícate, extraño —ordenó un soldado.

La madre, débil pero consciente, explicó entre jadeos. Los soldados bajaron las armas de inmediato y les abrieron paso.

—Jaja, yo estaba listo para asesinarlos... Aunque es mejor no llamar la atención —pensó Jherka al contemplar la seguridad del pueblo.

Llegaron a una pequeña tienda de curación. La puerta se abrió de golpe.

—¿En qué puedo...? ¡Dios mío! ¿Qué pasó? —exclamó la curandera, una mujer mayor con delantal manchado.

—Orcos nos atacaron... por favor, ayude a mi mamá —suplicó Sofy con lágrimas.

—Déjenla en la camilla del fondo. Rápido.

Jherka depositó a la mujer en la cama y se dio la vuelta.

—Ya con esto me voy. No soporto la compañía de estos habitantes.

—Espera, ¿quién es usted? —preguntó la curandera.

Jherka no entendió, pero Sofy intervino:

—Él no habla nuestro idioma... jeje. ¡Pero es un héroe! ¡Nos salvó!

En ese momento, mientras la pequeña narraba el acontecimiento, el traje emitió un pitido suave.

—Traducción completada, señor. Idioma local sincronizado.

Jherka probó:

—Oh, qué bueno que llegó. Ya me mataba del aburrimiento no entenderlas —dijo al tocar su casco—. Uno... dos... tres, probando.

La curandera soltó una risita.

—Parece que el viaje le afectó el habla a tu amigo.

Sofy se acercó y abrazó la pierna de Jherka.

—Señor... gracias por salvarnos de los monstruos —dijo, mostrándole una sonrisa de felicidad y aprecio. Ese sentimiento hizo tambalear a Jherka de lo asqueroso que le resultó.

—¿Eh? ¿Usted no será uno de los héroes invocados del reino para salvar el mundo?

Jherka la miró con incredulidad.

—¿Un qué? Yo no soy eso, hembra —respondió con frialdad.

—¿De dónde vienes entonces?

—Escucha, pequeña cría... me topé con ustedes porque estaba de paso. Nada más.

—¡Hey! ¡Me llamo Sofy, no "pequeña"! —protestó ella, haciendo un puchero.

—Lo que sea. ¿Saben algo de energía, tecnología, fuentes de poder? ¿Objetos mágicos que generen fuerza?

La curandera frunció el ceño.

—¿Te refieres a la magia? ¿Cristales de mana, artefactos antiguos...?

Jherka se quedó pensativo.

—¿M-magia? ¿Cristales? —Este mundo es terriblemente primitivo y bastante raro —comprendió al ver el estado de la información—. Creo que la charla terminó. Me largo —dijo, girando hacia la puerta.

—¿Pero al menos dime tu nombre? —rogó Sofy.

—Jaja, yo no tengo un nombre específico para este mundo. Llámame... JK. Y este es el adiós.

Salió sin mirar atrás, dejando a madre e hija en la curandera.

—¿Quién será ese? Es tan genial... —susurró Sofy, mirando la puerta.

—Vamos a ver cómo está tu mamá, niña —dijo la curandera con una sonrisa.

Fuera, Jherka caminaba hacia el bosque.

—Fuuu, nunca más intervengo en algo similar —bufó al estar afuera del establecimiento—. ¿En qué lío me he metido? ¿Magia? ¿Objetos? Esto complica las cosas para volver...

Fin del capitulo.

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