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Chapter 1 - Capítulo 1: Ni narcos, ni bodegas... ¿Japón?

Lo último que recuerdo es el calor de las tres de la tarde. El ruido de los cláxones de la ciudad, el sudor pegajoso bajo la camisa y el sabor glorioso de un taco de canasta que me acababa de comprar afuera de la escuela. Estaba fundido. Ser maestro de primaria y secundaria en México no es un trabajo, es una guerra de baja intensidad contra el desinterés de los morros y los padres de familia que creen que sus hijos son ángeles.

Llegué a mi casa, solté la mochila en la entrada y me tiré en el sillón. Estaba tan cansado que me dolían hasta las pestañas. Prendí la tele con la esperanza de encontrar algo que me hiciera desconectar el cerebro, pero lo único que conseguí fue que me diera más coraje.

— Pura basura... —gruñí, pasando los canales de streaming—. Refritos en 3D feos, animaciones sin alma que parecen hechas por una IA, puros videos de tres minutos con ruidos fuertes para mantener a los niños idiotizados... ¿Dónde quedaron las historias de verdad?

Me quedé mirando el techo, sintiendo una melancolía bien pesada. Me acordé de cuando yo era el morrito, allá por el 2005. Esas tardes de llegar de la escuela corriendo para ver si alcanzaba ben 10, los maratones de 31 minutos donde Tulio Triviño me hacía reír más que cualquier comediante de ahorita, o los sustos que me pegaba con Coraje el Perro Cobarde. Caricaturas con corazón, con personajes que se sentían como amigos y que te enseñaban algo. Con ese pensamiento nostálgico y un hueco en el pecho, me quedé dormido abrazando el control remoto como si fuera un pedazo de mi infancia.

De repente, oscuridad. Un vacío frío y luego... un zumbido eléctrico que me taladraba los oídos.

— ¡No, jefecito, por favor! ¡Yo no vi nada, yo solo soy el de las copias! —grité de golpe, sintiendo el corazón saltarme en el pecho como una palomita de maíz.

Me cubrí la cabeza con los brazos, encogiéndome en el suelo, esperando el madrazo, el frío de una bodega o el interrogatorio de unos tipos con pasamontañas. En México, si despiertas en un lugar que no conoces y te sientes mareado, lo más seguro es que te hayan "levantado". Me quedé así, temblando, esperando que alguien me pateara o me gritara.

Pero nadie me contestó. No había olor a tierra, ni el ruido de trocas afuera. Abrí un ojo, luego el otro. Estaba en una habitación pequeña, asquerosa, llena de cajas de fideos instantáneos y piezas de computadoras viejas que parecían sacadas de un tianguis de chatarra.

— ¿Qué onda...? ¿Y mi panza? —murmuré.

Me miré las manos. No eran mis manos de profe de 22 años, curtidas por el sol de los recreos. Eran delgadas, pálidas, con marcas de soldadura en las yemas de los dedos. Me toqué la cara; no había barba. Me levanté tropezando, sintiéndome mareado, y llegué a un espejo roto pegado a la pared.

— No... no, no, no. Este no soy yo —el aire se me escapó de los pulmones. Era un morro japonés, flaquito, con unas ojeras de mapache que daban miedo—. ¡Me robaron todo! ¡Hasta mi cuerpo!

Traté de apoyarme en una mesa de metal para no desmayarme, y ahí fue cuando el mundo se volvió loco. En el momento en que mi piel tocó el metal, no sentí frío. Sentí... Datos. Sentí la corriente eléctrica fluyendo por el enchufe, sentí el pulso del internet del vecino, sentí la estructura de la laptop vieja que estaba al lado. Era como si mi cerebro tuviera una entrada USB incorporada.

Me alejé de la mesa entrando en pánico, pero al asomarme por la ventana mugrosa, me quedé mudo. Afuera no estaba mi barrio. Era una ciudad llena de luces neón y gente con mutaciones extrañas; un tipo con cabeza de perro cruzaba la calle como si nada. Encendí la televisión vieja por instinto y ahí lo vi: un hombre gigante deteniendo un camión mientras la pantalla anunciaba al héroe profesional "Death Arms" en Musutafu.

— Musutafu... Death Arms... Quirks —tragué saliva—. No puede ser. Estoy en el mundo de My hero academia. Reencarné en un extra de relleno.

De pronto, un sonido que conocía perfectamente, el ding de cuando Cartoon Network cambiaba de programa, sonó dentro de mi cabeza. Una pantalla azul neón flotó frente a mí.

[SISTEMA DE NOSTALGIA ACTIVADO] Usuario: Arata Sato (Anteriormente: Diego). Nota del Sistema: Has lidiado con padres de familia histéricos y grupos de 40 niños en secundaria. Estás sobrecalificado para este mundo de héroes amateurs.

[RECOMPENSA DE INICIO OBTENIDA - GUARDADA EN INVENTARIO]

PAQUETE GLOBAL: KND (LOS CHICOS DEL BARRIO)

Estado: Pendiente de despliegue.

Contenido: Red global, acceso a sectores internacionales, Base Lunar y Tecnología 2x4.

Rango asignado: Mando Supremo (Enlace Maestro).

[ADVERTENCIA]: El usuario excede el límite de edad estándar de la organización (13 años). El éxito de la coordinación dependerá de las habilidades de gestión del usuario. El KND no confía en los adultos.

Me quedé viendo la pantalla, procesando la magnitud de lo que tenía guardado en ese inventario digital. Mi mente de maestro, acostumbrada a organizar desde un desfile de primavera hasta una kermés con presupuesto cero y papás peleándose por los tamales en la fila, empezó a trabajar a mil por hora.

— ¿Toda la organización...? —murmuré, sintiendo un escalofrío. En la pantalla de mi mente veía el ícono del paquete listo para ser activado. No era solo un grupito de niños; era una maquinaria de guerra hecha de tablas y llantas que, ahora mismo, estaba "en espera".

Pero la sonrisa se me borró de golpe al leer la advertencia de edad. Me miré en el espejo roto. Sí, Arata se veía joven, pero seguía siendo un "adulto" para los estándares de los Chicos del Barrio.

— Esto va a estar más difícil que convencer a un grupo de secundaria de que dejen el celular en clase —suspiré, rascándome la cabeza—. El KND odia a los adultos. Si activo esto ahora, aquí mismo, lo más probable es que me disparen con una metralleta de mostaza antes de que pueda presentarme. No puedo llegar como "el jefe", me van a mandar a volar. Tengo que ser el enlace... el Profe infiltrado.

Me levanté del suelo con cuidado. Ya no estaba solo en este cuerpo flacucho, pero el poder que cargaba era un arma de doble filo. Tenía el ejército más grande de la infancia en mi bolsillo, pero primero tenía que encontrar un lugar seguro para desplegarlo y ganar su respeto sin que me declaren la guerra a mí primero.

Miré por la ventana hacia las luces de Musutafu. Pensé en los niños de este mundo que sufren por no tener un "Quirk cool", como el "Brayan" de mi salón que nadie quería. Sentí una chispa de rabia.

— Bueno —dije, cerrando la laptop con determinación mientras escuchaba una sirena a lo lejos—. Si pude sobrevivir a una junta de consejo técnico con directores nefastos, puedo lidiar con esto.

Me puse la mochila, sintiendo el peso virtual del paquete KND listo para ser liberado.

— Aguanten ahí, morros de la UA. Su Profe ya llegó... ahora solo falta que mi propio ejército no me mande a la Luna por "viejo".

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