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Law of Balance

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Synopsis
Arthur Van despierta en un callejón inmundo, con un dolor de cabeza insoportable y una vida que no es la suya. El cuerpo lo recuerda todo: la ciudad, los hábitos, las noches ahogadas en alcohol y deseo. Arthur no. Y, sin embargo, bajo los instintos y los impulsos, algo observa. Silencioso. Incómodo. Despierto. Una vaga conciencia de que esta vida caótica resulta extrañamente apropiada, como si hubiera sido diseñada para contener algo mucho peor. Este mundo es brutal. Monstruos recorren la tierra, impulsados por intenciones distorsionadas más que por la razón. La gente no muere por ser débil, sino porque pierde el control: de sus emociones, de sus decisiones, de sí misma. Mientras Arthur lucha por sobrevivir, comienza a notar un patrón aterrador: quienes dejan que sus impulsos gobiernen se vuelven más fuertes… hasta que colapsan. Quienes intentan reprimirlos se quiebran aún más rápido. No sabe por qué esto le resulta familiar. No recuerda haber fallado antes. Pero algo dentro de él sí lo recuerda. En un mundo donde el desequilibrio engendra monstruos y el exceso conduce a la ruina, Arthur Van deberá aprender aquello que nunca comprendió cómo liderarse a sí mismo sin desmoronarse.
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Chapter 1 - Capítulo 1: El Peso del Cuerpo Ajeno

El dolor llegó antes que la conciencia.

No era un dolor común. No era el tipo de molestia que uno siente al despertar con resaca, ni el pinchazo de una herida mal curada. Era algo más profundo, más antiguo. Como si alguien hubiera metido la mano dentro de su cráneo y estuviera revolviendo con los dedos.

Arthur abrió los ojos.

El techo sobre él era de madera vieja, manchada de humedad y con grietas que formaban patrones aleatorios. Olía a alcohol, sudor y algo más que no supo identificar. ¿Comida podrida? ¿Un animal muerto? Difícil saberlo.

Intentó moverse y su cuerpo protestó con cada articulación.

—Mierda.

Su propia voz lo sobresaltó. Era ronca, rasposa, como si hubiera pasado la noche gritando. O bebiendo. Probablemente bebiendo.

Se incorporó lentamente, cada movimiento acompañado de crujidos que parecían venir de huesos demasiado usados. Sus manos —¿eran sus manos?— temblaban ligeramente cuando las puso frente a su cara. Eran manos grandes, con nudillos marcados y callos en los lugares equivocados. Manos de alguien que había golpeado muchas cosas y no siempre con buena técnica.

El dolor de cabeza se intensificó.

Arthur cerró los ojos y apretó los dientes. Había algo mal. Algo fundamentalmente incorrecto en todo esto. Pero cuando intentó pensar en qué era exactamente, el dolor pulsó con más fuerza, como advirtiéndole que no debía escarbar demasiado.

'Respira', pensó. 'Solo respira.'

Así lo hizo. Una inhalación profunda, seguida de una exhalación lenta. El aire sabía a cerveza rancia y a la mañana de algún lugar desconocido.

Abrió los ojos de nuevo y esta vez se forzó a mirar alrededor.

La habitación era pequeña. Una cama —si es que podía llamarse así a ese montón de paja y tela sucia sobre un marco de madera— ocupaba la mayor parte del espacio. Había una mesa con una jarra volcada, charcos de líquido seco en el suelo, y ropa desperdigada por todas partes. En una esquina, un pequeño espejo de metal opaco reflejaba algo que no quería ver.

Se levantó.

El mundo giró por un momento. El suelo pareció inclinarse hacia la derecha, luego hacia la izquierda. Arthur se agarró del borde de la mesa para no caer y esperó a que todo se estabilizara.

'¿Qué diablos pasó anoche?'

La pregunta surgió naturalmente, como si fuera algo que este cuerpo se preguntaba a menudo. Y con la pregunta vino una avalancha de información que no recordaba haber aprendido.

Sabía que estaba en una taberna. La taberna de Marga, en el distrito bajo de Velmor. Sabía que había bebido —mucho— y que probablemente había insultado a alguien importante. Sabía que debía dinero a al menos tres personas diferentes y que una mujer llamada Sera lo quería muerto por razones que, honestamente, parecían bastante justificadas.

Lo que no sabía era cómo sabía todo eso.

El dolor de cabeza pulsó con más fuerza.

—Suficiente —murmuró Arthur, presionando sus palmas contra sus sienes—. Suficiente.

Caminó hacia el espejo con pasos inestables. Cada movimiento requería un esfuerzo consciente, como si estuviera operando un mecanismo que no le pertenecía. Y cuando finalmente llegó frente al reflejo opaco, lo que vio le confirmó lo que ya sospechaba.

Ese no era él.

El rostro que lo miraba era angular, con una mandíbula cuadrada y ojos de un color que no podía identificar en el metal borroso. Había cicatrices —pequeñas, dispersas— que hablaban de peleas frecuentes. El cabello era oscuro, despeinado, y claramente no había visto agua en varios días. La barba crecía en parches irregulares, dándole un aspecto de abandono calculado.

Era un rostro de alguien que había vivido duro y no se molestaba en ocultarlo.

Arthur levantó una mano. El reflejo hizo lo mismo.

Tocó su mejilla. El reflejo lo imitó perfectamente.

'Esto... esto soy yo ahora.'

La realización debería haberlo aterrorizado. Debería haber gritado, o entrado en pánico, o al menos cuestionado su cordura. Pero en lugar de eso, sintió algo extraño. Una especie de... resignación familiar. Como si una parte de él ya supiera que algo así podía pasar. Como si, en algún nivel profundo que no podía acceder, esto no fuera completamente sorprendente.

Eso, más que cualquier otra cosa, lo asustó.

'¿Por qué no estoy más asustado?'

El dolor de cabeza respondió con otro pulso de agonía.

—De acuerdo —dijo al aire—. Mensaje recibido. No preguntar.

Se apartó del espejo y buscó algo de ropa que no apestara completamente. Después de varios intentos, encontró una camisa que solo olía moderadamente mal y unos pantalones que habían conocido mejores días, pero al menos no tenían agujeros visibles.

Mientras se vestía, más información llegó sin ser invitada.

Este cuerpo se llamaba Arthur Van. Tenía diecinueve años, más o menos. Había sido mercenario, ladrón ocasional, y según ciertos rumores, amante de la esposa de un comerciante importante. Su reputación era la de alguien que prometía mucho y entregaba poco, que bebía más de lo que ganaba, y que tenía un talento especial para meterse en problemas de los que solo salía por pura suerte.

'Encantador', pensó. 'Absolutamente encantador.'

También supo que Arthur Van no tenía familia. No tenía amigos reales, solo conocidos que lo toleraban mientras pudiera serles útil. Y no tenía ningún plan para el futuro más allá de sobrevivir hasta la próxima copa.

Era, en resumen, el tipo de persona que él habría evitado en su... en su...

El dolor de cabeza explotó.

Arthur cayó de rodillas, agarrándose la cabeza con ambas manos. Imágenes fragmentadas cruzaron su mente —un escritorio, papeles, números, estrés, mucho estrés— pero desaparecieron antes de que pudiera aferrarse a ellas. Solo quedó la sensación. La certeza absoluta de que había algo antes. Una vida antes. Una persona antes.

Y que esa persona había fallado.

'Fallé.'

El pensamiento surgió con una claridad aterradora. No era una pregunta ni una suposición. Era un hecho. Había fallado en algo importante. Algo fundamental. Y ahora estaba aquí.

Pero no recordaba qué.

Cuando el dolor finalmente cedió —no desapareció, solo se retiró a un segundo plano— Arthur estaba acostado en el suelo sucio, jadeando como si hubiera corrido una maratón. Tenía los ojos llorosos y un sabor metálico en la boca.

'Nota mental: no intentar recordar.'

Se levantó lentamente. Esta vez el proceso fue más fácil. El cuerpo parecía estar acostumbrándose a él, o él se estaba acostumbrando al cuerpo. Era difícil saber cuál.

Había una ventana pequeña en una pared. A través del vidrio sucio, podía ver un callejón estrecho y, más allá, el movimiento de una ciudad despertando. Carretas, personas caminando, el sonido distante de voces y animales.

Todo parecía... normal. Ordinario. Como cualquier mañana en cualquier ciudad.

Excepto que no lo era.

Arthur podía sentir algo en el aire. Una tensión. Una presión. Como si el mundo mismo estuviera conteniendo la respiración, esperando algo. No podía explicarlo con palabras, pero la sensación era innegable.

Y luego estaba la otra cosa.

Desde que había despertado, había notado algo dentro de él. No el dolor de cabeza —eso era externo, una fricción entre lo que era y lo que había sido—. Esto era diferente. Era como... impulsos. Corrientes que tiraban de él en diferentes direcciones.

Tenía sed. No solo ganas de tomar agua, sino un deseo profundo, casi irresistible, de bajar a la taberna y pedir algo más fuerte. Cerveza. Vino. Lo que fuera.

Tenía hambre. Pero también tenía ganas de pelear. De encontrar a alguien que lo mirara mal y responder con los puños.

Y debajo de todo eso, un zumbido constante que no podía identificar pero que parecía querer algo. Tal vez todo a la vez.

'Contrólate.'

El pensamiento surgió con más fuerza de la que esperaba. Era una orden, no una sugerencia. Y por un momento —solo un momento— los impulsos cedieron. La sed siguió ahí, pero ya no era urgente. Las ganas de pelear se redujeron a un murmullo de fondo.

Arthur se miró las manos, sorprendido.

'¿Qué fue eso?'

Había hecho... algo. No sabía qué. Pero por tres segundos, tal vez cuatro, había tomado el control de este cuerpo caótico. Había silenciado las voces que gritaban por atención y simplemente... existido.

Y luego el momento pasó.

Los impulsos volvieron con fuerza renovada. La sed se convirtió en una necesidad casi física. Las ganas de violencia subieron desde algún lugar oscuro que no quería explorar.

'No', pensó Arthur. 'No voy a hacer esto.'

Pero ya estaba caminando hacia la puerta.

---

La taberna de Marga era exactamente lo que su nombre sugería: un establecimiento funcional sin pretensiones de elegancia. Mesas de madera gastada, sillas que crujían peligrosamente con cada movimiento, y un olor permanente a cerveza derramada que probablemente nunca desaparecería aunque quemaran el lugar.

Arthur bajó las escaleras con cuidado, agarrándose de la barandilla. Cada escalón era un pequeño triunfo de coordinación.

El salón principal estaba medio vacío a esta hora. Algunos parroquianos dormían sobre las mesas, otros comían un desayuno grasiento con la mirada perdida de quienes han rendido toda esperanza de sobriedad. Detrás del mostrador, una mujer de mediana edad con brazos que rivalizaban con los de cualquier herrero limpiaba vasos con expresión de profundo hastío.

Marga, supuso Arthur.

—Vaya, vaya —dijo la mujer cuando lo vio bajar—. Arthur finalmente emerge de su cueva. ¿Cómo está tu cabeza?

Arthur abrió la boca para responder y se sorprendió cuando las palabras salieron automáticamente:

—Como si un caballo me hubiera pateado. Dos veces. Y luego bailado encima.

Marga soltó una risa seca.

—Eso te pasa por mezclarlo todo. Te lo dije: el aguardiente de mora y la cerveza oscura no se llevan bien.

—Gracias por el consejo. ¿Hay algo de comer?

—Hay pan y queso del que no me mataron ayer. ¿Puedes pagarlo?

Arthur buscó en sus bolsillos y encontró unas cuantas monedas. El conocimiento le llegó instantáneamente: tres cobres y un bronce oxidado. Apenas suficiente para el pan.

—Digamos que puedo pagar el pan.

—Digamos que el queso va por cortesía de tus promesas pasadas, que algún día deberás cumplir.

—Las cumpliré.

—Eso dijiste de la cuenta de hace dos semanas.

No tenía respuesta para eso. Este cuerpo probablemente había dicho muchas cosas que nunca cumplió. Añadir otra promesa rota a la lista parecía casi tradición.

Se sentó en una mesa al fondo, donde la luz era escasa y podía observar todo el salón sin ser demasiado visible. La posición le pareció correcta sin saber por qué. Un instinto, quizás. O algo más profundo.

Mientras esperaba la comida, intentó ordenar sus pensamientos.

Punto uno: No era quien creía ser. Estaba en el cuerpo de alguien llamado Arthur Van, en un mundo que no reconocía, con una vida que claramente no era la suya.

Punto dos: Había tenido otra vida antes. No recordaba los detalles —el dolor de cabeza se encargaba de eso— pero la certeza era absoluta. Había sido alguien más. Y ese alguien había fallado.

Punto tres: Este cuerpo era un desastre. Impulsivo, adicto al alcohol, propenso a la violencia. Cada pocos segundos, algún impulso nuevo surgía desde algún lugar que no controlaba, exigiendo atención.

Punto cuatro: Por un momento —solo un momento— había logrado controlar esos impulsos. Había tomado el liderazgo, por así decirlo. Y durante esos pocos segundos, todo había estado... bien. Estable.

Punto cinco: No tenía idea de qué hacer a continuación.

Marga llegó con un plato de pan duro y queso amarillento. Arthur le agradeció con un gesto y empezó a comer. La comida era simple pero sólida, y su estómago, sorprendentemente vacío, la recibió con gratitud.

Mientras masticaba, observó a los otros parroquianos.

Había un hombre grande en una esquina, con cicatrices que contaban historias de batallas serias. Dormía con la boca abierta, una mano todavía agarrando un tarro vacío.

Había dos mujeres jóvenes cerca de la ventana, hablando en voz baja sobre algo que parecía importante. Una de ellas tenía una daga visible en el cinturón. La otra llevaba lo que parecía ser un libro.

Y había un anciano en una mesa cercana a la puerta, comiendo despacio y observando todo con ojos que habían visto demasiado.

Personas normales en un día normal.

Excepto que Arthur podía ver algo más.

No era visual, exactamente. Era más como una sensación. El hombre grande de las cicatrices tenía algo... pesado en él. No en su cuerpo, sino en algo más. Una presión, una densidad. Como si su interior fuera más grande de lo que debería.

Las dos mujeres tenían algo similar, pero más sutil. Más contenido. Como agua en un vaso en lugar de un río desbordado.

El anciano, en cambio, era diferente. Lo que sentía en él era… ligero. Casi etéreo. Como si hubiera menos de él de lo que debería haber.

'¿Qué estoy viendo?'

La pregunta surgió sin respuesta. Pero Arthur supo, con esa certeza que venía de ningún lugar, que lo que percibía era importante. Fundamental, incluso.

Y que él tenía algo de eso también.

Cerró los ojos y trató de mirar hacia adentro.

Lo que encontró fue caos.

Había algo en el centro. Algo que observaba, que intentaba mantener el orden. Lo llamó 'él' porque no tenía otro nombre para ello. Pero alrededor de ese centro, había corrientes. Fuerzas que tiraban en todas direcciones.

La sed era una de ellas. No solo sed de alcohol —aunque eso también— sino sed de algo más. Escape, quizás. Olvido.

La ira era otra. Un fuego que ardía sin razón aparente, listo para encenderse ante la menor provocación.

Y había más. Deseo. Miedo. Ambición retorcida que sabía que nunca cumpliría. Apatía que quería que dejara de intentar.

Todas estas fuerzas competían por atención, tirando de ese centro que era él, tratando de arrastrarlo en su dirección.

'Si cedo a cualquiera de ellas, perderé.'

El pensamiento llegó con claridad absoluta. No era una suposición ni una filosofía. Era un hecho, tan real como la mesa frente a él.

'Pero si las reprimo completamente, también perderé.'

Eso era nuevo. Esa segunda parte no la había sentido antes. Pero era igualmente cierta. No podía simplemente aplastar estos impulsos. Eran parte de este sistema —de este cuerpo— y eliminarlos lo destruiría.

El equilibrio.

La palabra surgió de la nada. O tal vez de algún lugar profundo que había olvidado pero que aún recordaba.

Tenía que encontrar el equilibrio.

—¿Arthur?

La voz lo sacó de su introspección. Arthur abrió los ojos y vio a una de las mujeres jóvenes —la del libro— parada junto a su mesa. Tenía el cabello recogido en una trenza práctica y ojos que evaluaban todo lo que veían.

—¿Sí?

—¿Estás bien? Parecías... ausente.

Arthur consideró sus opciones. Este cuerpo probablemente conocía a esta mujer. El conocimiento le llegó un segundo después: Lira, aprendiz de algo que no pudo identificar, ocasionalmente útil para conseguir información.

—Solo pensando.

—Eso es nuevo para ti.

El comentario tenía un filo que dolía más de lo que debería.

—La gente cambia —dijo Arthur, sin saber de dónde venían las palabras.

Lira lo miró con una expresión que mezclaba escepticismo y algo más. ¿Curiosidad?

—Ayer prometiste que hoy me devolverías los cuatro cobres que te presté hace un mes.

Por supuesto. Más deudas.

—Sobre eso...

—Arthur, si me dices que no tienes el dinero, juro por los Antiguos que te haré comer ese queso junto con el plato.

Arthur casi sonrió. Había algo refrescante en la hostilidad directa.

—No tengo el dinero. Pero puedo trabajar para pagártelo.

Lira parpadeó. Claramente, eso no era lo que esperaba.

—¿Trabajar? ¿Tú?

—Como dije, la gente cambia.

—La gente sí. Tú eres Arthur Van.

—Tal vez ese es el problema.

No sabía qué quería decir con eso, pero las palabras se sintieron correctas. Lira lo estudió durante un largo momento, como tratando de encontrar el truco.

—¿Qué clase de trabajo?

—¿Qué necesitas?

—Necesito alguien que lleve un paquete al distrito del mercado. Es delicado y requiere discreción. Normalmente no te consideraría para esto porque, bueno, eres tú. Pero mi opción habitual está ocupada y el paquete debe entregarse hoy.

—¿Paga?

—Seis cobres. Dos para mi deuda, cuatro para ti.

Arthur hizo los cálculos rápidamente. Era un buen trato, considerando que no tenía nada.

—Acepto.

—Ni siquiera preguntaste qué hay en el paquete.

—¿Importa?

—Sí. Porque si alguien te pregunta, debes saber qué decir. Y porque algunos paquetes atraen... atención no deseada.

Entendió la implicación. Este mundo tenía su propia economía gris, sus propios peligros. Y aceptar trabajos sin preguntar era exactamente el tipo de cosa que el viejo Arthur habría hecho —y probablemente la razón por la que estaba en tantos problemas.

Pero él no era el viejo Arthur.

—¿Qué hay en el paquete?

Lira sonrió, aparentemente satisfecha con la pregunta.

—Hierbas medicinales. Cultivadas fuera de los canales oficiales. No son ilegales exactamente, pero tampoco son algo que quieras mostrar a los guardias.

—¿Por qué no las llevas tú?

—Porque mi cara es conocida en el mercado por otras razones. La tuya es conocida por ser un borracho inofensivo. Menos sospechas.

El insulto estaba tan casualmente insertado que casi pasó desapercibido. Arthur decidió dejarlo pasar.

—¿Dónde está el paquete?

---

Una hora después, Arthur caminaba por las calles de Velmor con una bolsa de tela bajo el brazo. El peso era ligero pero constante, un recordatorio de su primera tarea en este nuevo mundo.

Las calles eran estrechas y sucias en el distrito bajo, llenas de olores que competían por dominar: comida, basura, animales, sudor humano. Las personas que pasaban a su lado lo miraban con indiferencia o desprecio —probablemente reconociendo la cara de Arthur Van y todo lo que representaba.

Arthur los ignoró. Tenía cosas más importantes en mente.

Mientras caminaba, seguía explorando esa sensación interna. Los impulsos seguían ahí —la sed era particularmente insistente ahora— pero descubrió que podía... observarlos. Verlos surgir sin actuar inmediatamente.

Era agotador.

Cada impulso que observaba sin ceder drenaba algo. No era físico —sus piernas seguían fuertes, su respiración era normal— pero había otro tipo de energía que se gastaba con cada momento de resistencia.

'No puedo hacer esto para siempre.'

El pensamiento era desalentador pero realista. Si cada segundo de control le costaba, eventualmente se quedaría sin recursos. Y entonces los impulsos tomarían el volante.

'Necesito encontrar una manera más eficiente.'

Pero eso requería entender qué estaba pasando. Y cada vez que intentaba entender demasiado, el dolor de cabeza volvía.

Era un ciclo frustrante.

El distrito del mercado era diferente del distrito bajo. Las calles eran más anchas, las fachadas estaban pintadas, y el olor dominante era el de especias y pan recién horneado. Las personas aquí caminaban con propósito, vestidas con ropas que no mostraban parches visibles.

Arthur se sintió fuera de lugar inmediatamente.

Varias personas lo miraron con el tipo de expresión que se reserva para manchas en alfombras caras. Él mantuvo la cabeza baja y siguió caminando.

La dirección que Lira le había dado lo llevó a una pequeña tienda entre una panadería y una sastrería. El cartel decía "REMEDIOS DE OLEN" en letras desgastadas.

Entró.

El interior era oscuro y olía a hierbas secas. Estantes llenos de frascos y bolsas cubrían las paredes. Detrás de un mostrador, un hombre de pelo canoso leía un libro grueso con expresión de profunda concentración.

—¿Olen? —preguntó Arthur.

El hombre levantó la vista lentamente, evaluándolo con ojos que parecían ver más de lo que deberían.

—Sí. ¿Y tú eres?

—Traigo un paquete. De parte de Lira.

Algo cambió en la expresión de Olen. No era alivio exactamente, pero sí una relajación sutil.

—Ah. Ponlo en el mostrador.

Arthur así lo hizo. Olen abrió la bolsa, inspeccionó el contenido y asintió con satisfacción.

—Bien. Está todo. —Sacó unas monedas de un cajón y las puso frente a Arthur—. Tu pago.

Eran seis cobres, como Lira había dicho. Arthur los tomó y los guardó en su bolsillo.

—Gracias.

Estaba a punto de irse cuando Olen habló de nuevo:

—Espera.

Arthur se detuvo.

—¿Sí?

El anciano lo miraba con intensidad renovada. Sus ojos se movían de una manera extraña, como si estuviera viendo algo que no estaba realmente ahí.

—Eres... diferente —dijo Olen lentamente—. Diferente de lo que esperaba.

—¿Conoce a... a este cuerpo?

—Sé de Arthur Van. Todo el mundo en el distrito bajo sabe de él. Un desperdicio de potencial, dicen. Alguien que podría haber sido más pero eligió no serlo.

—Las personas cambian.

—No. Generalmente no lo hacen. —Olen ladeó la cabeza—. Pero tú... tú no eres él, ¿verdad? Estás en su cuerpo, pero no eres él.

El mundo se detuvo.

Arthur sintió cómo su corazón se aceleraba. El dolor de cabeza pulsó una advertencia.

—No sé de qué habla.

—Creo que sí lo sabes. —Olen sonrió, pero no había humor en su expresión—. Tranquilo. No voy a delatarte. No tengo ningún interés en hacerlo.

—¿Cómo...?

—¿Cómo lo sé? —Olen señaló sus propios ojos—. Después de sesenta años estudiando el equilibrio, uno aprende a ver ciertas cosas. Tu Núcleo es... diferente. Más denso de lo que debería ser para alguien de tu nivel. Y tus Vectores están en guerra contigo, no contigo mismo como en la mayoría de las personas.

Las palabras no tenían sentido y, al mismo tiempo, tenían todo el sentido del mundo.

—¿Núcleo? ¿Vectores?

Olen lo estudió durante un largo momento.

—Realmente no sabes, ¿verdad? —Soltó un suspiro—. Siéntate. Creo que necesitas una explicación.

Arthur dudó. Cada instinto le decía que era peligroso quedarse, que estaba expuesto, que debía huir.

Pero también sabía que necesitaba respuestas.

Se sentó.

—¿Qué está pasando conmigo?

Olen se reclinó en su silla.

—Lo que está pasando es que moriste y no te quedaste muerto. Tu conciencia —lo que realmente eres— sobrevivió de alguna manera y terminó en este cuerpo. Es raro, pero no imposible.

El dolor de cabeza pulsó con fuerza. Arthur apretó los dientes.

—¿Por qué?

—¿Por qué sobreviviste? —Olen negó con la cabeza—. Eso no lo sé. Hay reglas que gobiernan estas cosas, pero no son reglas que alguien haya escrito. El Principio no explica sus decisiones.

—¿El Principio?

—La fuerza que equilibra todo. —Olen se inclinó hacia adelante—. Escucha con cuidado, porque no voy a repetirlo. Todo ser tiene una estructura interna. En el centro está lo que llamamos el Núcleo: tu capacidad de observar, elegir, liderar. Alrededor del Núcleo están los Vectores: emociones, impulsos, deseos. Tienen dirección e intensidad.

Arthur recordó lo que había sentido antes. Las corrientes que tiraban de él.

—Los sentí. Son... fuertes.

—Este cuerpo vivió años dejándose llevar por ellos. Están acostumbrados a gobernar. Y de repente, apareces tú con un Núcleo que quiere retomar el control. Por supuesto que hay resistencia.

—¿Cómo los controlo?

Olen soltó una risa seca.

—Esa es la pregunta equivocada. No los controlas como controlarías un caballo o una herramienta. Los lideras. Hay una diferencia.

—No entiendo.

—Controlar significa forzar. Reprimir. Aplastar. Y sí, puedes hacer eso por un tiempo. Pero los Vectores son parte de ti. Son energía. Si los aplastas, esa energía no desaparece. Se acumula. Y eventualmente explota.

Arthur pensó en lo agotado que se había sentido al observar sus impulsos sin ceder.

—¿Y liderar?

—Liderar significa guiar. Dar dirección sin forzar. Dejar que el Vector exista, pero decidir cómo y cuándo se expresa. —Olen lo miró con algo parecido a simpatía—. Es mucho más difícil de lo que suena. La mayoría de las personas nunca lo aprenden. Van por la vida siendo arrastradas por sus Vectores o destruyéndose al intentar reprimirlos.

—Usted parece haberlo logrado.

—Tengo sesenta años y todavía cometo errores. —Olen negó con la cabeza—. Pero soy estable, mayormente. Nivel 6, si quieres usar la escala.

—¿Hay una escala?

—Hay muchas escalas. La más conocida divide el desarrollo interno en veinte niveles, aunque nadie que yo conozca ha visto a alguien por encima de 15. —Olen lo estudió—. Tú, ahora mismo, estás en Nivel 1. Quizás 2 en un buen día.

—¿Qué significa eso?

—Significa que tus reacciones son automáticas. Los Vectores gobiernan la mayor parte del tiempo. Estás vivo por suerte, no por habilidad.

Era una evaluación brutal pero probablemente precisa.

—¿Cómo subo?

—No pienses en términos de subir. No es una escalera que trepas para ganar premios. —Olen se puso serio—. Cada nivel representa un estado de estabilidad interna. No se alcanza entendiendo más, sino sosteniendo mejor.

La frase resonó en algún lugar profundo de Arthur. Como si ya la hubiera escuchado antes.

—Sosteniendo...

—Exacto. Puedes entender perfectamente cómo funciona el equilibrio y aún así fallar en mantenerlo. El conocimiento no es suficiente. Necesitas práctica. Tiempo. Y, lo más importante, necesitas sobrevivir lo suficiente para aprender.

—¿Sobrevivir a qué?

Olen lo miró con expresión grave.

—A todo. A tus propios Vectores que quieren controlarte. A este mundo que no perdona el desequilibrio. Y a las cosas que cazan a quienes están fuera de balance.

—¿Cosas?

—Los Seres Vectoriales. —Olen pronunció las palabras como si tuvieran peso propio—. Criaturas que alguna vez fueron animales normales, pero absorbieron demasiada energía sin tener un Núcleo capaz de liderarla. Sus Vectores crecieron sin control hasta que ya no quedó nada más.

Arthur recordó la sensación que había tenido del hombre grande en la taberna. Esa densidad, esa presión.

—¿Y atacan a personas?

—Atacan a todo lo que perciben como desequilibrado. Son atraídos por ello. —Olen se inclinó hacia atrás—. Por eso es importante que aprendas rápido. Un Ser Vectorial menor podría encontrarte ahora mismo y serías presa fácil.

El miedo que Arthur sintió era real y visceral. No el miedo abstracto de una amenaza teórica, sino el reconocimiento de un peligro inmediato.

—¿Qué hago?

—Lo que estás haciendo ahora. Observar. Aprender. Resistir sin reprimir. —Olen se puso de pie—. Y volver aquí mañana, si quieres que te enseñe más.

—¿Por qué me ayudaría?

—Porque es lo correcto. —Olen lo miró con algo que podría ser respeto—. Y porque veo potencial en ti. Tu Núcleo, sea de donde sea que venga, tiene estructura. Densidad. Si sobrevives las próximas semanas, podrías convertirte en algo notable.

—¿Y si no sobrevivo?

—Entonces habrás sido otra víctima de un sistema que no perdona la debilidad. —Olen señaló la puerta—. Ahora vete. Tengo trabajo que hacer. Vuelve mañana al amanecer si quieres aprender.

Arthur se levantó lentamente. Su mente procesaba todo lo que había escuchado, tratando de encontrar patrones, significado.

—Gracias —dijo.

—No me agradezcas todavía. El camino que tienes por delante es largo y doloroso. La mayoría abandona mucho antes de ver resultados.

—No voy a abandonar.

Las palabras salieron con más convicción de la que esperaba. Y mientras las decía, sintió algo cambiar en su interior. Una decisión. Un compromiso.

Por primera vez desde que había despertado, no se sentía completamente perdido.

Olen lo observó salir sin decir nada más.

---

El sol estaba alto cuando Arthur salió de la tienda. La luz le molestó los ojos después de la penumbra interior, pero se forzó a seguir caminando.

El camino de vuelta al distrito bajo parecía diferente ahora. No porque nada hubiera cambiado, sino porque él había cambiado. Tenía información. Contexto. Un nombre para las cosas que sentía.

Núcleo. Vectores. El Principio.

Y la certeza de que había fallado antes. En otra vida que no podía recordar.

'Esta vez será diferente.'

El pensamiento surgió con fuerza. Pero inmediatamente, otra voz —más suave, más vulnerable— respondió:

'¿Lo será? ¿Qué te hace pensar que puedes tener éxito donde ya fallaste una vez?'

No tenía respuesta para eso.

Solo tenía la determinación de intentarlo.

Arthur Van —porque ese era su nombre ahora, sin importar de dónde viniera su conciencia— siguió caminando hacia un futuro que no conocía pero que estaba decidido a enfrentar.

Un paso a la vez.

Sin romperse.