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Chapter 14 - Capitulo 13

Alice.

Me apoyé un poco más contra el escritorio mientras revisaba las hojas, intentando que el dolor en el abdomen no se notara en mi cara.

Respira. Solo respira.

Cinco preguntas.

Cinco preguntas sencillas de historia general del mundo.

Y aun así…

Suspiré.

—Bien —dije en voz alta, levantando la primera hoja—. Vamos a corregir juntos.

Las miradas se levantaron de inmediato.

Algunos niños se enderezaron en sus sillas.

Otros bajaron la cabeza como si así pudieran desaparecer.

—Pregunta número uno —leí—: ¿En qué continente se originaron las primeras civilizaciones conocidas, como Mesopotamia y el Antiguo Egipto?

Levanté la vista.

—¿Quién quiere responder?

Varias manos se levantaron. Señalé a uno al azar.

—Hugh.

Hugh se aclaró la garganta.

—En… ¿Europa?

Algunas risitas se escucharon.

Negué despacio.

—Incorrecto. Europa fue importante después, pero no fue donde surgieron las primeras civilizaciones.

Taché con el bolígrafo.

—¿Alguien más?

Levanté la vista otra vez.

—Abi.

—En Asia —dijo con seguridad—. Bueno… Asia y África.

La miré un segundo y sonreí.

—Correcto. Mesopotamia en Asia, Egipto en África. Muy bien.

Abi sonrió orgullosa.

—Pregunta número dos —continué—: ¿Para qué se usaban principalmente las pirámides en el Antiguo Egipto?

Se escuchó el roce de las hojas.

—Lily —dije, viendo su mano levantada.

—Eran tumbas para los faraones —respondió—. Para su vida después de la muerte.

Asentí.

—Correcto. Creían en la vida después de la muerte y las pirámides eran monumentos funerarios.

Marqué su respuesta como buena.

—Pregunta número tres —seguí—: ¿Qué fue la Edad Media?

Un silencio incómodo.

—No me digan que nadie sabe —dije, arqueando una ceja.

Un niño al fondo levantó la mano con duda.

—Fue cuando… —empezó— todo era oscuro y no había ciencia.

Cerré los ojos un segundo.

—No exactamente —respondí con paciencia—. No era "todo oscuro". Fue un periodo entre la caída del Imperio Romano y el inicio del Renacimiento. Hubo avances, solo que diferentes.

Taché.

—Respuesta incompleta. Incorrecta.

—Pregunta número cuatro —leí—: ¿Quién fue uno de los personajes históricos más influyentes del mundo y por qué?

Varias hojas crujieron.

—Sofía —dije.

—Napoleón —respondió— porque conquistó muchos países.

La miré con atención.

—Correcto en parte —dije—. Fue influyente por sus conquistas y por los cambios políticos que dejó en Europa.

Marqué la respuesta como válida.

—Pregunta número cinco y última —anuncié—: ¿Qué es una civilización?

Suspiré antes de escuchar la siguiente respuesta.

—Es… cuando hay ciudades —dijo un niño— y gente viviendo junta.

Asentí despacio.

—Eso está mejor —respondí—. Una civilización tiene ciudades, organización social, leyes, cultura, escritura o tecnología.

Levanté la vista y miré al grupo.

—Muchos de ustedes —añadí— contestaron cosas como "porque sí", "no sé" o "lo vi en una película".

Algunos bajaron la cabeza.

—La historia no es solo memorizar fechas —continué—. Es entender cómo vivía la gente antes que nosotros. Por qué tomaron decisiones. Qué errores cometieron.

Me enderecé un poco, ignorando el tirón en el abdomen.

—Y créanme —dije con una media sonrisa cansada—, el mundo se repite más de lo que creen.

Algunos niños asintieron. Otros solo me miraron en silencio.

—Bien —concluí—. Vamos a repasar esto mejor mañana. Y no se preocupen…

Hice una pausa, mirando sus hojas.

—No son las peores respuestas que he leído en mi vida. Pero tampoco las mejores.

Unas risas suaves recorrieron el salón.

Levanté la vista de la hoja justo cuando escuché la voz de Hugh.

—Miss… —dijo, levantando la mano a medias—. ¿Usted… en qué era buena cuando estaba en la secundaria?

La pregunta me cayó como un golpe suave, pero directo.

Me quedé quieta.

El bolígrafo se detuvo entre mis dedos.

El salón, que hace un segundo estaba lleno de murmullos, se silenció poco a poco.

—¿Yo? —repetí, más para mí que para él.

Varias miradas se clavaron en mí. Abi inclinó un poco la cabeza. Lily me observó con atención, como si intentara adivinar la respuesta antes de que yo hablara.

Dejé el lápiz sobre el escritorio con cuidado.

Me recosté en la silla, despacio —demasiado despacio— y apoyé ambas manos sobre mis piernas.

¿Qué hacía yo a su edad?

Imágenes rápidas cruzaron mi mente: pisos fríos, cronómetros, voces gritando órdenes, sangre seca en los nudillos, números recitados mientras el cuerpo temblaba.

Tragué saliva.

No.

Eso no.

Sonreí un poco antes de hablar.

—Bueno… —empecé—, no iba a una escuela como esta.

Algunos niños abrieron los ojos.

—¿Era de otro país? —preguntó alguien.

—Sí —respondí—. Y el sistema era… distinto.

Me encogí de hombros.

—Supongo que era buena en cosas raras.

—¿Como cuáles? —insistió Hugh, genuinamente curioso.

Miré al techo un segundo, buscando palabras que no dolieran.

—Era buena memorizando —dije—. Mucho.

—¿Como fechas? —preguntó Abi.

—Como todo —respondí—. Textos largos, reglas, mapas… incluso cosas que no entendía todavía.

Algunos hicieron caras de impresión.

—También —continué— tenía que aprender a concentrarme aunque hubiera ruido, frío, cansancio o dolor de cabeza.

Lily frunció ligeramente el ceño.

—¿Dolor? —repitió.

Me di cuenta tarde.

—Como cuando tienes sueño y aun así tienes que terminar la tarea —corregí rápido—. Ese tipo de dolor.

Un par de niños asintieron, identificados.

—¿Y deportes? —preguntó otro—. ¿Era buena en deportes?

Solté una pequeña risa.

—Digamos que… me hacían correr mucho.

—¿Carreras? —preguntó Hugh.

—Carreras —repetí—. Y ejercicios de fuerza. Cosas que te enseñan a no rendirte cuando el cuerpo dice que ya no puede más.

—Eso suena horrible —murmuró alguien.

—A veces lo era —admití—. Pero también te hace descubrir que puedes más de lo que crees.

Me acomodé un poco en la silla, ignorando el ardor en el abdomen.

—¿Tenía amigos? —preguntó una niña desde la segunda fila.

La pregunta me atravesó más fuerte que la anterior.

Parpadeé una vez.

—Pocos —respondí con honestidad—. Pero los que tenía… eran importantes.

Lily no dejó de mirarme.

—¿Y era buena en historia? —preguntó Hugh, volviendo al tema.

Sonreí de lado.

—Era buena entendiendo patrones —dije—. Ver cómo las cosas se repiten. Cómo las decisiones de una persona pueden cambiar muchas vidas.

Apoyé un codo en el escritorio.

—Por eso me gusta la historia. No es solo pasado. Es advertencia.

El salón quedó en silencio unos segundos.

—Entonces… —dijo Abi— ¿le gustaba estudiar?

Pensé en entrenamientos nocturnos, en castigos por errores mínimos, en exámenes que no admitían fallos.

—No siempre —respondí—. Pero aprendí a hacerlo bien. Porque no tenía opción.

Algunos niños asintieron, otros parecían confundidos.

Me enderecé un poco.

—Ahora —dije, retomando el control—, suficiente de mí. No vine aquí para hablar de mi secundaria traum… —me aclaré la garganta— interesante.

Un par de risitas.

—Saquen sus cuadernos —ordené—. Vamos a corregir lo que falló y a hacerlo mejor.

Mientras los niños obedecían, tomé el lápiz de nuevo.

Si supieran.

Si supieran lo que realmente hacía a su edad… Pero no.

Eso se quedaba conmigo.

***

Grace.

—¿¡EN QUÉ DIABLOS ESTABAS PENSANDO!? —casi grité, poniéndome de pie tan rápido que la silla raspó el suelo.

El sonido pareció retumbar en la sala.

Mi madre estaba sentada frente a mí, rígida, con las manos juntas. En el centro de la mesa, como si fuera una maldita prueba de un crimen, estaba la gasa.

Mi padre tenía la boca entreabierta.

Mis suegros se miraban sin saber qué decir.

Michael… Michael me miraba con una mezcla de shock y cansancio, como si el mundo se le hubiera venido abajo otra vez.

—¿Tienes idea de lo que hiciste? —seguí, señalando la mesa—. ¿Tienes alguna idea?

—Grace, baja la voz… —intentó decir mi padre.

—¡NO! —lo interrumpí—. No voy a bajar la voz.

Me giré de nuevo hacia mi madre.

—¿Fuiste a la escuela de mi hija? ¿A SU escuela? ¿Y hablaste con la directora? ¿Y le pediste ayuda para QUÉ, mamá? ¿Para robarle material biológico a una profesora?

—No lo pongas así —dijo, tensa.

Solté una risa incrédula, corta, casi histérica.

—¿Entonces cómo lo pongo? —pregunté—. ¿Cómo explicas que estás sentada aquí con una gasa usada que no es tuya, que no es mía, que probablemente es de una mujer que no sabe que existes?

Michael pasó una mano por su rostro.

—Teresa… —dijo despacio—. Esto es… esto es grave.

—¡Gracias! —exclamé, girándome hacia él—. ¡Alguien lo entiende!

Mi madre apretó los labios.

—Ustedes la vieron —dijo—. La vieron de cerca.

—¡ESO NO IMPORTA! —grité—. Aunque se pareciera a mí como una gota de agua, eso no te da derecho a hacer esto.

Señalé la gasa otra vez.

—¿Sabes lo que es esto legalmente? ¿Sabes el problema en el que puedes meter a esa directora? ¿A la escuela? ¿A ESA MUJER?

—Grace, escúchame… —empezó mi madre.

—NO —la corté—. Tú escúchame a mí.

Respiré hondo, pero la voz me temblaba igual.

—Tú enterraste a mi hija conmigo —dije—. Lloraste conmigo. Me viste romperme durante años.

El silencio cayó como plomo.

—Y ahora —continué—, ¿vas y haces esto a mis espaldas?

Mi padre habló por fin.

—Hija… tu madre solo…

—¡NO LA JUSTIFIQUES! —le grité—. Esto no es "solo una madre preocupada". Esto es cruzar una línea.

Mi suegra habló con cautela.

—Grace… entiendo que estés alterada, pero… si existe una posibilidad…

Me giré hacia ella, los ojos húmedos.

—¿Posibilidad de qué? —pregunté—. ¿De volver a rompernos si no es ella?

Michael se levantó despacio.

—Grace… —dijo con voz baja—. Mírame.

Lo hice.

—Esto también te duele —continuó—. Lo sé. A todos nos duele.

Señaló la gasa, sin tocarla.

—Pero negar siquiera la prueba… ¿no te parece que también es miedo?

Tragué saliva.

—Claro que tengo miedo —respondí—. ¿Y tú no?

Mi madre aprovechó el silencio.

—Grace… —dijo con voz quebrada—. Yo no podría vivir sabiendo que no lo intenté.

Me reí sin humor.

—¿Y yo cómo voy a vivir sabiendo que quizá estoy persiguiendo a una mujer inocente? —pregunté—. ¿Que tal vez estamos invadiendo su vida?

—Ella es huérfana —dijo Teresa—. Vino del extranjero. No tiene familia conocida.

—¡ESO NO SIGNIFICA QUE QUIERA UNA! —respondí.

Me apoyé en la mesa, agotada.

—¿Y si no es ella? —pregunté, más bajo—. ¿Y si solo se parece? ¿Y si le abrimos una herida que no pidió?

Michael se acercó un poco más.

—¿Y si sí es? —preguntó.

No respondí de inmediato.

Mi madre habló otra vez, casi suplicando.

—Grace… no te estoy pidiendo que la confrontes. No ahora. Solo… una prueba. Anónima. Científica. Que nos diga la verdad.

—¿A costa de qué? —pregunté—. ¿De nuestra dignidad? ¿De la suya?

—A costa de saber —respondió Teresa.

Miré la gasa.

Pequeña.

Insignificante.

Y aun así, capaz de destruir o reconstruir una vida.

—Esto es una locura —susurré.

—Tal vez —dijo mi madre—. Pero también lo fue creer durante veinticinco años que tu hija estaba muerta.

El nudo en mi garganta se cerró.

—Si hacemos esto… —dije finalmente— no habrá marcha atrás.

Teresa asintió.

—Lo sé.

—Y si sale negativo —continué—, esto muere aquí. Para siempre.

—De acuerdo —respondió ella sin dudar.

Cerré los ojos un segundo.

—Y si sale positivo… —mi voz se quebró— entonces tendremos que pensar muy bien cómo acercarnos a ella.

Michael puso una mano en mi hombro.

—Juntos —dijo.

Abrí los ojos.

Miré a todos.

—Esto no es esperanza —dije—. Esto es dinamita.

Mi madre no apartó la mirada.

—A veces —respondió—, hay que arriesgarse a que todo explote para recuperar lo que te robaron.

Y supe, en ese momento, que ya no había forma de detener esto.

****

Alice.

Me acomodé un poco mejor en la silla, sosteniendo la taza de té entre ambas manos.

El calor era agradable, casi engañoso; hacía que el cuerpo creyera, por unos segundos, que no estaba roto por dentro.

—Gracias por el té —dije—. De verdad.

La directora sonrió con suavidad desde detrás de su escritorio.

—Es de manzanilla —respondió—. Ayuda con el dolor físico… y con el cansancio.

Le di un sorbo corto.

—Eso espero.

Hubo un pequeño silencio antes de que hablara de nuevo.

—Quería que te quedaras un momento, Alice —dijo—. Para charlar un poco contigo.

Levanté la vista hacia ella.

—¿Ocurrió algo?

—No —negó con la cabeza—. Nada malo. Solo… ya pasó una semana desde que llegaste. Bueno, técnicamente menos, considerando que dos días no hubo clases por lo del hospital. Y quería saber cómo te has sentido aquí.

Pensé unos segundos antes de responder.

—Bien —dije—. Los niños son… —esbocé una sonrisa— demasiado curiosos.

La directora soltó una pequeña risa.

—Eso lo he notado.

—Pero lindos —continué—. Dentro de lo que cabe.

—¿Y el resto? —preguntó con cuidado.

Suspiré, apoyando la espalda contra la silla.

—El resto es… diferente. Aún me cuesta acoplarme a los demás profesores.

—¿Por ser nueva?

—Por ser suplente —aclaré—. Y porque este es mi primer grupo aquí. No he dado más clases que las de ellos. Es difícil integrarse cuando sabes que no te vas a quedar.

La directora asintió lentamente.

—Debe ser complicado —dijo—. Llegar a un lugar, adaptarte… y luego irte.

—Sí —admití—. Aunque ya estoy acostumbrada.

Me observó unos segundos más de lo normal.

—Te mueves mucho —comentó—. De un lugar a otro.

—Me gusta viajar —respondí—. Este tipo de trabajos… —hice un gesto vago con la mano— me ayudan a hacer algo útil mientras estoy en un sitio. Y a ganar dinero para sostener los gastos.

—¿Nunca te ha dado ganas de quedarte? —preguntó—. En un solo lugar.

Di otro sorbo al té, más largo esta vez.

—Sí —dije—. Algún día.

—¿Cuándo?

—En el futuro —respondí—. Cuando termine lo que tengo pendiente.

La directora arqueó una ceja.

—¿Y qué es eso?

La taza se quedó suspendida a medio camino.

—Encontrar a alguien.

—¿A tu familia biológica? —preguntó con naturalidad.

Negué despacio.

—No.

La directora parpadeó, sorprendida.

—¿No te gustaría conocerlos? —insistió—. Saber por qué no creciste con ellos.

—Ya los conocí —respondí.

El silencio cayó entre nosotras.

—¿Cómo dices? —preguntó al final.

—Los conocí —repetí—. Hace años.

Apoyé la taza en el platillo.

—No crecí con ellos porque… no tenían dinero —expliqué—. Apenas podían sostenerse a sí mismos. Mucho menos a una bebé.

La directora me escuchaba sin interrumpir.

—Así que decidieron dejarme en un orfanato —continué—. Según me contaron, algunas veces iban… me veían desde lejos. Sin que yo lo supiera.

—Eso debió ser difícil —murmuró.

—Supongo —dije—. Para ellos también.

Se inclinó un poco hacia adelante.

—¿Nunca los culpaste?

Negué.

—Cada quien hace lo que puede con lo que tiene —respondí—. No todos nacen con opciones.

—¿Tuvieron más hijos? —preguntó.

—No —dije—. Según ellos, traer otros niños al mundo después de abandonarme habría sido cruel.

La directora guardó silencio unos segundos.

—¿Y estás segura de que… eran realmente tus padres? —preguntó con cautela—. A veces hay personas que…

—Sí —respondí con firmeza—. Fueron ellos.

—¿Te hiciste pruebas? ¿ADN, algo así?

—No —admití—. Pero me mostraron fotos. De cuando eran jóvenes. De cuando yo era bebé.

Sonreí apenas.

—Y decían cosas que solo ellos podían saber —mentí con tranquilidad—. Detalles.

La directora asintió, aunque su mirada seguía siendo inquisitiva.

—¿Nunca pensaste en quedarte con ellos? —preguntó.

—No —respondí—. Ya habían hecho su vida. Yo… —me encogí de hombros— ya tenía la mía.

El silencio volvió a instalarse.

La directora tomó su propia taza y bebió un sorbo.

—Debe ser extraño —dijo—. Tener familia… y al mismo tiempo no tenerla.

—Uno se acostumbra —respondí.

Me miró con una mezcla de curiosidad y algo más que no supe identificar.

—Eres una persona muy reservada, Alice.

—La costumbre —dije—. Moverse mucho enseña a no echar raíces demasiado profundas.

—Y aun así —añadió—, los niños ya te tomaron cariño.

Sonreí, cansada.

—Eso suele pasar.

Se levantó de su silla.

—No quería incomodarte con preguntas —dijo—. Solo quería saber cómo estabas.

—Lo entiendo —respondí—. Y gracias por preguntar.

Me puse de pie con cuidado, reprimiendo la punzada en el abdomen.

—Si en algún momento necesitas algo —continuó—, mi puerta está abierta.

—Lo tendré en cuenta.

Tomé mi bolso.

—Descansa —añadió—. Te ves… agotada.

—Un poco —admití.

Salí de la oficina con una sonrisa educada en el rostro.

Y con la mentira aún tibia en la lengua.

Caminé por los pasillos con pasos lentos, dejando que el té hiciera efecto. El calor bajaba por la garganta y se asentaba en el pecho, y por primera vez en horas sentí que podía respirar con un poco menos de cuidado.

Inhalé profundo.

Exhalé.

Y esta vez… no dolió.

—Bien… —murmuré para mí misma.

Seguí caminando, escuchando solo el eco suave de mis pasos, hasta que un sonido rompió la calma.

—Sss… auch…

Me detuve en seco.

Giré la cabeza hacia el salón que tenía a un lado. El sonido había venido de ahí. Me acerqué con cautela, levanté la mano y toqué la puerta.

—¿Todo bien? —pregunté mientras abría apenas.

La escena me tomó por sorpresa.

En uno de los pupitres había un hombre adulto, quizá de cuarenta y tantos. Tenía el pantalón de la pierna izquierda arremangado hasta la espinilla y una venda blanca rodeándole la piel. Él levantó la vista al verme, claramente sorprendido.

—Oh —dijo—. Lo siento, no pensé que alguien…

—Perdón —respondí de inmediato—. Escuché un quejido y…

—No, no, está bien —se apresuró a decir—. De verdad.

Abrí un poco más la puerta.

—¿Está bien? —pregunté—. Vi la venda.

—Sí, sí —asintió—. Solo estaba ajustándola.

Se acomodó en el asiento y bajó un poco más el pantalón, cubriéndose.

—Siento que me haya visto así —añadió—. Usted debe ser… la profesora sustituta del maestro Rodrigo, ¿cierto? Alice.

Parpadeé.

—Así es —dije—. Alice.

Él terminó de bajar el pantalón y se puso de pie con cuidado. Caminó hacia mí sin dificultad aparente y extendió la mano.

—Mauricio —se presentó—. Profesor de uno de los grupos de tercero.

Tomé su mano.

—Un placer —respondí—. No había escuchado de usted todavía, pero es bueno conocer a un colega.

—Lo mismo digo —sonrió—. Escuché que había llegado la semana pasada, pero hasta ahora se dio la oportunidad.

Solté su mano y miré de nuevo hacia su pierna.

—¿Seguro que está bien? —insistí—. Si tiene una venda, supongo que no es poca cosa.

—Es verdad —admitió—. El fin de semana estaba acomodando la casa con mi esposa y… bueno, tuve un pequeño accidente.

—¿Qué pasó?

—Nada del otro mundo —dijo—. Un mal paso, una caída tonta. Me lastimé la pierna.

—¿Fue al médico?

—Sí, claro —asintió—. Unas puntadas y listo.

Hizo un gesto despreocupado.

—No me afecta para moverme, ni para subir escaleras. Por eso no le vi caso decirle a la directora.

—Me alegra escuchar eso —dije—. Pudo haber sido peor.

—Eso mismo dijo mi esposa —añadió—. Aunque… —sonrió de lado— se rió a carcajadas cuando pasó.

No pude evitar soltar una risa corta.

—Vaya apoyo.

—Tiene un humor un poco raro —dijo encogiéndose de hombros—. Pero supongo que eso también ayuda.

—Suena a un matrimonio cómodo —comenté.

—Lo es —respondió sin dudar—. Caótico, pero cómodo.

Me apoyé un poco en el marco de la puerta.

—¿Necesita ayuda con la venda? —pregunté—. Si se abrió o…

—No, no —negó enseguida—. Antes de que empezara el receso fui a la sala de profesores. No había nadie, así que me atendí en el baño.

Asentí.

—Eso es bueno. Aun así, tenga cuidado.

—Lo haré —sonrió—. Gracias por preocuparse.

—Bueno —dije—, fue un gusto conocerlo, profesor Mauricio.

—Igualmente, profesora Alice —respondió—. Espero verla de nuevo por aquí.

—Seguro —dije—. Y trate de no correr.

Se rió.

—Tendré muy en cuenta su consejo.

Le dediqué una pequeña sonrisa, cerré la puerta con cuidado y retomé el pasillo.

El té seguía ayudando.

Aunque ahora que lo pienso, no había visto a nadie en la sala de maestros antes de entrar.

Nadie.

Fruncí apenas el ceño, sin detenerme. Si Mauricio se había atendido ahí, entonces tuvo que haber entrado bastante antes que yo.

Mucho antes. Cuando aún no había movimiento, cuando el lugar estaba vacío.

—Bien… —murmuré en voz baja.

Eso explicaba por qué no nos cruzamos.

Otro pensamiento me apretó el estómago, y no fue precisamente la herida.

El olor.

Desinfectante.

Alcohol.

Gasas.

Tragué saliva, respirando con cuidado, como si el aire pudiera delatarme.

Esperaba, de verdad esperaba, no haber dejado el olor impregnado cuando me cambié la gasa del abdomen. Había ventilado el baño lo mejor que pude, tirado agua, limpiado el lavamanos… pero aun así, los olores médicos tienen la mala costumbre de quedarse, de aferrarse.

Al menos…

Al menos no dejé la gasa en la basura.

Ese pensamiento me dio un pequeño alivio.

Si alguien hubiera encontrado una gasa ensangrentada junto con vendas que dejó el profesor y me hubieran visto salir después, las conclusiones habrían sido inmediatas.

Sencillas. Lógicas.

Y peligrosas.

Habrían pensado que fui yo.

Que yo dejé eso.

Que yo estaba herida.

Y a partir de ahí, las preguntas no tendrían freno.

Cerré los dedos con fuerza dentro de las mangas largas.

—Siempre prevenir… —susurré.

Cuando llegue a casa, no voy a guardar nada.

Gasas.

Vendas.

Cintas.

Todo.

Las voy a quemar.

No importa si es exagerado. No importa si es paranoico.

Es mejor prevenir que lamentar.

Siempre.

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