WebNovels

Chapter 7 - Capitulo 6

Grace Carter.

Abrí la caja con las manos temblorosas. No era una caja grande, pero su peso… su peso era de esos que aplastan el alma. La tapa cedió con un leve crack y un olor a papel viejo, a recuerdos que nunca debieron tocar la luz, me envolvió.

Lo primero que vi fue una fotografía.

Y sentí cómo el aire me abandonaba el pecho.

Era yo… sentada en aquella cama del hospital, agotada, con la cara aún húmeda por el llanto. Michael estaba detrás de mí, abrazándome, una mano sobre mi hombro y la otra… la otra rodeando mi vientre abultado. Yo tenía las dos manos apoyadas sobre mi barriga, como si tratara de sujetar la vida que aún latía dentro de mí en ese momento.

Esa foto nunca la habíamos vuelto a ver. La habíamos guardado… o más bien, escondido. Enterrado. Sellado bajo llave dentro de un pacto silencioso: proteger a Luke y a Lily de un dolor que no merecían cargar.

Mi hija.

Nuestra primera hija.

Beatriz.

Sentí un pinchazo cálido detrás de los ojos, pero no lloré. No todavía.

—Dios mío… —susurré, tocando el borde de la foto con los dedos—. Había olvidado esta imagen…

Mentira.

Nunca la olvidé.

Solo había aprendido a vivir sin mirarla.

Beatriz había vivido apenas unos minutos. Apenas. Ni siquiera tuvo tiempo de llorar. De verdad llorar. Hizo un pequeño sonido, un quejido frágil, y luego… silencio. Aquel silencio fue lo que me partió en dos. Un murmullo ahogado por un problema cardíaco que nadie vio venir, que nadie detectó, que nadie supo advertir.

Nunca volví a escuchar el silencio de la misma forma.

—Estarías tan grande ahora… —murmuré, dejando que mis dedos rozaran la superficie de la foto, como si pudiera tocar su recuerdo.

Dentro de la caja había más cosas. La cobijita blanca que nadie más había usado jamás. Un pequeño gorrito tejido por mi madre. Una pulserita del hospital con su nombre escrito a mano porque nunca alcanzaron a imprimirla.

BEATRIZ CARTER

Nacida —

Fallecida —

Fechas idénticas. Minutos de diferencia.

Me dolía mirarlo.

Me dolía aún más no haberlo contado nunca.

Pero ¿cómo hacerlo?

¿Cómo explicarle a Luke que él no fue nuestro primer milagro?

¿Cómo decirle a Lily que hubo una hermana que jamás conocieron, que jamás rió, que jamás respiró el mismo aire que ellos pero que aun así forma parte de nosotros?

Michael y yo cargamos ese peso solos. Por años.

Recordé tantas tardes mirando a Luke jugar con carritos y preguntándome cómo hubiera sido ver a dos pequeños corriendo juntos. Recordé a Lily riendo con Michael y pensando si Beatriz habría tenido sus mismos ojos. Recordé todas las noches en que nos quedábamos despiertos, hablando en susurros, preguntándonos si habíamos hecho lo correcto callándolo.

—Beatriz… —dije su nombre en voz baja, como si se lo devolviera al mundo tan solo por un instante.

Ese nombre que pronunciamos apenas un puñado de veces antes de encerrarlo en esta caja, junto con ese dolor que parecía demasiado grande para permitirnos seguir adelante.

Y sin embargo, allí estaba yo, con la caja abierta y el pasado mirándome directo a los ojos.

Respiré hondo.

Lo sentí.

Claro como siempre.

El mismo pinchazo, la misma punzada, el mismo hueco que nunca terminó de cerrarse.

No hay día que no duela. No hay día en que no imagine a Lily jugando con una hermana mayor que la habría cuidado. No hay día en que no imagine a Luke contándole chistes tontos. No hay día en que no me pregunte cómo hubiera sido su risa, su voz, sus pasos.

No hay día.

Cerré los ojos unos segundos, sosteniendo la foto con ambas manos, como si fuese lo más frágil del mundo.

Y en silencio, como siempre, le hablé:

Mi niña… si supieras cuánto te hemos amado, incluso en tu ausencia.

Escuché un crujido suave detrás de mí. Reconocería ese paso en cualquier parte de la casa. No lo miré de inmediato; no podía. Me limpié las mejillas con el dorso de la mano, respiré hondo y traté de que mi voz no temblara.

—Sabía que estabas aquí —dijo Michael desde el umbral, con ese tono bajo que usaba cuando no quería asustarme—. No te escuché moverte en un buen rato.

Cerré la caja a medias, sin mucha convicción.

—Sólo… necesitaba ver esto otra vez.

Él caminó hacia mí con pasos lentos, cuidados. Como si tuviera miedo de romperme. A veces yo también tenía miedo de que lo hiciera.

—Grace… —su voz se ablandó al ver lo que tenía entre las manos—. La foto.

No dije nada. No había nada que explicar.

Se arrodilló frente a mí, apoyando una mano en mi rodilla, su piel cálida contra la mía. Luego tomó la fotografía con la otra mano, mirándola con un silencio que decía demasiado.

—No la veía desde… —hizo una pausa larga, tensa—. Desde que la guardamos aquí.

—No hemos hablado de esto en años —susurré.

—Sí —admitió—. Y sin embargo… parece que fue ayer.

Soltó un suspiro cansado, de esos que salen desde la parte del alma que uno mantiene escondida. Alzó un poco la foto hacia la ventana, como si la luz pudiera mostrar algo que ambos hubiéramos olvidado.

—Se veía tan… real. Tan… cerca.

—Lo estaba —dije, tragando saliva—. Estaba tan cerca de quedarse.

—Grace…

—Michael, tú también lo sabes.

Él bajó la foto, me miró, y sin decirlo, pude ver la pregunta en sus ojos, la que llevaba años flotando entre nosotros:

¿Ya es hora de contarlo?

Pero no lo pronunció todavía. En vez de eso, cambió de tema, aunque no completamente.

—Estuve pensando… —murmuró, como tanteando terreno— sobre lo que pasó hoy con la profesora de Lily.

Sentí un nudo en el estómago. Me tensé.

—¿Qué hay con eso? —pregunté despacio.

Michael frunció los labios, incómodo.

—Sé que fue un malentendido. Y sé que te afectó más de lo que dijiste en frente de ellos.

—No fue nada —mentí.

Él me miró con esa expresión que usaba cuando sabía exactamente que estaba mintiendo.

—Grace… cuando la vi acercarse a nosotros hoy… cuando nos miró tan fija… yo… —tragó aire, como si le costara decirlo—. Lo pensé. Por un segundo. Pensé en… ella.

Mi pecho se cerró.

—Michael… no hagas eso.

—Lo sé —dijo enseguida, levantando las manos en un gesto defensivo—. Lo sé. Está loca la idea. Fue solo un instante. Un reflejo. No sé. El color del cabello, los ojos… se parecen, sí, pero…

—Pero Beatriz murió —dije con firmeza, aunque sentí la voz quebrarse—. Yo la tuve en mis brazos. Tú también. Estábamos ahí. No sobrevivió.

—Lo sé —repitió él, bajando la mirada—. Lo sé mejor que nadie.

—Entonces no digas cosas así —susurré, apretando el gorrito rosa entre las manos—. Me haces pensar… cosas que no debo pensar.

Se acercó más y tomó mis manos entre las suyas, envolviéndolas por completo.

—No lo decía por… esperanza —dijo, con un hilo de voz—. Lo decía porque… tal vez esa es una señal. Tal vez… ya no deberíamos seguir escondiendo esto.

Mi respiración se congeló.

—¿Quieres que se lo digamos? —pregunté, sintiendo que el aire se volvía denso—. ¿A Luke? ¿A Lily?

—Son mayores —respondió él con calma, aunque sus ojos mostraban lucha interna—. Creo que esa niña va a empezar a hacer preguntas tarde o temprano. Preguntas que… no podremos seguir esquivando.

Miré la caja, miré la foto, miré el gorrito.

Y luego lo miré a él.

—Tengo miedo, Michael —confesé por primera vez en años—. Tengo miedo de volver a abrir esa herida. Tengo miedo de que no lo entiendan… o que nos juzguen… o que piensen que no queríamos hablar de ella porque…

Mi voz se quebró. Él sostuvo mis manos con más fuerza.

—Grace… —dijo con ese tono cálido que siempre lograba calmarme—. No lo hicimos por vergüenza. Ni por desamor. Lo hicimos porque… dolía demasiado. Y porque no queríamos que ellos crecieran con esa sombra.

—Es nuestra hija —susurré.

—Sí —respondió, con una ternura rota—. Siempre lo será.

Michael apoyó su frente en la mía, un gesto que siempre usaba cuando el mundo nos pesaba más de lo normal.

—Grace… —dijo muy despacio—. ¿Crees que… ya va siendo hora de hablar de esto?

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Estás… seguro? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

Él asintió.

Solté un pequeño suspiro tembloroso.

—Yo siempre pensé que… si lo decíamos, ellos empezarían a tratarnos con… no sé… compasión. O peor aún, con distancia. Como si fuéramos frágiles.

—No somos frágiles —dijo él con firmeza, acariciando mi mejilla—. Somos padres. Y padres que perdieron algo muy grande una vez. Eso no nos quita fortaleza. Nos la dio.

Mi garganta ardía.

—Pero también temía —confesé— que… si lo decíamos, reviviría todo. Que sentiría como si la estuviera perdiendo de nuevo.

Michael tomó la foto de mis manos, la observó con una suavidad que casi parecía una caricia.

—Ya la perdimos, Grace —dijo con un dolor sereno, sin rabia—. Lo que queda es su memoria. Y la hemos guardado tanto tiempo que… siento que se está marchitando en la oscuridad.

Una lágrima me resbaló por la mejilla.

—¿Crees que deberíamos contarlo? —pregunté en voz baja, como si la respuesta fuera a romper algo que no podría repararse.

Él me miró, tan profundamente que sentí que veía dentro de mis miedos.

—Creo —respondió— que quizás es hora de que nuestros hijos sepan que tienen una hermana mayor. Que existió. Que fue amada. Que fue nuestra. Aunque solo haya vivido unos minutos.

Me tapé la boca con una mano mientras otra lágrima caía.

—Michael… no sé si estoy lista.

Él entrelazó sus dedos con los míos.

—Yo tampoco. Pero si esperamos a estar listos… nunca lo haremos.

Apoyé mi cabeza en su hombro, dejando que su respiración tranquila me estabilizara.

—Solo… dame tiempo —pedí—. Un poco.

—Todo el que necesites —prometió él, besando mi frente—. Pero no lo carguemos solos para siempre. No tenemos por qué.

Deslicé la foto de vuelta a la caja, pero esta vez no la guardé con el mismo miedo de antes. No la estaba enterrando. Solo… posponiendo el momento.

Michael cerró la caja y me tomó de la mano para ayudarme a ponerme de pie.

—Cuando tú digas —murmuró.

—Cuando yo diga —repetí en voz baja, sintiendo que la herida, por primera vez en años, no sangraba… solo palpitaba.

Y juntos salimos de la habitación, llevando con nosotros un dolor compartido y un secreto que quizá, muy pronto, dejaría de serlo.

***

Lily.

La televisión estaba de fondo, cambiando de canal en canal mientras papá buscaba "algo decente" para ver. Mamá tejía algo en el sofá con una mirada distante pero presente al mismo tiempo, y yo seguía sentada en la mesa de centro, haciendo la actividad que la miss Alice dejó para los que no lo terminamos en clase. Luke estaba en el comedor, tecleando rápido en su computadora como si sus dedos fueran máquinas.

Se sentía… normal. Una noche cualquiera.

—Oye, Lily —me dijo papá mientras cambiaba otro canal—, tu maestra dejó tarea desde el segundo día. ¿Eso es legal?

—Papá —me reí—, no es tarea, solo… no terminé en clase.

—Ajá, ajá —dijo él con un tono dramático—, así empieza: "es poquito", "es fácil", "solo esta vez"… y luego terminas como tu hermano ahí —señaló a Luke— haciendo cálculos que parecen de la NASA.

—No son de la NASA —dijo Luke sin levantar la vista—. Son peores.

Mamá soltó una risita suave.

Todo estaba tranquilo.

Hasta que papá dejó de cambiar el canal.

—Oooh, esta peli es buena —dijo, acomodándose—. Esa actriz me recuerda a…

Pero la película fue interrumpida por un corte inesperado.

La pantalla se volvió negra.

Y luego apareció el logo del noticiero local.

Papá bufó.

—¿En serio? ¿Ahora?

Pero la presentadora tenía una expresión muy seria. Demasiado seria. Hasta yo me di cuenta.

—Interrumpimos la programación —dijo la mujer— para informar sobre una noticia de último momento. Hace unas horas, se encontró sin vida al renombrado obstetra Dr. Samuel O'Connor, conocido por asistir a cientos de partos en la ciudad durante más de dos décadas…

Papá dejó el control remoto encima de la mesa, como si se le hubiera resbalado.

Mamá detuvo las agujas del tejido de golpe.

La reportera siguió hablando:

—El doctor dejó una carta dirigida a las autoridades, cuya autenticidad ha sido verificada. En la carta, O'Connor confiesa haber participado en un esquema ilegal que involucraba el intercambio de recién nacidos…

Sentí un escalofrío.

Luke desde el comedor levantó la vista, sorprendido.

—¿Intercambio de… bebés? —preguntó él.

Nadie le respondió.

La reportera continuó, leyendo fragmentos:

—"Fui obligado al principio" —leyó— "Amenazado para colaborar con un grupo cuyos nombres no puedo revelar. Durante años entregué a familias bebés sin vida que no eran suyos, mientras los niños que sí habían nacido vivos eran entregados a estas personas. No sé qué hicieron con ellos después."

Mi corazón latía rápido.

—¿Qué… qué está diciendo? —susurré.

La reportera siguió leyendo:

—"Fui cómplice de un crimen imperdonable. No puedo seguir viviendo con esta culpa. Pido perdón a todas las familias cuyos hijos aún viven en alguna parte del mundo sin saberlo."

Un silencio raro, tenso, insoportable, llenó la sala.

Papá estaba completamente quieto.

Mamá tenía la mano tapándose la boca.

De repente, la reportera dijo:

—El Dr. Samuel O'Connor había recibido reconocimientos hace años por su labor médica. Se desempeñó durante un tiempo en el Hospital Saint Miriam, antes de retirarse brevemente y regresar más recientemente a prácticas privadas. Se desconoce cuántos casos están implicados…

Entonces lo escuché.

Un sonido pequeño, ahogado.

Un sollozo.

Volteé de inmediato hacia mamá.

Tenía los ojos abiertos de par en par, como si algo dentro de ella se hubiera quebrado. Y papá… papá estaba pálido, como si hubiera visto un fantasma.

—Mamá… —me acerqué un poco— ¿estás bien?

Ella no respondió.

Solo murmuró:

—Ese… ese era…

Papá la interrumpió rápidamente:

—Grace.

Pero ella negó con la cabeza, con lágrimas cayendo sin aviso.

—Michael… ese era… —su voz tembló—. Ese era nuestro doctor.

Mi respiración se detuvo.

Luke dejó caer su lapicero al suelo.

—¿El doctor que…? —preguntó él.

Papá reaccionó rápido, demasiado rápido:

—El que atendía partos en esa época —dijo, sin mirarnos, sin mirarla, sin ver a nadie—. Fue… fue hace mucho. No importa. No nos afecta.

Pero mamá seguía temblando.

Como si la noticia hubiera abierto algo que llevaba años enterrado.

—¿Mamá? —pregunté, sintiendo una punzada de miedo—. ¿Por qué lloras?

Ella se secó las lágrimas de inmediato, como si notarlas fuera peligroso.

—Lo siento, cariño… es que… —tragó saliva— es una noticia horrible. Imaginar que personas perdieron a… a sus bebés por culpa de alguien así…

Yo fruncí el ceño.

—Pero tú no conocías a ese doctor… ¿o sí?

El silencio cayó tan pesado que sentí que me aplastaba.

Papá fue quien habló al final.

—No importa quién era —dijo con una firmeza que sonaba más a miedo que a autoridad—. Lo importante es que ustedes están aquí. Y están bien. ¿Entendido?

Luke y yo intercambiamos una mirada.

Él levantó una ceja, confundido.

Yo también.

Porque mis padres nunca reaccionaban así a nada.

Nunca.

Y sin embargo…

Allí estaban.

Mi papá mirando la pantalla como si quisiera destruirla.

Mi mamá sosteniendo el tejido con manos temblorosas.

Y yo… sin entender nada.

—Tal vez… —dijo mamá en un susurro— tal vez deberíamos…

Papá la miró muy, muy rápido. Casi con un gesto de advertencia.

Ella se calló al instante.

Yo sentí un hueco en el estómago.

Como si acabara de entrar en una conversación sin invitación.

Como si estuviera escuchando algo que no debía.

—Bueno —dijo papá, de pronto intentando sonar normal—. Ya basta de noticias tristes. Lily, mi amor, termina tu tarea. Luke, deberías dormir temprano. Y tú, Grace… —le rozó la mano— ven, vamos a la cocina un momento.

—Estoy bien —dijo mamá, aunque su voz claramente no estaba bien.

—Vamos —insistió papá.

La ayudó a levantarse, y los dos se fueron caminando hacia la cocina. La puerta se cerró suavemente.

Luke me miró desde el comedor.

—¿Qué rayos fue eso?

—No lo sé —dije, apretando el lápiz, sintiendo un extraño frío en el pecho—. Pero mamá… mamá actuó como si conociera a ese doctor.

Luke frunció el ceño.

—Imposible. Ninguno de nosotros nació en Saint Miriam.

—Ya sé… —respondí, mirando hacia la cocina— pero igual lo conocían.

Y lo peor no era eso.

Lo peor era que mamá había gritado su nombre como si fuera el nombre de un fantasma.

Como si ese doctor hubiera sido parte de algo que no querían recordar.

***

Alice.

No recuerdo en qué momento dejé de prestar atención a la voz de la reportera. Solo recuerdo el silencio después. Ese silencio pesado, como si el mundo hubiera entrado en pausa tres segundos después de que dijeron el nombre del doctor.

El mismo nombre que estaba impreso en mi certificado de defunción.

Mis dedos temblaron cuando pausé la transmisión. La luz azul de la laptop me daba directamente en la cara, pero no podía moverme. Era como si mi cuerpo entero estuviera intentando procesar una ecuación imposible.

Finalmente me obligué a cerrar la laptop y me levanté.

Caminé hacia el cajón donde guardaba todo. Mi pasado, mis dudas, mis verdades rotas. Lo abrí con torpeza y empecé a buscar entre los papeles, los documentos hackeados del sistema civil, las copias de los registros que había robado estos últimos años. Cada certificado, cada nota, cada dato archivado… hasta que lo encontré.

El archivo donde aparecía el registro de "mi muerte".

El papel estaba algo doblado. Me senté en el borde de la cama y lo observé bajo la luz del velador.

"Fallecimiento a los pocos minutos de nacer… daño cardíaco no previsto…"

Y ahí, en la esquina inferior derecha:

Firma del doctor O'Connor.

El mismo de las noticias.

El mismo que —según su carta— había… intercambiado bebés vivos por bebés sin vida.

Sentí un nudo que me apretó la garganta.

Frío.

Vacío.

Rabia.

—Así que… —susurré— tú eras parte de esto desde el principio.

Nunca había considerado esa posibilidad.

Siempre pensé que si mis padres biológicos no me tenían era porque Helix me había arrebatado de algún hospital, o que alguien más me había vendido, o que simplemente… no había nadie que quisiera buscarme. Había inventado tantas teorías como para llenar un libro con la cubierta de un certificado de defunción prematura. Pero jamás pensé en esta.

Jamás pensé que el mismo médico que se supone ayudó a traerme al mundo… fue quien me sacó de él.

Leí otra vez la firma.

Otra vez.

Otra más.

Mis manos estaban heladas.

Si él mismo admitió en su carta haber entregado bebés… entonces la historia no fue un caso aislado. No fue "un bebé cambiado". No fue "un bebé robado en un mal día".

Fue un patrón.

Un sistema de obtención.

Un método.

Y si lo había hecho con otros… entonces…

—No solo fui yo —murmuré, sintiendo cómo la piel se me erizaba—. No fui solo yo…

Me levanté de golpe y comencé a caminar por la habitación, respirando rápido.

Si él hizo esto con tantos partos, tal como la noticia decía, entonces las generaciones previas… los otros niños… los que crecieron conmigo…

Quizá no todos venían de orfanatos o zonas remotas como nos decían.

Quizá muchos… eran hijos robados.

Bebés declarados muertos.

Bebés entregados a científicos como si fueran… como si fuéramos…

No quise terminar ese pensamiento.

Me recargué contra la pared.

Es irónico. Tanto tiempo buscando respuestas, y nunca se me ocurrió mirar al doctor. Siempre busqué cadenas más grandes, más complejas, más ocultas. Pero a veces el horror empieza con una sola persona con acceso a un recién nacido y una pluma para firmar un certificado.

Me volví a mirar el papel.

"Beatriz Carter… fallecida…"

El nombre que mis padres creyeron que murió.

El nombre que jamás me dieron.

El nombre que nunca supieron que siguió respirando.

Me llevé las manos a la cara. No lloré. No sé si ya me quedaba algo para llorar.

—¿Qué clase de persona fuiste, O'Connor…? —susurré con un hilo de voz—. ¿Y cuántos más fuiste capaz de destruir…?

Cerré los ojos un instante.

Sus palabras en la carta —las que la reportera había leído— no mencionaban a nadie más, ninguna organización, ningún comprador, ningún destino. Solo decía que lo habían obligado. O eso afirmaba él. No había manera de saber si era verdad o si solo buscaba limpiar su conciencia al final. Pero una cosa era segura:

Él fue quien firmó mi muerte. Él fue quien firmó mi muerte.

Él fue quien cortó el lazo entre los Carter y yo.

Él fue quien abrió la puerta para que me llevaran.

Y ahora estaba muerto.

Su única confesión incompleta.

Su único arrepentimiento inútil.

Apreté el documento contra mi pecho.

La pregunta inevitable volvió a mí, como siempre, pero más fuerte que nunca:

¿Debo decirles?

Si lo hacía… rompería su mundo.

Si no lo hacía… seguiría viviendo en el mío, hecho de mentiras viejas y verdades incompletas.

Un bebé que dijeron que murió.

Una hija que nunca enterraron.

Una hija que está viva, aquí, a unas calles de ellos, tiritando aferrada a un papel que nunca debió existir.

—Maldición… —susurré mientras mis piernas temblaban—. Maldición…

Nunca estuve tan cerca.

Nunca estuve tan… real.

Y tan rota.

More Chapters