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A:M: El Páramo Fallido.

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Synopsis
El cazador de reliquias, Colt Hex, solo entiende de músculo y supervivencia. Su última misión lo lleva al Páramo Fallido, un territorio fronterizo donde la realidad se desgarra, para reclamar el Hexagrama: una caja que no contiene oro, sino una llave. Al caer la noche, la recompensa solo atrae a los muertos.
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Chapter 1 - Ankümün Mapu: El Páramo Fallido.

ACTO I: El Secreto y la Llegada de la Terror.

(La Voz del Destino)

“La tierra de promesas rotas no olvidan. Ellas guardan los pactos y liberan a sus bestias.”

El páramo no era un simple desierto, sino una desolación ocre y mítica, una herida abierta en la tierra que olía a calor y a tiempo perdido. Me movía rápido. Yo, Colt Hex, el cazador de reliquias, vestía mi mejor piel: una chaqueta de cuero curtido y unos pantalones tan secos como la tierra bajo mis botas. Mi figura, grande y ruda, era mi única tarjeta de presentación.

Mi objetivo estaba dentro de esa choza en ruinas, una carcasa de madera podrida. No buscaba oro. Buscaba el objeto. Con mis manos, retiré un cuadro antiguo —la publicidad de una bebida— que colgaba torcido de la pared trasera. Detrás, el adobe apestaba a polvo. Ahí estaba el compartimento.

—Vaya, con esto me ganaré un poco de sustento —murmuré, sintiendo el primer alivio—. Pero ¡uy!, esto está bien pegado a la pared.

Mientras forzaba el yeso con el cincel, concentrado en el tesoro, un pequeño gato de pelaje oscuro se materializó de entre los escombros.

—¡Coño! —exclamé, dando un respingo—. Vaya susto que me diste, amiguito.

La criatura me observaba con una mezcla de curiosidad y cautela. Su fragilidad era ridícula comparada con mi propia masa letal. No tenía tiempo para entretenerme. Tenía que sacar de inmediato la caja antes de que el sol se pusiera del todo.

Con un golpe seco, la pared cedió. Extraje la caja: un objeto de madera oscura y pulida, con forma de hexagrama.

—Bingo, jeje —sonreí con cinismo—. Lo que contenga esta caja debe valer una fortuna.

 Guardé el Hexagrama en el bolso que siempre llevaba. En ese mismo instante, había olvidado algo crucial: el sol se apagó. El tiempo se había agotado.

El primer ruido que me alertó vino de afuera, pero no fue un aullido. Fue el rugido de motores seguido por el chirrido seco de los neumáticos. Eran los intrusos humanos: cuatro alguaciles, pistoleros con esa apariencia de sicarios del desierto, que rodearon la choza. Estaban preparados solo para un vulgar ladrón.

—Oh, no, lo que me faltaba —murmuré, observando con cautela desde una esquina—. Al menos, tengo tiempo de escabullirme antes de que lleguen los Trefukus...

Pero mi mayor preocupación apareció tan rápido como una bala. El más mínimo mal paso delataría mi ubicación. Los cuatro alguaciles desenfundaron sus armas y, con la velocidad y el silencio de cazadores expertos, se acercaron a mi posición. Una terrible, o quizás buena, suerte me salvaría en el último momento.

De pronto, un ladrido crudo, antiguo y gutural rompió el silencio.

Seis sombras aberrantes y veloces emergieron de la oscuridad total. No eran simples perros, sino criaturas demoníacas. Los Trefukus ya estaban aquí. Su musculatura era retorcida, la piel gris ceniza y sus ojos, rabiosos. Eran más rápidos y letales que cualquier cosa de este mundo.

El gato, al ver la manifestación, emitió un chillido agudo de terror y desapareció por un agujero en la pared, dejándome a mí, Colt Hex, solo ante la amenaza.

La jauría se abalanzó sobre los recién llegados. El horror fue instantáneo. Uno de los alguaciles fue derribado.

—Dios mío —exclamé al ver aquella horrible y sangrienta escena—. Bueno, mientras esos chuchos juegan, yo me largo.

En el instante en que lo dije, el perro alfa, el más grande, saltó y derribó a otro alguacil. Fue un acto de furia primitiva y asquerosa: la criatura arrancó la piel de su pecho, dejando sus entrañas expuestas. Toda la manada se abalanzó y lo devoró sin piedad. Los otros tres alguaciles, presas del pánico total, no dudaron un segundo; huyeron a toda prisa hacia sus vehículos, dejando la escena y a su camarada a merced de los demonios.

Mi ventaja había llegado. Los Trefukus estaban ocupados, y la amenaza humana se había disuelto en el terror. Pero ese respiro duraría poco. Los demonios terminarían su festín y, sin humanos que devorar, vendrían a por mí.

—¡Ay por un cuerno! — Exclame al golpearme en la frente. —Porque estoy perdiendo tiempo con esa carnicería, debo irme ya.

Aproveché la carnicería como distracción. Mientras la manada estaba ocupada, reuní algunas cosas en silencio. Me di la vuelta para verificar que no olvidaba nada y noté una moneda de oro brillando en el polvo. La avaricia me llamó la atención. Traté de tomarla, pero se me escapó de los dedos, rodando con un tintineo débil por mi espalda.

—¡Ay, maldita moneda! —alcé la voz, y en ese instante supe que había cometido un error estúpido, delatando mi ubicación.

La masacre se detuvo. El silencio invadió todo el lugar, un silencio pesado, roto solo por el sonido gutural de la carne siendo masticada. Entonces, sentí una presencia. Un breve gruñido, una exhalación profunda con un aliento a muerte, me paralizó por completo. Detrás de mí, sentí el calor húmedo. Era uno de los Trefukus, con sus dientes cubiertos de la sangre de los alguaciles y la rabia hirviendo en sus ojos.

—Mami —fue la única palabra que salió de mis labios, mientras la bestia se preparaba para matar.

En un rápido suspiro, mi cuerpo activó el protocolo de supervivencia. El Trefuku se abalanzó, pero en un movimiento instintivo, logré esquivarlo y la criatura chocó violentamente contra la pared. El impacto me dio apenas unos segundos para escapar. Desenfundé mi pistola con la intención fija de matar a ese maldito hijo de perra.

—Hoy la cena no será servida —mascullé, soltando el gatillo.

El disparo resonó en la choza, impactando al Trefuku en la cabeza. El demonio emitió un chillido agudo, una sirena que alertó al resto de la jauría.

Mi preocupación se disipó al retroceder hacia la salida. No obstante, cuando giré la cabeza, me encontré con la peor imagen: al final del pasillo, estaba el Alfa con toda la manada. Me mostraban sus dientes cubiertos con la sangre de aquel hombre, sus gruñidos sonaban como voces propias del averno, y sus ojos, fríos y blancos, carecían de alma. Estaban allí para tomar venganza por la muerte de uno de los suyos. Mi mente solo tenía un objetivo: "Salir con vida".

La manada corría detrás de mí. En la desesperación de la persecución, solté cada disparo que pude, esperando que una bala acertara y matara a uno por uno. El terror, la velocidad y la determinación se mezclaron, siendo las únicas esencias que me mantenían en alerta.

Cuando por fin divisé mi motocicleta, corrí con toda mi velocidad para alcanzarla. No obstante, el Alfa captó mi intención en un instante; con un veloz y poderoso salto, logró empujarme al suelo.

El impacto fue un trueno. Por un momento, el terror puro dominó mi mente. Recuperé la cordura solo para ver al mismísimo demonio, el cabecilla de los Trefukus, justo frente a mi rostro, con sus colmillos manchados listos para desgarrar mi carne.

En ese segundo, algo se rompió dentro de mí. Una fuerza primitiva y desconocida tomó el control de todo mi ser. Ya no era Colt Hex, el cazador de reliquias. En el páramo, bajo la medianoche, yo era solo una bestia.

—¡No! —fue el grito que detonó mi furia.

En un acto de reacción inmediata, tomé un puñado de tierra y arena del suelo y se lo lancé con todas mis fuerzas directamente a sus ojos, dejándolo ciego temporalmente.

Mi pistola había quedado lejos. Solo quedaban mis manos, mis dientes. Lanzándome sobre el demonio, lo sometí contra el polvo. La adrenalina me hizo más fuerte que la criatura. El Trefuku, al recuperar la visión parcial, intentó someterme con sus dientes, pero mi instinto me hizo no ceder al dolor. En un acto de furia, lo golpeé en sus partes bajas, provocándole un dolor inimaginable.

Entonces, en un movimiento rápido y decisivo, agarré el hocico del Alfa con mis manos. Aplicando cada onza de furia de mi cuerpo, cada gramo de desesperación, forcé las mandíbulas en direcciones opuestas. La carne y el hueso se partieron con un crujido espantoso. El demonio chilló de dolor. Había destrozado su boca con mi fuerza bruta.

Me levanté, jadeando, con el cráneo sangrante del Alfa aún en mis manos. Lo alcé al cielo y, desde el fondo de mi pecho, emití un grito de furia que combinaba el terror con el respeto brutal. La jauría restante quedó asustada e impactada por tal escena, su líder caído por un poder que no entendían. Toda la manada retrocedió y se disipó en las sombras.

La masacre había terminado. Sosteniendo el cráneo del Trefuku, ensangrentado y humeante, solo una cosa logró recomponer mi cordura.

—El gato. —La sola mención del pequeño animal me devolvió a la realidad.

Dejé el cráneo en la moto y corrí hacia el agujero en la pared buscándolo.

—Ven aquí, michito, michito —lo llamé, intentando un tono suave. El gato reaccionó a mis palabras, pero sintió el hedor de la masacre que me cubría.

El animal solo gruñía y emitía ese sonido grave y desafiante (mufar). Estaba aterrado. Y No tenía tiempo para negociar. Lo tomé por el pellejo de la nuca y lo aseguré firmemente dentro de mi chaqueta de cuero.

Cuando me dirigía de nuevo a la moto, miré al suelo y vi la misma moneda de oro que me había delatado. Y justo al lado, la caja hexagrama.

—Ups —murmuré, tomándola—. Debió haberse caído por la persecución y por el empujón del maldito perro.

Con la caja asegurada, el cráneo colgando, y el gato a cuestas, solo quedaba una cosa por hacer.

Ya preparándome, me dispuse a revisar el resto de mi equipo: la lona de suministros y la motosierra que até a la parrilla trasera. La caja con forma de hexagrama, el cráneo del Trefuku, y mi amigo felino que rescaté. Monté mi máquina apocalíptica. Miré la hora: ya eran más de las doce en punto (medianoche). El motor rugió, y arranqué sin mirar atrás.

Estando en mi motocicleta, lejos de la amenaza inmediata, solo la paz que me daba el páramo me reconfortó por breves momentos. No duró. Mirando por el espejo retrovisor, noté a lo lejos las luces de los Alguaciles que se acercaban.

—¡Ay, no jodas por favor! —el reclamo a la realidad fue mi demanda para que al menos me dejaran en paz.

Sabía que la carrera había empezado. Pero una pequeña emoción se reflejó en mi sonrisa. Tenía algo claro: este páramo podía traer cosas inexplicables y asombrosas, así que dejé que la persecución fuera una experiencia más, aunque mi moto devoraba la distancia.

—¡Yijaa! —mi grito se alzó como la luz de la luna sobre mí.

De pronto, el desierto se quebró: apareció un pequeño y misterioso oasis, con árboles que no deberían existir.

—Justo a tiempo.

Conduje directamente hacia él. En el centro, el aire se rasgó. Una columna de energía de un azul eléctrico y brillante se abrió, formando un portal. Era mi puente de regreso.

Crucé el umbral de luz azul a toda velocidad. Justo antes de que el portal se cerrara, me giré hacia el Páramo Fallido y hacia las siluetas que se acercaban. Les levanté el brazo con insolencia, mostrándoles el dedo corazón en una burla final y triunfante.

—¡Chúpense esta, cabrones! —fueron mis palabras a los alguaciles al cruzar el portal.

El portal se colapsó. El escape había terminado.