—Prueba de confianza —Katya me dijo de repente y se dejó caer de espaldas en medio del aeropuerto.
Yo estaba ahí, a su lado, pero nomás vi cómo se cayó.
—Y ahora tú ¿qué traes o qué? —le pregunté, y ella se paró y me miró enojada.
—Prueba de confianza —dijo otra vez y otra vez se dejó caer.
Yo nomás la vi.
—¿Y ahora a dónde? —yo le pregunté mientras ella se volvió a parar.
—Prueba de confianza —dijo otra vez y se dejó caer otra vez, pero ahora yo sí la agarré porque la gente nos estaba viendo, y lo peor sería que alguien nos reconociera ahí. Ya habíamos aterrizado en uno de esos países de ricos donde nieva todo el día y todo es carísimo, y no traía ganas de meterme en pedos con la policía o con quien fuera. Ahí iba a descubrir eso del poder de la amistad y de paso iba a turistear, descansar y esas cosas que hacen los ricos.
Pero bueno, Katya se paró y mandó todo mi plan a la verga:
—Oye, fíjate que mi papá sí se enojó con eso de que me le escapé y me bloqueó todas las tarjetas, y pues ya no tengo dinero. ¿No te ha pasado?
¿No me ha pasado qué, que mi papá me abandone sin dinero y valiéndole verga de qué voy a vivir?
Sí, sí me ha pasado.
—Pero tú sí sabes cómo hacer dinero, ¿no? —me preguntó ella, aunque estoy casi seguro de que ya sabía la respuesta.
Corte a… teníamos a un chavo secuestrado en una camioneta robada. Estábamos a la mitad de la carretera, y lo bueno era que no había nadie porque ese pendejo no deja de llorar. Lo tenía con una venda en los ojos y tan bien amarrado de pies y manos que ya se había cansado de tratar de zafarse. Estuvo unos diez, quince minutos moviéndose de un lado a otro en los asientos de atrás, pero nomás no se pudo escapar, y es que no era la primera vez que había hecho algo así.
—¿Cuánto quieren? —dijo la voz de un señor que venía del teléfono del chavo. Él lo había guardado como "papá".
—¿Cuánto pido? —me preguntó Katya en voz baja. Las manos le temblaban.
Yo estaba sentado en el asiento del piloto, pero me volteé y le quité la cartera al pendejo que teníamos ahí. Tenía varias tarjetas de crédito y un chingo de dinero. También la camioneta que nos habíamos robado era la de él, y sí era de las caras.
El chavo no tendría más de 20 años, por lo que de seguro todo se lo habían dado sus papás.
En ese momento creí que fácil podíamos sacarles unos $500,000.
—Pide un millón —le dije a Katya.
—Un millón —dijo Katya con una voz ronca. Las manos le seguían temblando.
"Papá" suspiró y dudó por unos segundos.
—Si no pagan, su hijo se muere —le dije a "Papá" y le pegué a su pinche hijo para que lo oyera gritar.
—Es que no los tengo y me voy a tardar en conseguir todo —dijo él.
—¿Cuánto puedes conseguir para hoy? —le pregunté.
—$200,000.
—Si no consigues $500,000 para hoy, matamos a tu hijo. No le hables a la policía —dije y colgué.
Katya se me quedó viendo. Seguía nerviosa.
—Es rico. Sí tiene los $500,000.
Entonces me volteé otra vez a ver al secuestrado ese. Él seguía llorando en los asientos de atrás. En ese momento me acordé de lo que me dijo Kyle Summers en la cárcel, allá por el capítulo dos. Me dijo eso de matar a los que secuestras para que no los tengas que cuidar.
Por eso junté un poco de magia en mi mano.
—Y ahora ¿qué sigue? —Katya me preguntó, y todavía le temblaban las manos.
A lo mejor matar a alguien frente a ella no la mejor opción. Ya la había asustado mucho.
Debimos haber robado un banco a la mitad de la noche, algo sencillo, sin daño colateral, pero a mí nomás se me ocurrió secuestrar a alguien.
De seguro Katya va a usar la mitad del dinero para regresarse a su casa y no volver a verme.
¿Por qué alguien como ella querría ser mi amiga después de esto?
Me guardé la magia de mi mano.
—Hay que esperar —le dije y fuimos a una gasolinera que había cerca de ahí.
Le di un poco de dinero a Katya para que comprara algo de comer. Ella se bajó de la camioneta, y yo me quedé con el chavo ese.
—Si gritas o haces algún ruido te mueres —le dije, y él obedeció. Casi todo el mundo se calma después de estar atados por unas horas. Mientras yo abrí una app de mapas y me puse a buscar lugares donde podíamos decirle "Papá" que dejara el dinero.
Katya regresó con unas bolsas. Ya no se veía tan nerviosa.
Nos regresamos a donde estábamos antes y, cuando ya era de noche, volví a marcarle a "Papá".
—Tengo los $500,000 —fue lo primero que me dijo.
—Hay un callejón en tal calle, donde hay un contenedor de basura. Mete ahí la maleta con el dinero y vete. Nada de policía. Nosotros después te decimos dónde recoger a tu hijo. Tienes quince minutos —le dije y colgué.
Veinte minutos después me teletransporté a ese callejón. No había nadie ahí, pero podía sentir unas auras bastante débiles. De seguro eran policías que vigilaban desde lejos.
Lo bueno era que sí había una maleta dentro del contenedor, y la maleta sí estaba llena de billetes.
Me teletransporté a donde había dejado a Katya y volví a marcarle a "Papá".
—Estamos en el kilómetro tal de la carretera tal —le colgué.
—Vámonos —le dije a Katya y le enseñé la maleta con el dinero.
—Oye, pues fue muy fácil —me dijo sin quitarle los ojos al dinero—. Yo pensé que a él lo ibas a matar —dijo como sin nada.
A lo mejor no estaba tan asustada como pensé.
—¿Has ido a los montes Prometeo? —me preguntó de la nada.
Corte a… estaba en la cima de una montaña con chamarra, guantes y todo el equipo para esquiar. Todo estaba lleno de nieve y había mucha gente esquiando.
—Es fácil —me dijo ella—. Mira: flexiona rodillas, la cara al frente, inclínate hacia delante, usa los bastones para acelerar, pizza para frenar, y ya.
—¿Pizza? —le pregunté, pero esa pinche culera me empujó, y yo ya no me pude parar. Al principio todo bien, yo movía el cuerpo hacia un lado y hacia otro para dar vuelta. Pero cada vez iba más rápido. Yo hundía los bastones esos que te dan en la nieve que había frente a mí para que me pararan, pero yo iba más y más rápido.
—¡Haz pizza, haz pizza! —me gritó Katya que ya me había alcanzado.
—¡¿Qué vergas es pizza?! —le grité y ahí tropecé con algo, no sé, porque me caí y rodé por la nieve un buen rato.
Cuando ya dejé de rodar, me traté de parar, pero esos putos esquíes eran bien estorbosos.
Katya se me acercó. La culera se reía.
—Es que no hiciste pizza. Pizza —ella juntó las puntas de los esquíes y sí parecía una pizza.
La culera no me ayudó a pararme.
Pero yo tampoco le ayudé en el aeropuerto, así que creo que estábamos a mano.
—Mira —me dijo apenas me paré, y yo todo pendejo volteé, y ella me aventó una bola de nieve en la cara.
Yo me quité la nieve de la cara y me le acerqué.
—¿Qué? ¿Quieres bronca? —me dijo y se empezó a mover como boxeador.
—Pinche niña chiquiada —le dije y la empujé.
—Ay —ella se cayó al piso y rodó un poco.
—Es QuE nO hIcIsTe PiZzA —la arremedé y le aventé una bola de nieve en la cara.
Ahora sí estábamos a mano.
