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Chapter 13 - Capítulo I —Una ultima despedida

Tras la curación, y con demasiadas preguntas sin respuesta, Eolka los detuvo con una sola mirada.

No porque le incomodara.

Sino porque cada palabra innecesaria parecía caer, una tras otra, en el pecho del pequeño Lion.

Lion sonrió una última vez.

Pero su mirada no lo acompañó.

Por un instante, algo se cerró en sus cristalinos ojos negros.

No era miedo.

Era algo más hondo.

Como una puerta que no debía volver a abrirse.

Y entonces, alguien más llegó.

No anunció su presencia.

Simplemente estuvo ahí, a un costado de la sala blanca, donde la luz se debilitaba antes de tocarla.

La figura giró apenas la cabeza. El casco negro ocultaba su rostro como un secreto que no pedía ser revelado.

—Me dijeron que tu última misión fue peligrosa —dijo con suavidad—. ¿Estás bien?

Eolka la reconoció antes de que se acercara.

Cuando estuvieron frente a frente, alzó la mano, como si intentara medir todo el tiempo que no se habían visto. Sus dedos rozaron el rostro cansado de Eolka y se detuvieron en las marcas que la tristeza había dejado. No fueron simples caricias, sino un cuidado lento, de esos que ofrece una madre.

—No se preocupe, señora Matilda… —respondió Eolka—. Estoy bien.

Matilda no retiró la mano.

La dejó allí un momento más, como si buscara detener algo que no podía verse. El aire alrededor de sus dedos se volvió más espeso, más tibio, y una luz verde, tenue y prismática, comenzó a filtrarse entre su piel y la de Eolka, no como un destello, sino como un pulso que se negaba a crecer.

Entonces Matilda se apartó y giró hacia Lion.

El niño la observaba en silencio. No entendía lo que había pasado, pero sentía el aire distinto, pesado, como si algo acabara de ser enterrado entre ellas.

—Este pequeñín sanó todas mis heridas —dijo Eolka, con orgullo.

Le ofreció una sonrisa que no pedía consuelo.

Matilda exhaló despacio. Se inclinó frente a Lion y extendió la mano.

—Gracias, Lion… —dijo—. Me alegra saber que dejaré a Eolka en buenas manos.

El niño frunció el ceño.

—¿Por qué dice eso?

El silencio cayó, pero Matilda no lo esquivó.

Le revolvió los cabellos a Lion con un gesto suave, casi distraído, como si necesitara tocar algo vivo antes de responder.

—Vengo a despedirme —dijo—. Aún me queda algo de tiempo.

Eolka dio un paso al frente.

—¿Señora…? —su voz se quebró en el borde de la palabra—. Para usted no existe enemigo de la Resistencia que pueda igualarla.

Matilda se volvió hacia ella.

—Gracias, niña —dijo—. Me gusta que me mires así.

Hizo una pausa.

—Pero adonde voy, la fuerza no lo es todo.

El Distrito Oeste.

Bajo la luz de la Luna Blanca, el clan de los herederos del fuego intentó forzar lo divino dentro de su propia sangre, buscando un suero que los elevara y los librara, al fin, de la maldición del cazador.

Pero lo que nació de ese experimento se salió de control.

Se volvió una niebla que no quemaba la piel, sino un miasma rojo que contaminaba y deformaba la forma en que el poder mágico habitaba en cada cuerpo. En los que no eran herederos, la enfermedad divina se convertía en una condena.

El nuevo orden no cerró las puertas para salvar a las otras ciudades.

Las cerró para ver qué efectos y consecuencias provocaría.

Nadie podía salir.

Pero cualquiera podía entrar.

—Si el miasma se expande —dijo—, muchos morirán.

Eolka bajó la mirada un instante. Cuando la alzó, sus manos ya no estaban abiertas.

—Esta pesada misión no le corresponde.

Matilda negó despacio.

—Nunca lo es. Pero igual pasa.

Eolka dio medio paso al frente.

—Cuando usted vuelva…

—No —la interrumpió—. No prometo cosas que no puedo cumplir.

Eolka no respondió.

Le tomó las manos, como alguien que no sabe cómo pedir que se quede.

Alguien irrumpió el momento y avanzó hacia ellos con una tableta en las manos.

No miró al resto. Solo a Matilda.

Los datos se deslizaron por la pantalla mientras ajustaba los sellos del traje que la cubría de pies a cabeza, una armadura ligera que no parecía hecha para la guerra, sino para el misma que no debía respirarse.

Las uniones del casco emitieron un pulso breve. El visor se aclaró un instante, y Eolka alcanzó a ver los ojos de Matilda, claros como un cielo sin nubes: no había miedo en ellos, solo una nostalgia suave, casi serena. Luego volvió la oscuridad.

—Está listo —dijo la mujer—. Cuando haga este último ajuste, no habrá vuelta atrás.

Matilda asintió una sola vez.

—Ahora ya eres el comandante.

Quién lo diría… ese niño que se escondía detrás de mi capa aprendió a sostener una gran responsabilidad.

El comandante no respondió de inmediato.

—Tía… —dijo al fin—. ¿Por qué me seguiste? Tenías una vida en el Clan del Sol.

Maldita avanzó despacio. La dureza de su rostro se desvaneció cuando su mano tocó la mejilla del comandante, como si ese gesto lo convirtiera en un niño.

—Tu madre me lo pidió.

Él bajó las manos, pero no la mirada.

—La gloria nunca fue lo mío —dijo ella, con los dedos aún en su piel—. En nuestro clan solo importaban dos cosas: tu madre… y tú. Cuando te expulsaron, no fue difícil decidir a qué lado pertenecer.

El aire tembló.

Maldita se despegó del suelo como una sombra y apareció frente a Eolka en un parpadeo. Eolka apenas alcanzó a tensarse antes de sentir el golpe. Su cuerpo cedió, y ella lo sostuvo antes de que tocara el suelo.

La abrazó una última vez.

Luego la entregó al comandante.

—Ella haría todo por detenerme.

Él dio un paso al frente.

—¿Por qué?

Matilda ya se alejaba.

—Porque si me ablando, retrocederé.

La mujer de la tableta la esperaba entre las sombras.

Y juntas se marcharon, dejando atrás el último hilo que aún la ataba.

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