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Chapter 78 - Dragon

El duende comenzó a reír.

—¡Ja, ja, ja, ja!

Severus entrecerró los ojos.

—¿Qué resulta tan divertido?

El duende levantó una mano.

—¿De verdad creías que habías ganado?

Chasqueó los dedos.

Una enorme puerta metálica situada al fondo del campamento comenzó a abrirse lentamente.

CLANG...

Los prisioneros retrocedieron.

Desde el interior de la caverna llegó un rugido que hizo temblar el suelo.

Anya se aferró al brazo de Severus.

—Papá...

Severus levantó su varita.

—Quédate detrás de mí.

La criatura salió de la oscuridad.

Era el mismo dragón que Anya había visto dentro de la mina.

Las enormes cadenas que lo sujetaban comenzaron a arrastrarse por el suelo.

El duende sonrió orgullosamente.

—Mi precioso dragón...

Abrió los brazos.

—Mátalos a todos.

Chasqueó los dedos.

Las cadenas se abrieron.

Una tras otra.

CLANG.

El dragón quedó completamente libre.

Durante unos segundos permaneció inmóvil.

Sus ojos recorrieron el campamento.

Los prisioneros.

Los restos de los vehículos.

Severus.

Anya.

Entonces la mirada del dragón se detuvo.

En el duende.

El duende frunció el ceño.

—¿Qué sucede?

Dio un paso hacia él.

—Vamos.

El dragón no se movió.

—¡Acábalos!

El animal levantó lentamente una pata.

El duende retrocedió.

—Espera...

La enorme pata cayó delante de él y lo derribó.

—¡Suéltame! —gritó el duende—. ¡Suéltame!

Intentó apartarse.

—¡Soy tu dueño!

El dragón bajó la cabeza.

Un rugido profundo retumbó por toda la caverna.

El duende dejó de hablar.

—¿Qué estás haciendo?

El dragón mantuvo la mirada fija en él.

El duende comenzó a pedir ayuda.

—¡Esperen! ¡Ayúdenme!

Nadie se movió.

El dragón rugió nuevamente.

El duende comprendió demasiado tarde que las cadenas nunca habían convertido al animal en su aliado.

Solo lo habían mantenido prisionero.

El dragón finalmente atacó.

Los prisioneros apartaron la mirada.

Cuando el silencio regresó, el duende ya no estaba.

El dragón levantó lentamente la cabeza.

Después giró hacia los demás.

Anya permaneció junto a Severus.

Severus dio un paso delante.

Apuntó directamente al dragón.

El dragón levantó la cabeza.

Durante un instante permaneció inmóvil.

Entonces abrió las fauces.

—¡RROOOAAARRR!

Una enorme llamarada salió disparada directamente hacia Severus y los prisioneros.

—¡Cúbranse! —gritó Severus.

Anya abrió los ojos.

—¡Papá!

Pero antes de que Severus pudiera lanzar un hechizo...

—¡POLVO DE DIAMANTE!

Una voz resonó desde el otro lado del campamento.

Una poderosa ventisca de hielo salió disparada hacia las llamas.

El hielo y el fuego chocaron en medio del aire.

¡BOOOOM!

El impacto produjo una enorme nube de vapor.

Durante unos segundos, ambos ataques se enfrentaron.

Las llamas intentaban avanzar.

La tormenta de hielo las empujaba hacia atrás.

Finalmente, los dos ataques se anularon.

Una lluvia de pequeñas partículas de hielo cayó sobre el suelo.

Severus levantó la mirada.

—León...

Anya miró hacia el origen del hechizo.

Una figura avanzaba entre la niebla.

Era León.

A su alrededor todavía flotaban pequeños fragmentos de hielo.

Anya abrió los ojos con sorpresa.

—¡León!

León sonrió.

—Llegué justo a tiempo.

Severus lo miró seriamente.

—Buen hechizo.

León bajó ligeramente la varita.

—Gracias, papá.

El dragón volvió a rugir.

León levantó nuevamente la mirada hacia él.

—Pero parece que todavía tenemos un problema.

Anya se colocó junto a Severus.

—¿Puedes hacerlo otra vez?

León observó al enorme dragón.

—Sí.

El centauro de hielo apareció detrás de él.

Sus enormes patas golpearon el suelo.

Severus se colocó a su lado con la varita levantada

León no esperó.

—¡Vamos!

El centauro de hielo cargó directamente contra el dragón.

En una de sus enormes manos llevaba un gigantesco mazo de hielo.

El dragón rugió y avanzó también.

—¡RROOOAAARRR!

¡BOOM!

El mazo chocó contra una de las patas del dragón.

La criatura retrocedió varios metros.

León volvió a atacar.

El dragón respondió con un movimiento de su cabeza y trató de embestir al centauro.

El enorme constructo de hielo bloqueó el golpe con ambos brazos.

Mientras tanto, Severus se desplazaba por los alrededores.

No permanecía quieto ni un segundo.

Esperaba el momento adecuado.

—¡Conjuntivitis!

El hechizo salió disparado directamente hacia la cabeza del dragón.

Pero la criatura movió la cabeza justo a tiempo.

El hechizo pasó de largo.

—¡Ahora! —gritó León.

El centauro levantó el mazo.

¡BOOM!

Pero la cola del dragón apareció repentinamente y golpeó al centauro de hielo, desviándolo.

León tuvo que recuperar el equilibrio.

—¡Papá!

—¡Sigue atacando!

Severus continuó desplazándose alrededor del dragón.

—¡Conjuntivitis!

Otra vez.

El dragón esquivó.

—¡Conjuntivitis!

Nuevamente.

La criatura movió la cabeza.

Severus chasqueó la lengua.

—Demasiado rápido.

Entonces ocurrió algo que ninguno de los dos esperaba.

El dragón abrió completamente sus alas.

León levantó la cabeza.

—¿Va a...?

El dragón despegó.

—¡Está volando! —exclamó Anya.

La criatura comenzó a elevarse.

Al principio su vuelo era torpe.

Su cuerpo parecía rígido, como si no estuviera acostumbrado a utilizar las alas después de haber pasado tanto tiempo encerrado bajo tierra.

Pero poco a poco comenzó a ganar estabilidad.

Voló bajo sobre el campamento.

Después dio una vuelta completa.

—¡Cuidado! —gritó Severus.

El dragón volvió a abrir las fauces.

Una llamarada descendió sobre el terreno.

—¡Polvo de diamante! —gritó León.

La tormenta de hielo salió disparada hacia las llamas.

—¡Glacius!

Severus lanzó su hechizo al mismo tiempo.

Hielo y fuego volvieron a encontrarse.

El impacto produjo una enorme nube de vapor.

El dragón dio otra vuelta.

Volvió a atacar.

—¡Polvo de diamante!

—¡Glacius!

Otra vez.

Y otra.

Y otra.

El enfrentamiento se repitió durante varios minutos.

Pero algo estaba cambiando.

El dragón se recuperaba cada vez más rápido.

Sus movimientos se volvían más precisos.

Y también estaba aumentando su velocidad.

León respiraba con dificultad dentro de su centauro de hielo.

El enorme constructo comenzaba a mostrar pequeñas grietas.

Severus también había empezado a disminuir el ritmo de sus hechizos.

Finalmente, mientras el dragón volvía a elevarse, Severus gritó:

—¡León!

—¡¿Sí?!

—¡No podemos seguir así!

El dragón pasó sobre ellos.

Una nueva llamarada cayó desde el cielo.

Ambos consiguieron evitarla.

Severus continuó:

—¡Y tampoco podemos escapar! ¡Tenemos que derrotarlo!

León apretó los dientes.

—Lo sé, papá.

Miró al dragón.

Después volvió a mirar a Severus.

—Tienes un plan.

Severus asintió.

—Sí.

—¿Cuál?

Severus observó al dragón mientras este daba otra vuelta sobre el campamento.

—Necesito que lo detengas.

León frunció el ceño.

—¿Durante cuánto tiempo?

Severus respondió con absoluta seriedad:

—Cinco minutos.

León abrió los ojos.

—¿Cinco minutos?

—Exactamente.

El dragón rugió desde el cielo.

León levantó lentamente el mazo de hielo.

—Está bien.

Sonrió.

—Dame cinco minutos.

Severus asintió.

—Eso es todo lo que necesito.

 

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