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Chapter 56 - Pociones

Leon caminaba con prisa por los fríos corredores de Hogwarts rumbo a las mazmorras. Sus pasos resonaban contra la piedra húmeda mientras apretaba con fuerza la correa de su bolso. Necesitaba hablar con su padre.

—Leon, vas muy deprisa. Todavía tenemos tiempo —se quejó Astoria, intentando seguirle el paso.

—Necesito hablar con mi padre —respondió Leon sin detenerse.

Astoria se quedó en silencio un momento, claramente sorprendida.

—Podrías haberlo dicho desde el principio —dijo finalmente, cruzándose de brazos—. Pero no te preocupes, haré guardia para que nadie los moleste en su precioso momento de padre e hijo.

—Gracias. No sé qué haría sin ti —respondió Leon con una sonrisa cargada de ironía.

Al llegar al aula de pociones, Leon abrió la puerta sin siquiera anunciarse. Astoria se quedó fuera, apoyada contra la pared de piedra.

Dentro del aula, Severus Snape levantó la vista desde su escritorio. Estaba a punto de reprender al estudiante maleducado que había entrado sin tocar, pero al reconocer a su hijo simplemente frunció el ceño.

—Padre, ¿cómo le fue a Anya en su primer día? —preguntó Leon.

—Le fue bien. No hubo ningún problema con la matrícula y tiene un cuarto propio —respondió Snape con su habitual tono seco.

Leon dejó escapar un pequeño suspiro de alivio.

—Eso es genial, padre. Podré enviar a Silver para que lleve cartas… y quizá algunos bocadillos.

Snape recordó entonces a la lechuza gris de Leon. Durante un momento se quedó pensativo. Tal vez debería comprarle una lechuza a Anya también. Podría cazar en los terrenos cercanos y dormir en algún árbol… o incluso construir un nido en los bosques que rodeaban la academia.

—Ya supe lo sucedido en el tren. Nunca imaginé que el Ministerio permitiera que los dementores subieran al tren. Fue un grave error… y un peligro para los estudiantes. Especialmente para jóvenes que, para esas criaturas, serían una presa tentadora.

Leon asintió con seriedad.

—¿Recuerdas lo que te enseñé sobre los dementores? —preguntó Snape, evaluándolo con la mirada.

—Sí, padre. Los dementores son criaturas que disfrutan de la desesperación y la destrucción ajenas. Se llevan la paz, la esperanza y la alegría de todo lo que los rodea. Si alguien se acerca demasiado a uno, le quitará hasta el último sentimiento positivo… y hasta el último recuerdo dichoso. Además, reducen la temperatura del lugar.

Snape inclinó ligeramente la cabeza.

—Bien.

Leon dudó un momento antes de continuar.

—Pero, padre… tengo curiosidad por un hechizo plateado. Ese fue el que repelió al dementor. ¿Sabes cuál es?

Snape recordó el informe que Remus Lupin había enviado a Albus Dumbledore. Sabía perfectamente de qué hechizo hablaba su hijo.

—El Patronus.

—¿Patronus? —repitió Leon—. ¿Podrías enseñármelo?

Snape dudó. No le agradaba la idea de mostrar su Patronus corpóreo frente a su hijo… pero Leon debía aprender a defenderse.

—Está bien —dijo finalmente—. El fin de semana te enseñaré.

El rostro de Leon se iluminó.

—Gracias, padre.

Un momento después, la puerta del aula volvió a sonar. Snape indicó que podían pasar, y uno a uno los estudiantes de Hufflepuff y Slytherin comenzaron a entrar al aula.

Muchos dirigieron miradas curiosas a Leon. Él decidió ignorarlas.

Astoria se sentó a su lado, inclinándose ligeramente hacia él.

—¿Cómo te fue? —preguntó con curiosidad.

Leon arqueó una ceja.

—¿En serio no estabas con la oreja pegada a la puerta?

—Yo no haría eso —respondió Astoria rápidamente, evitando su mirada.

Leon sonrió.

—Si te interesa, puedo enseñarte el hechizo nuevo que me enseñara mi padre.

Los ojos de Astoria brillaron.

—Eso sería genial. El Patronus es un hechizo avanzado… además es el único capaz de repeler a un dementor.

Leon la miró con diversión.

—¿No que no estabas escuchando?

Astoria se sonrojó inmediatamente y desvió la mirada.

Cansado de los murmullos que llenaban el aula y de ver cómo Leon y la señorita Greengrass conversaban como si no estuvieran en su clase, Severus Snape golpeó la pizarra con su varita.

El fuerte sonido sobresaltó a todos los estudiantes. El silencio cayó inmediatamente sobre el aula.

En la pizarra aparecieron, con letras claras, el título y las instrucciones de la poción que debían preparar.

**Poción protectora contra las llamas**

**Ingredientes**

* 250 g de hongos explosivos

* 300 ml de sangre de salamandra

* 500 ml de agua

* 100 g de polvo verrugoso

**Instrucciones**

Corte los hongos explosivos en rebanadas con un cuchillo. Agréguelos al caldero y revuelva en el sentido de las agujas del reloj hasta que la poción se vuelva azul. Agregue la sangre de salamandra al caldero. Revuelva en sentido contrario a las agujas del reloj hasta que la poción cambie a un color verde intenso. Aplaste el polvo verrugoso en la palma de su mano, añádalo al caldero y revuelva nuevamente en el sentido de las agujas del reloj hasta que la poción adopte un color rojo brillante.

Snape recorrió el aula con su fría mirada.

—Tienen cuarenta minutos. Cualquier error… —su voz descendió peligrosamente— podría provocar una pequeña explosión. Y créanme, no tengo ninguna intención de limpiar restos de estudiantes de mis mazmorras.

Varias manos temblaron al encender los fuegos bajo los calderos.

Los estudiantes comenzaron a trabajar de inmediato. El sonido de cuchillos cortando hongos y cucharas removiendo líquidos llenó el aula de pociones.

Leon pesó cuidadosamente los **250 gramos de hongos explosivos** antes de comenzar a cortarlos en rebanadas delgadas. Se movía con calma, como si hubiera preparado aquella poción muchas veces.

A su lado, Astoria Greengrass observaba su propio montón de hongos con cierta desconfianza.

—No me gusta que algo se llame "explosivo" cuando tengo que cortarlo —murmuró.

—"Astoria asegúrate de cortar el hongo en forma perpendicular a sus venas" murmuro leon

Quien estaba añadiendo las rebanadas al caldero y comenzó a revolver en el sentido de las agujas del reloj.

Pasaron unos segundos.

De pronto, su poción cambió de color.

Un rojo brillante apareció en el caldero antes que en cualquier otro.

Astoria abrió los ojos con sorpresa.

—¿Ya?

Snape, que recorría el aula con las manos cruzadas detrás de la espalda, se detuvo junto al caldero de Leon. Observó el color de la poción durante un momento.

—Correcto —dijo con voz fría.

Luego continuó caminando por el aula como si nada hubiera ocurrido.

Sin embargo, varios estudiantes miraron a Leon con evidente molestia.

Astoria siguió el consejo de león y corto con facilidad los hongos explosivos y logro terminar la pocion de manera correcta.

En ese momento, un fuerte ¡POP! resonó en el aula.

Un segundo después, el caldero de un estudiante de Hufflepuff explotó con un estruendo.

Una nube roja salió disparada por el aire, salpicando la mesa, el suelo y la túnica del pobre estudiante. El olor a hongos quemados llenó la sala.

Varias personas se apartaron rápidamente.

El silencio duró apenas un instante antes de que unos cuantos estudiantes comenzaran a reír.

Una figura oscura apareció inmediatamente junto al desastre.

Severus Snape observó el caldero derretido y luego al estudiante cubierto de poción.

—Cinco puntos menos para Hufflepuff —dijo con voz fría— por su extraordinaria incapacidad para seguir instrucciones simples.

El estudiante abrió la boca para defenderse.

—Profesor, yo solo—

—Silencio —lo interrumpió Snape—. Si hubiera removido en el sentido correcto, su caldero seguiría existiendo.

Con un movimiento de varita, Snape limpió parte del desastre del suelo.

—Otro error como este —añadió, mirando a toda la clase— y alguien podría terminar sin cejas… o sin manos.

Nadie volvió a hablar.

Tras el incidente con el caldero destruido, el aula volvió a llenarse únicamente con el sonido de cucharas removiendo pociones.

Severus Snape caminaba lentamente entre las mesas, observando cada caldero con su mirada crítica.

Snape observó el caldero de Astoria durante unos segundos.

—Correcto —dijo finalmente.

El tiempo de la clase llegó a su fin con el sonido seco del reloj de pared del aula de pociones.

La mayoría de los calderos producían líquidos turbios, humeantes o de colores que no figuraban en las instrucciones de la pizarra.

Severus Snape recorrió el aula una última vez, examinando cada poción con su mirada crítica.

—Dos pociones correctas —dijo finalmente, su voz fría resonando en el aula—. Un resultado decepcionante incluso para los estándares habituales de esta clase.

Varios estudiantes bajaron la cabeza.

Snape giró lentamente para mirar a todos.

—Dado que la mayoría de ustedes ha demostrado una alarmante incapacidad para seguir instrucciones simples, tendrán una tarea.

Un suspiro colectivo recorrió el aula.

—Cinco pergaminos —continuó Snape— explicando con detalle **por qué su poción falló**, identificando cada error cometido durante el proceso y cómo debería haberse realizado correctamente.

Varias caras palidecieron.

—La entregarán en mi próxima clase —añadió—. Aquellos que presenten explicaciones vagas o incompletas descubrirán que puedo duplicar la longitud de una tarea con considerable facilidad.

Astoria se inclinó ligeramente hacia Leon.

—Cinco pergaminos… —susurró—. Creo que medio curso va a odiarte.

eon miró discretamente los calderos desastrosos alrededor del aula.

—No fui yo quien explotó un caldero.

Snape golpeó suavemente la mesa con su varita.

—Clase terminada. Pueden retirarse.

Las sillas se movieron apresuradamente mientras los estudiantes recogían sus cosas y salían del aula murmurando sobre la enorme tarea.

Leon y Astoria caminaban de regreso a la sala común, seguido por sus demás compañeros de Slytherin.

La sala común de Slytherin estaba inusualmente llena.

Los murmullos cesaron poco a poco cuando Draco Malfoy dio un paso al frente, con su habitual aire de superioridad.

—¿Qué se siente convertirte en nuestra nueva celebridad?

Algunos rieron por lo bajo. Otros simplemente observaban, expectantes.

En el centro, Leon Snape permanecía tranquilo, sin mostrar incomodidad.

Levantó ligeramente la mirada hacia Draco.

—No lo sé —respondió con calma—. Nunca he necesitado la aprobación de otros para sentirme importante.

Un leve murmullo recorrió el grupo.

Vincent Crabbe frunció el ceño, sin entender del todo, mientras Gregory Goyle simplemente miraba en silencio.

Pansy Parkinson rodó los ojos.

—Qué respuesta tan pretenciosa.

Draco esbozó una sonrisa ladeada.

—Oh, vamos… no seas modesto —continuó—. Todo Hogwarts está hablando de ti.

León apoyó una mano en el respaldo de un sillón cercano.

—La gente habla cuando no tiene nada mejor que hacer.

Algunos estudiantes intercambiaron miradas incómodas.

Theodore Nott dejó escapar una leve risa.

—Tiene un punto.

Draco lo ignoró.

Sus ojos se fijaron en León con más intensidad.

—Entonces dime… ¿vas a aclarar los rumores o prefieres seguir disfrutando de la atención?

León lo observó unos segundos.

Silencio.

Luego habló:

—Si tienes algo que preguntar… hazlo directamente.

El ambiente cambió.

Ahora no era burla.

Era un desafío.

Draco entrecerró los ojos, evaluándolo.

—Bien —dijo finalmente—. Empecemos simple.

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

—¿Quién es tu madre?

El silencio cayó como una losa.

Nadie respiraba.

Todos esperaban la respuesta.

León no reaccionó de inmediato.

Solo sostuvo la mirada de Draco.

Y entonces… una leve sonrisa apareció en su rostro.

—Vaya… —dijo con suavidad—. Pensé que ibas a hacer una pregunta inteligente.

Un par de estudiantes soltaron una risa ahogada.

El rostro de Draco se tensó apenas.

León continuó:

—Pero si eso es lo mejor que tienes… siento pena por la tia Narcisa.

-- No hables con tanta familiaridad de mi madre rugio Draco

Leon Snape bajó ligeramente la mirada… y luego soltó una breve risa.

Toda la sala común estaba en tensión. No era para menos: quienes se enfrentaban eran Draco Malfoy, hijo de uno de los gobernadores, y Leon Snape, hijo del jefe de su casa.

León habló con calma, pero con firmeza:

—Si querías saber, solo tenías que preguntar con respeto… pero preferiste montar un espectáculo. Tal vez para sentirte importante.

Draco apretó los puños, visiblemente irritado. No podía creer lo que estaba escuchando… ni lo que insinuaba sobre su padrino.

León continuó, alzando ligeramente la voz para que todos escucharan:

—Escuchen todos. Soy hijo biológico del profesor Severus Snape.

Un murmullo recorrió la sala.

—Después de todo —añadió con aparente seriedad—, mi madre y mi padre se conocieron en un bar y…

Todos se inclinaron, atentos, esperando más.

León dirigió su mirada hacia el grupo de Draco y sonrió.

Pansy Parkinson, Vincent Crabbe y Gregory Goyle lo miraban confundidos.

Entonces remató:

—Mandaron una carta por lechuza y, al día siguiente, llegué… Después de todo, así es como nacen los bebés, ¿verdad, Draco?

El silencio que siguió fue absoluto… antes de que comenzaran a escaparse algunas risas contenidas.

—¿Qué tonterías estás diciendo? —espetó Draco Malfoy, perdiendo la compostura.

Leon Snape ladeó ligeramente la cabeza, como si lo analizara.

—Ya veo… eran tonterías —respondió con calma—. Entonces, Draco, dinos tú cómo se hacen los bebés… o mejor dicho, ¿qué hicieron el tío Lucius y la tía Narcisa para tenerte?

La sala volvió a quedar en un silencio sepulcral.

El rostro de Draco se encendió de furia.

—¡Deja de decir estupideces! —gruñó—. Y no vuelvas a mencionar a mis padres.

Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y abandonó la sala común, seguido rápidamente por Vincent Crabbe y Gregory Goyle.

Pansy Parkinson dio un paso al frente, temblando de rabia.

—Debes pedir perdón… de rodillas.

León la miró entonces, como si recién notara su presencia.

—Oh, casi me olvido de ti —dijo con indiferencia—. La seguidora.

Pansy apretó los puños.

León continuó, con una leve sonrisa:

—Pero ya que te gusta tanto defender a Draco… ¿no crees que sería más útil para él si respondieras la pregunta que le hice? —hizo una pausa—. O tal vez tú también naciste con ayuda de una lechuza.

Un par de risas nerviosas se escaparon.

El rostro de Pansy se volvió completamente rojo. Dio un paso adelante, claramente dispuesta a lanzarse sobre él, pero fue detenida por sus amigas.

León suspiró levemente, perdiendo todo interés.

—No tengo ningún interés en responder sus estúpidas preguntas —dijo con frialdad—. Si tanto quieren saber, pueden preguntarle a mi padre.

Hizo una breve pausa.

—Pero no se preocupen… si tienen miedo de hacerlo, puedo preguntar por ustedes. Y recalcar sus nombres.

El efecto fue inmediato.

Todos tragaron saliva.

Nadie quería ser señalado ante Severus Snape.

Leon abandonó la sala común sin mirar atrás y se dirigió directamente a los dormitorios de Slytherin.

Sus pasos eran firmes, pero más rápidos de lo habitual.

No estaba enojado… pero tampoco completamente tranquilo.

Detrás de él, Astoria Greengrass lo había seguido en silencio.

Al llegar a su habitación, León abrió la puerta y entró sin decir nada. Astoria lo siguió y se apoyó contra una silla antes de sentarse.

—¿Cómo estás? —preguntó finalmente.

León dejó su bolso a un lado.

—Bien.

Respuesta corta.

Astoria lo observó unos segundos.

No le creyó del todo… pero tampoco insistió.

Pasaron unos minutos en silencio.

Entonces, la puerta se abrió nuevamente.

Era Daphne Greengrass.

Al entrar, miró rápidamente la habitación… y soltó un pequeño suspiro de alivio al ver a su hermana sentada correctamente y la cama intacta.

—Vaya —dijo con tono seco—. Me alegra ver que no estoy interrumpiendo nada indebido.

Astoria rodó los ojos.

—Daphne…

León dejó escapar una leve risa.

—Llegas en buen momento.

Daphne cruzó los brazos.

—Eso espero.

Hubo un breve silencio.

Y entonces, de forma inesperada, León habló:

—Mi madre… se llamaba Sayu McDougal.

Ambas hermanas lo miraron con atención.

—Era muggle —continuó con calma—. Y conoció a mi padre… en un bar.

Astoria parpadeó, sorprendida.

Daphne no dijo nada, pero su expresión cambió ligeramente.

León se sentó, apoyando los codos sobre las rodillas.

—No fue nada… como lo que ellos imaginan.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Era alguien alegre… muy diferente a mi padre eso me conto el.

Astoria se inclinó un poco hacia adelante, interesada.

—¿Y cómo se conocieron exactamente?

León soltó una leve risa.

—Según lo que me contó… ella fue la única persona en ese lugar que no se intimidó con él.

Daphne alzó una ceja.

—Eso… ya es bastante impresionante.

León asintió.

—Le habló como si fuera alguien normal. Sin miedo. Sin prejuicios.

 

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