Los pesados portones de roble y bronce de la galería este se cerraron con un golpe seco a sus espaldas, aislando por fin el bullicio de los nobles ebrios y las risas aristocráticas que resonaban en las entrañas de la fortaleza. El aire helado de la madrugada danesa los golpeó de inmediato, cortante y puro. Ryuusei Kisaragi y Hitomi Valmorth habían logrado escapar en el más absoluto de los silencios, corriendo a través de los interminables y oscuros pasillos de piedra hasta alcanzar la azotea principal del castillo.
Ambos se detuvieron cerca de las gárgolas esculpidas en el borde del tejado, con los pulmones ardiendo y las respiraciones agitadas. El cansancio físico de la huida se mezclaba con la tensión acumulada de las últimas horas. Ryuusei apoyó ambas manos sobre la fría barandilla de mármol, inclinando la cabeza hacia atrás para recuperar el aliento. A su lado, Hitomi se apartó un mechón de cabello azabache que se le había pegado a la frente por el sudor, mirando la inmensidad del paisaje nocturno.
Cuando la adrenalina comenzó a descender, el silencio de la noche se volvió ensordecedor. Solo el viento nórdico silbaba entre las torres. Ryuusei giró el rostro lentamente y la miró. Bajo el resplandor platinado de la noche, la belleza de Hitomi parecía casi irreal, tallada en la misma piedra fría del castillo pero vibrando con una calidez contenida.
Ryuusei alzó la vista hacia el firmamento despejado y dejó escapar un suspiro que se condensó en el aire helado. Una pequeña sonrisa, cargada de un significado ancestral y poético, se dibujó en sus labios.
—La luna está hermosa hoy... —murmuró Ryuusei.
Era una frase antigua, un modismo literario que solo los japoneses entendían a la perfección. Un "te amo" velado, sutil, nacido de la timidez y el respeto profundo.
Hitomi, sin embargo, parpadeó. Criada en la brutalidad de la aristocracia europea y ajena a las sutilezas poéticas de la cultura nipona, alzó la cabeza de forma completamente literal. Sus ojos se fijaron en el inmenso astro que dominaba la oscuridad.
—Es verdad —respondió ella con una inocencia casi desconcertante, observando los cráteres brillantes—. Hoy hay luna llena. La luna está muy bonita esta noche.
Ryuusei se quedó callado un segundo antes de que una pequeña risa brotara de su garganta. Fue una risa genuina, cristalina, que rompió por completo la gravedad y la oscuridad que solía envolver el mundo de los Valmorth.
Hitomi frunció el ceño, mirándolo con una mezcla de confusión y una adorable indignación.
—¿De qué te ríes? —preguntó, cruzándose de brazos—. ¿Acaso dije algo extraño?
—No, no es nada —Ryuusei negó con la cabeza, intentando contener la sonrisa, aunque sus ojos seguían brillando con diversión—. No es nada importante, en serio.
Pero la sonrisa de Ryuusei se desvaneció lentamente, dando paso a una expresión de intensa seriedad. La distancia entre los dos pareció acortarse de forma invisible. El joven de 5ta generación giró su cuerpo por completo hacia ella y la miró fijamente a los ojos, con una intensidad que hizo que a Hitomi se le cortara la respiración por un instante.
—Hitomi... —comenzó Ryuusei, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro grave—. Lo que pasó hace un momento allá abajo, en el pasillo... ¿iba a ser un beso?
La pregunta directa impactó contra las defensas de Hitomi como un ariete. La guerrera implacable, la prodigio de la familia, de pronto se sintió diminuta. Un rubor intenso se apoderó de sus mejillas, extendiéndose hasta sus orejas. No supo qué responder. Su mente, entrenada para calcular vectores de ataque y estrategias políticas, se quedó completamente en blanco.
—Yo... —balbuceó, desviando la mirada hacia el suelo empedrado—. Es mejor que te olvides de eso. Fue un error. Un impulso irracional, nada más.
Hitomi dio un paso atrás, como si intentara huir de sus propios sentimientos, y el tono frío y distante que le habían inculcado desde la cuna volvió a apoderarse de ella.
—Estar conmigo solo te traerá desgracias, Ryuusei —dijo, con la voz temblando ligeramente—. Las mujeres Valmorth... nosotras somos absurdamente posesivas con nuestras parejas. Está en nuestra sangre, es una naturaleza destructiva. Si todo sale mal allá abajo... si llegas a perder ante Hiroshi y mueres en esa arena, sentiré que es mi culpa por haberte debilitado, por haberte distraído. Te estás metiendo en medio de una guerra política, en asuntos de linajes que a ti ni siquiera te gustan.
Ryuusei no la dejó continuar hundiéndose en ese espiral de culpa. Acortó la distancia en dos zancadas, extendió las manos y agarró las de Hitomi con firmeza. Sus dedos se entrelazaron, transmitiéndole un calor que contrastaba violentamente con el frío de la madrugada. Hitomi intentó zafarse por puro instinto, pero él no la soltó. La tranquilizó con un simple roce de sus pulgares sobre los nudillos de ella.
—No te preocupes por mí —le dijo Ryuusei, con una seguridad inquebrantable—. Soy fuerte. No soy un novato débil que necesite ser protegido de la política de tu familia. Puedo soportarlo.
Ryuusei tomó una profunda bocanada de aire, decidiendo que ya no había tiempo para ocultar lo que llevaba guardando en el pecho.
—La primera vez que te vi... me enamoré completamente de ti —confesó, soltando las palabras sin titubeos, directas al corazón de ella—. Hace cuatro años que mi vida entera se resume en escapar, pelear, sobrevivir y volver a escapar. Ha sido un ciclo agotador, un infierno que me tenía drenado por dentro. Pero todos estos días que he pasado contigo... han sido como los mejores días de mi vida. Han sido mis únicos días de paz genuina.
Hitomi lo miraba con los ojos muy abiertos, los labios ligeramente entreabiertos, incapaz de formular una sola palabra.
—Sé que tu situación familiar es un desastre —continuó Ryuusei, acariciando sus manos—. En estos pocos días en Dinamarca he visto suficiente para entender el dolor que cargas. Pero te pido, por favor, que me des una oportunidad. Dame una oportunidad de estar contigo. Daré lo mejor de mí, me esforzaré cada maldito día para estar a la altura de una mujer como tú. Solo te pido que lo intentemos, para ver si funciona.
Las barreras de Hitomi comenzaron a resquebrajarse. La lógica implacable de la casa central chocaba contra la sinceridad abrumadora de Ryuusei.
—Si no funciona... —susurró Hitomi, con la voz rota— me dejará un dolor muy horrible en el corazón. Las relaciones duelen demasiado, Ryuusei. Y además, no podemos estar juntos. Tú tienes un grupo, tienes una familia armada que te espera en Canadá. No vas a dejar a todo tu grupo por una chica rota como yo.
—Vale la pena si es una chica como tú —respondió Ryuusei de inmediato, sin una sola pizca de duda—. Cuando termine todo esto, cuando derrote a Hiroshi y salgamos de este infierno... ven conmigo a Canadá. Vámonos juntos y vivamos allá. Lejos de este castillo, lejos de Constantine. Te prometo que te devolveré la sonrisa. Todos esos años oscuros que pasaste sufriendo, prometo llenarlos de alegría.
Esas últimas palabras fueron el golpe final. Las gruesas gotas de lágrimas comenzaron a desbordarse de los ojos de Hitomi, cayendo silenciosamente por sus mejillas.
Durante toda su vida, en la secundaria y en los círculos aristocráticos, cientos de chicos se habían acercado a ella. Todos buscaban lo mismo: deslumbrados por su belleza física, codiciosos por su cuerpo, ambiciosos por los contactos políticos, el dinero o el simple trofeo de ganarse el apellido Valmorth. Había recibido cientos de confesiones de amor, y a todas y cada una de ellas las había rechazado de forma fría, sin pestañear y sin armar el menor problema.
Pero ahora, no entendía por qué, habiendo millones de chicos en el mundo, su corazón se había fijado exactamente en él. Ryuusei era diferente. No la veía como una herramienta de 6ta generación ni como un trofeo político. La veía a ella.
Hitomi tenía un miedo atroz a confundir la amistad y la gratitud con amor, a meter a Ryuusei en una tumba prematura por culpa de los problemas de su linaje. Pero el deseo de estar cerca de él, la necesidad desesperada de no dejarlo ir, era mucho más fuerte.
—Al menos... —sollozó Hitomi, rindiéndose por completo ante sus emociones— al menos hay que intentar... y saber si funciona.
Llorando abiertamente, perdiendo toda la compostura, Hitomi se arrojó hacia adelante y envolvió sus brazos alrededor del cuello de Ryuusei. Escondió el rostro en su pecho, sollozando con una mezcla de dolor liberado y esperanza absoluta.
—Muchas gracias... gracias por venir a mi vida —le dijo ella entre lágrimas—. Fuiste un destello de luz en medio de toda la oscuridad por la que he pasado.
Ryuusei la rodeó con sus brazos, abrazándola con una fuerza férrea, como si quisiera protegerla del mundo entero. Apoyó su mejilla sobre la cabeza de ella.
—Te prometo que te voy a proteger —le susurró él al oído.
—Yo también... yo también te protegeré —respondió Hitomi, aferrándose a su chaqueta.
Tras unos largos segundos, Hitomi alzó el rostro. Sus miradas se cruzaron a escasos centímetros de distancia. Ya no había barreras ni dudas. Lentamente, cerraron la distancia y se unieron en un beso profundo, cargado de todo el deseo, la frustración y el anhelo que ambos habían estado reprimiendo a más no poder. Fue un beso largo, que detuvo el tiempo en lo alto del castillo, sellando un pacto silencioso entre dos almas que habían encontrado su refugio mutuo.
Cuando finalmente se separaron, aún manteniendo las frentes juntas, ambos respiraban con tranquilidad. Se sentaron en uno de los anchos muros de piedra de la azotea, con los hombros rozándose, y se dedicaron a mirar el vasto manto de estrellas.
El ambiente se había vuelto íntimo y sereno. Ryuusei, recordando los oscuros eventos en las celdas inferiores horas atrás, decidió que era momento de entender mejor el campo de batalla en el que se encontraba.
—Hitomi... —preguntó Ryuusei, con tono curioso—. ¿De dónde viene exactamente eso del "Castigo de Hellvil"? Constantine lo mencionó antes de usar esa maldita vara conmigo.
Hitomi suspiró, su mirada se oscureció ligeramente al recordar las historias sangrientas de su estirpe.
—Hellvil fue un Valmorth bastardo que vivió en el siglo XIV —comenzó a relatar, apoyando la cabeza en el hombro de Ryuusei—. En pocas palabras, para la rama principal de esa época, él no era más que un 'sangre sucia'. Su gran crimen ante la familia fue tener piedad. Quería proteger a los otros bastardos, luchar para que consiguieran su libertad y exigir que la cúpula central los tratara como iguales.
Ryuusei escuchaba con atención, fascinado por la densidad de la historia familiar.
—Pero lo que realmente diferenciaba a Hellvil de los demás bastardos de esa época —continuó Hitomi— era su cuerpo. Su capacidad de regeneración era absurdamente fuerte. Las citas de los libros antiguos de la biblioteca dicen que era un ser casi inmortal. Hellvil es considerado casi un héroe mítico hoy en día para los bastardos de la familia. Él salvó a muchísimas personas, ya fueran de su linaje o no. Pero el destino es cruel... Lamentablemente, a los mismos bastardos que él salvó, el pánico y el terror a ser cazados por la casa central los consumió. Terminaron traicionándolo y entregándolo.
Ryuusei frunció el ceño, sintiendo un nudo de indignación en el estómago.
—Ya capturado en las mazmorras —la voz de Hitomi se volvió más lúgubre—, Hellvil fue sometido a múltiples torturas. Pero su regeneración era tan brutal que nunca moría. Los registros dicen que hasta se reía en la cara de los ancianos mientras lo mutilaban. Después de varios meses de frustración, los artífices de la tortura crearon la famosa vara de hierro negro, diseñada específicamente para generar un calor tan infernal que cauterizara sus heridas al instante y anulara su curación. También crearon la máscara de asfixia y la venda de cuero para los ojos, para privarlo de sus sentidos y volverlo loco. Hellvil fue torturado, todos los días, durante 27 años sin parar. Finalmente, su mente y su cuerpo colapsaron, y murió a la edad de 77 años.
—Maldita sea... —murmuró Ryuusei, asombrado por el nivel de psicopatía de los Valmorth de antaño.
—Aunque hay varias versiones —aclaró Hitomi—. Algunos textos herejes dentro del castillo dicen que soportó hasta la edad de 105 años, lo cual biológicamente es casi imposible, incluso para alguien de su nivel. Y existen teorías de que en realidad nunca murió. Los ancianos jamás encontraron su cuerpo, simplemente desapareció de la celda un día, así que lo dejaron como muerto para no mostrar debilidad. Hasta el día de hoy, es un cuento de terror y esperanza dentro de nuestra familia.
A Ryuusei le fascinaba la historia, encontrando en ella ecos de su propia lucha contra los poderosos.
—Hay varias historias como esa —añadió Hitomi, notando el interés de Ryuusei—. Está Hellvil el inmortal; Lázaro el dormido; Kelly la audaz... y por último, pero no menos importante, Varek el bromista. De este último ni siquiera se sabe si existió realmente, la mayoría cree que es solo un mito de los sirvientes, pero las leyendas dicen que su poder estuvo a la altura del mismísimo Michael Valmorth. Pero supongo que esa será otra historia para otro momento.
Ryuusei asintió, procesando toda la información. Sin embargo, había algo que aún no encajaba en el rompecabezas político actual.
—Hitomi... antes mencionaste que John era tu hermanastro. —Ryuusei se giró para mirarla, visiblemente impactado—. Si no viene de tu mismo linaje puro y Laila no es su madre biológica... entonces, ¿por qué demonios John busca el trono con tanta desesperación si ni siquiera es de la línea principal?
Hitomi bajó la mirada hacia sus manos, entrelazando los dedos con nerviosismo.
—Es complicado... Todo esto lo escuché de la propia boca de John, me lo contó cuando yo era apenas una bebé y él me cuidaba. Antes de que John llegara y antes de que yo naciera, mis padres tuvieron otro hijo. Un hermano mayor antes de mí. Se llamaba Dennis. Pero Dennis murió trágicamente a la edad de 5 años. Cuando Dennis murió, mi madre, Laila, quedó devastada. Le agarró un cariño inmenso a John, criándolo como si fuera el reemplazo de su hijo perdido. Pero a medida que John fue creciendo, ella se dio cuenta de que él nunca sería Dennis. El cariño se apagó, y ella ya no le tomaba mucha atención, dejándolo de lado.
Hitomi suspiró pesadamente.
—En pocas palabras... John quiere hacer hoy lo que Hellvil no pudo hacer en el siglo XIV. Quiere destruir la tiranía de la rama principal desde adentro. Tampoco sabemos mucha información sobre Dennis ni sobre cómo murió exactamente a los cinco años. John nunca me ha querido decir la verdad sobre ese tema, siempre cambia la conversación. Y eso sería todo lo que sé de él.
Ryuusei se pasó una mano por el cabello, procesando el oscuro drama.
—Toda tu historia familiar es excesivamente difícil de entender... y a la vez muy fascinante —admitió Ryuusei con una media sonrisa—. Pero poco a poco empiezo a entender por qué todos actúan como lo hacen. Sin embargo... ya tengo que ir a alistarme. En unas horas voy a pelear contra tu hermano Hiroshi.
Hitomi se puso de pie frente a él. La tristeza había desaparecido de sus ojos, reemplazada por la fría determinación de una guerrera de 6ta generación. Se inclinó y le dio un último beso profundo y apasionado.
—Te veré allá abajo —le dijo, acariciando su mejilla—. No mueras.
Ya después de unas horas, en los túneles subterráneos que conectaban con el coliseo privado de los Valmorth, el ambiente era radicalmente distinto. El olor a piedra húmeda, aceite de armas y tensión llenaba la sala de preparación.
Ryuusei estaba sentado sobre un banco de concreto, vendándose las manos y los antebrazos. A pesar de su resolución, su cuerpo reaccionaba a la presión inminente. Sus manos no paraban de temblar visiblemente mientras ajustaba la tela blanca sobre sus nudillos.
A unos metros, Sergei Volkhov, con su imponente presencia de 1ra generación, estaba recostado contra la pared revisando el mecanismo de su armamento pesado. El gigante ruso notó el estado del joven y no dudó en burlarse.
—Te ves muy nervioso, muchacho —comentó Volkhov con su voz áspera y profunda, soltando una pequeña risa ronca—. No paras de temblar. Pareces Charles cuando ve un cable pelado. Si sigues temblando así, tal vez te empiecen a salir chispas de las orejas.
Charles, que estaba en una mesa cercana calibrando unos dispositivos explosivos, se giró de golpe, sintiendo que le tocaban el orgullo.
—¡Cállate, maldito viejo! —le gritó Charles, profundamente molesto por el comentario.
Sin pensarlo dos veces, Charles caminó a grandes zancadas y le soltó un golpe en el hombro al colosal ruso. Fue el peor error que pudo cometer. Volkhov, aprovechando la velocidad y los reflejos físicos abrumadores propios de la 1ra generación, se levantó en un parpadeo. Antes de que Charles pudiera reaccionar, la enorme mano del ruso atrapó la cabeza del mecánico como si fuera una pelota de béisbol, levantándolo un par de centímetros del suelo con una fuerza aterradora.
—¡Es broma, es broma, viejo loco, suéltame! —empezó a gritar Charles, pataleando en el aire y sujetando la muñeca de Volkhov.
Volkhov soltó una carcajada estruendosa y lo dejó caer al suelo sin ninguna suavidad. Charles se sobó la cabeza, murmurando maldiciones mientras el ruso lo dejaba en paz y volvía a sus armas.
La escena logró romper la tensión, pero Ryuusei sabía que no podía retrasar más lo inevitable. Se levantó del banco y caminó hacia una pequeña mesa donde reposaba una botella de licor fuerte que los sirvientes habían dejado para los combatientes. Se sirvió un vaso y se lo bebió de golpe, sintiendo el ardor del alcohol bajando por su garganta y estabilizando sus nervios.
Se giró hacia su equipo. Volkhov, Charles, Ezequiel Kross y los demás integrantes lo miraban, esperando las últimas órdenes tácticas antes de que las puertas de la arena se abrieran.
—Chicos... —comenzó Ryuusei, limpiándose la boca con el dorso de la mano vendada. Su tono era grave y lleno de culpa—. Hay algo que tengo que decirles... Tengo una corte programada en Francia. Y... lamentablemente olvidé decirles. El plazo se vence hoy mismo.
El silencio en la habitación fue absoluto. Nadie movió un músculo.
De repente, una sombra se movió a una velocidad imperceptible. Ezequiel Kross, utilizando la potencia explosiva que lo caracterizaba como un usuario de 6ta generación, apareció justo detrás de Ryuusei y le propinó un golpe seco y contundente en la nuca.
—¡Ay! —se quejó Ryuusei, encogiéndose y frotándose la cabeza.
Ezequiel lo miró con los brazos cruzados y una expresión de completa incredulidad y reproche.
—Nos traes a una guerra de sangre en Dinamarca, estamos a punto de pelear contra un fenómeno de la naturaleza, ¿y recién ahora nos avisas que tenemos que huir a Francia a contrarreloj? —reclamó Ezequiel, negando con la cabeza.
Ryuusei se masajeó la zona del golpe, esbozando una sonrisa a medias, sintiendo el calor incondicional de su familia adoptiva.
—Sí... —admitió Ryuusei—. Me lo merezco de todas formas. Prepárense. En cuanto termine con Hiroshi, nos largamos de este infierno.
