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Chapter 24 - Entrenamiento

El viento cortante del Inframundo silbaba a su alrededor, trayendo consigo el hedor a azufre y desesperanza. Ryuusei, cubierto de heridas y sudor frío, se mantenía en pie con una dificultad que le helaba la sangre. Tenía apenas quince años, pero en ese foso de piedra negra, la edad no significaba nada. El miedo era lo único real. La Muerte no le había ofrecido un lecho de rosas; lo había lanzado a un entrenamiento final, un crisol brutal que definiría su destino como el Heraldo Bastardo. No había un atisbo de esperanza, solo la rabia cruda de un animal acorralado.

Con la Máscara del Yin-Yang firmemente colocada, el dolor era un zumbido constante en su cráneo. Cada día era una prueba de resistencia, cada golpe recibido, una enseñanza sádica.

Un instructor, una mole de músculos con el rostro cubierto de cicatrices purulentas, se acercó, escupiendo una flema oscura en el suelo de obsidiana. —Te veo temblar, chico. ¿Qué sientes?

Ryuusei apenas podía hablar. Su garganta estaba seca como la ceniza. —Siento... el miedo a morir.

El instructor sonrió con una mueca cruel que dejó al descubierto dientes afilados. —¡Bien! Ese miedo es tu maestro. Te enseña a empujar los límites y te obliga a levantarte. La debilidad se ahoga en su propia sangre aquí. El poder no es un regalo, es una extorsión. ¡Ahora, concéntrate en la herramienta!

El primer dominio que Ryuusei forjó en su arsenal fue el Toque de la Entropía. Comprendió rápidamente que no era magia libre; este poder oscuro residía única y exclusivamente en sus Armas Ancestrales. Sus Martillos de Guerra no eran meras herramientas para golpear; eran el cincel con el que esculpía la aniquilación de la materia.

Comenzó con estructuras colosales: torres de roca negra, muros de metal maldito. Golpe tras golpe, la materia cedía. No se rompía en pedazos; simplemente dejaba de existir, corroída por una energía negruzca. Pero la entropía exigía un precio. En cada impacto, las vibraciones de la destrucción le recorrían los huesos, haciendo estallar los capilares de sus brazos hasta que su piel se tornó un mosaico de moratones púrpura.

—¡Más fuerte! —rugió el instructor—. ¡La piedra no siente! ¡Veamos si puedes hacerlo con la carne!

El verdadero abismo se abrió cuando un prisionero fue arrojado ante él. Era apenas un despojo humano, con el rostro hundido por el hambre y los ojos enturbiados por el terror. —Mátalo. Si no lo haces, te arrancaré los ojos —sentenció el instructor.

Ryuusei alzó su martillo. La razón y el instinto de supervivencia ahogaron su moralidad. Y el mazo descendió. En el instante en que el metal tocó el hombro del prisionero, la carne no se desgarró. Se desplomó. La entropía detuvo cualquier capacidad de regeneración celular del hombre, devorándolo desde adentro. Su piel se abrió como un pergamino antiguo consumido por ácido. La carne se derritió en un amasijo burbujeante, cayendo de sus huesos en charcos humeantes.

El hedor a podredumbre se adhirió a los pulmones de Ryuusei. Sus brazos temblaban. La bilis subió por su garganta. Cayó de rodillas, soltando el martillo, y vomitó violentamente sobre la piedra.

—¡Levántate, escoria! —El instructor le propinó una patada en las costillas que lo hizo rodar—. ¡Si sientes asco de tu propio poder, estás muerto!

Pero Ryuusei, tosiendo sangre, miró sus manos. El horror lo paralizaba, pero en el fondo, una chispa de instinto oscuro entendió la lección: ese poder absoluto era la única barrera entre él y la muerte.

El siguiente paso fue la domesticación del infierno: las Llamas del Ocaso. El fuego negro no era un arma; era un hambre insaciable que no podía extinguirse. La primera vez que intentó invocarlo, la energía se descontroló y envolvió sus propios brazos.

—¡No puedo controlarlo! ¡Arde! —gritó, mientras las lenguas de ébano y carmesí devoraban su carne.

Fue entonces cuando su maldición pasiva despertó: la Regeneración Dolorosa. Su cuerpo actuó para salvarlo, pero no hubo alivio. Cada centímetro de carne quemada se reconstruía forzosamente, solo para ser devorado otra vez por las llamas. El dolor era absoluto, como si mil clavos al rojo vivo fueran insertados en sus venas para coser sus músculos rotos. Era una agonía que amenazaba con destrozar su cordura.

—¡Alto! ¡Por favor, que se detenga! —imploró. —¡Domina o muere, Bastardo! —le respondió la voz glacial del instructor—. ¡El fuego negro se alimenta de la duda!

Ryuusei dejó de suplicar. Comprendió que el dolor nunca se iría. Su regeneración lo mantendría vivo, pero el precio siempre sería el sufrimiento. Apretó los dientes hasta astillarlos. Sustituyó el pánico por una voluntad férrea. Respiró hondo, aislando su mente del tormento de su carne hirviendo. Lentamente, las Llamas del Ocaso retrocedieron, concentrándose mansamente en la palma de su mano. Había domesticado el fuego pagando con su propia piel.

Para equilibrar la destrucción del Yin, debía dominar la defensa del Yang. La Muerte no le dio respiro. Lo arrojaron a un foso con bestias del inframundo, criaturas del doble de su tamaño con garras como guadañas.

—Si intentas curarte con tu regeneración, el dolor te dejará inconsciente y te comerán vivo —advirtió el instructor desde las alturas—. Evita el daño.

La bestia embistió. Ryuusei, en un acto de pura concentración, activó su Aura de Resistencia. Una barrera invisible y translúcida se formó a milímetros de su piel. El zarpazo del monstruo impactó, pero en lugar de destrozarle el torso, la fuerza se disipó brutalmente. Ryuusei salió despedido hacia atrás, con hematomas profundos, pero intacto. Sin embargo, sintió cómo sus piernas flaqueaban. El Aura drenaba su energía física a un ritmo aterrador. Era un escudo perfecto, pero no podía mantenerlo eternamente ni atacar mientras lo usaba. Era un poder de paciencia, un cálculo táctico.

El clímax de su calvario llegó al día siguiente. Ryuusei fue empujado a una arena circular de arena negra. Las puertas de hierro del otro extremo se abrieron chirriando. De la oscuridad emergió un Coloso, un verdugo del Inframundo de casi tres metros de altura, con músculos abultados como rocas y una piel grisácea impenetrable. Sus ojos brillaban con un poder abrumador, irradiando un aura que aplastaba el aire.

—Este bastardo tiene piel de acero y fuerza para demoler montañas —anunció el instructor, observando desde un palco—. Tus martillos son lentos. Tus llamas no lo alcanzarán antes de que te parta en dos. Si quieres sobrevivir, Ryuusei, báñalo en barro. Arrástralo a tu nivel.

Ryuusei tragó saliva. El Coloso rugió y cargó contra él, la tierra temblando bajo sus pasos. La velocidad del gigante era antinatural para su tamaño.

Ryuusei cerró los ojos un instante. Unió sus manos. —Zona de Equilibrio.

Una cúpula de energía opalescente estalló desde su cuerpo, expandiéndose hasta cubrir toda la arena. El color del mundo pareció apagarse, volviéndose de un gris cenizo. De repente, el aura abrasadora del Coloso se desvaneció por completo. La piel de acero del gigante perdió su brillo, volviéndose carne pálida y mortal. Pero Ryuusei también sintió el vacío; la conexión con sus martillos, el calor de sus llamas y el latido de su regeneración... todo desapareció. Su poder cayó al cero absoluto.

—Dos minutos con cuarenta segundos —susurró Ryuusei, iniciando la cuenta atrás en su mente. Ese era el límite exacto del dominio.

2:35... El Coloso, confundido por la repentina pesadez de su cuerpo humano, no frenó su embestida. Ryuusei aprovechó el desconcierto. Esquivó el torpe y masivo puñetazo del gigante, que apenas rozó su mejilla pero lo hizo sangrar. Ryuusei pivotó y conectó un gancho de derecha directamente a la mandíbula del monstruo. El impacto fue seco, doloroso. Ryuusei sintió sus propios nudillos crujir. Ahora ambos sangraban.

1:50... La pelea se convirtió en una carnicería callejera. Sin poderes, sin magia, sin defensas absolutas. Solo carne contra carne, hueso contra hueso. El Coloso, aún con su ventaja de tamaño, logró atrapar a Ryuusei por el cuello, arrojándolo contra el muro de la arena. Ryuusei tosió sangre, sintiendo costillas fisuradas. No había regeneración que lo salvara ahora. Si moría en estos dos minutos, se quedaba muerto.

1:10... El Coloso se abalanzó para pisotearle el cráneo. Ryuusei rodó por la arena negra, agarró un puñado de tierra y se lo arrojó a los ojos al gigante. El monstruo bramó de dolor y ceguera temporal. Ryuusei no dudó; saltó sobre la espalda de su enemigo y lo rodeó con un estrangulamiento de sangre (mata león), apretando con toda la fuerza humana que le quedaba en sus quince años de vida.

0:30... El gigante se sacudía como un toro salvaje. Se dejó caer de espaldas, aplastando a Ryuusei contra el suelo. El aire abandonó los pulmones del joven, su visión se nubló. El instinto le gritaba que soltara, que buscara aire, pero sabía que si lo hacía, el Coloso lo despedazaría. Apretó más, cerrando los ojos, rezándole a su propia terquedad.

0:10... Los movimientos del gigante se volvieron espásticos. La falta de oxígeno estaba venciendo a la montaña de músculos.

0:03... El Coloso dejó caer los brazos pesadamente. Sus ojos se en blanco. Inconsciente.

0:00... La cúpula gris se rompió como un cristal. El color y el sonido regresaron al mundo. La Zona de Equilibrio había terminado. De inmediato, Ryuusei sintió cómo la Regeneración Dolorosa se activaba para curar sus costillas y nudillos, enviando descargas eléctricas de agonía por su espina dorsal. Soltó al gigante y rodó por el suelo, jadeando, retorciéndose de dolor, pero riendo a carcajadas ahogadas.

Había ganado. No como un dios intocable, sino como un humano arrinconado.

Tras meses de brutalidad, Ryuusei finalmente se levantó como un guerrero consumado. Su cuerpo marcado por cicatrices imborrables, su mente afilada como una espada. Había dejado de ser solo un joven desafiante. Ahora era el Heraldo Bastardo, forjado en el caos y la paz, listo para desafiar incluso a la Muerte misma.

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