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Chapter 1 - Capítulo 1: Un camino de hormigas

La hormiga vuelve a escaparse.

Pongo la ramita delante de ella y espero. Se detiene, mueve las antenas y gira hacia la izquierda.

Le cierro el paso.

Entonces gira hacia la derecha.

También le cierro el paso.

Durante un momento parece que va a regresar por donde ha venido, pero termina subiéndose a la rama y pasa por encima.

Eso no se me había ocurrido.

La sigo con la mirada hasta que se reúne con las otras, junto a una grieta entre dos piedras. Casi todas llevan algo. Hay una que arrastra una miga tan grande que apenas consigo verle la cabeza.

A esa no la molesto. Ya tiene bastante trabajo.

Antes he intentado subir al árbol junto al camino, pero la primera rama queda demasiado alta. Después me he acercado a la fuente, donde unos niños se están salpicando. Uno ha fallado.

Me ha dado a mí.

Todavía tengo una manga húmeda.

Mi acompañante se ha sentado en un banco cercano. Desde allí puede verme, aunque yo casi no la miro: la hormiga ha encontrado otra miga.

—Si pones eso ahí, no pueden pasar.

Levanto la cabeza.

Al otro lado del banco hay una niña de cabello negro. Tiene las rodillas recogidas y un pequeño paquete de papel sobre el regazo. Me mira la mano.

Aparto un poco la rama.

—Sí pueden. Esa ha pasado.

—Pero las otras van a dar la vuelta.

Miro otra vez al suelo. Varias hormigas se han amontonado delante de mi ramita.

—Pues que pasen por encima.

La niña abre la boca, pero no dice nada. Baja la vista hacia ellas.

Espero un momento.

—¿Las estabas mirando?

Asiente.

—Yo también.

Vuelve a mirar la rama.

La retiro del camino y la dejo a un lado.

—Ya está.

Parece relajarse un poco. Entonces abre su paquete, rompe una esquina de lo que parece una galleta y coloca un trocito junto al banco.

Una hormiga se acerca casi enseguida.

—¿Les estás dando de comer?

—Solo un poco.

—Van a venir todas.

—Eso estoy esperando.

Me cambio de sitio para ver mejor.

Desde aquí descubro que hay un camino entero de hormigas que pasa bajo el banco, rodea una raíz y desaparece cerca del arbusto. No sé cómo no lo había visto.

La niña sostiene el resto de la galleta entre los dedos.

—¿Quieres?

Miro la miga del suelo.

—¿De la de ellas?

—No. De esta parte.

Me enseña el pedazo que tiene en la mano.

Acepto.

La galleta está un poco blanda, pero sabe bien. Me siento en el borde del banco mientras ella observa a las hormigas rodear la comida.

Durante un rato no hablamos.

Al otro lado del sendero, dos trabajadores están cambiando una losa. Uno se agacha y espera a que su compañero aparte una herramienta. Un resplandor le recorre los antebrazos; después levanta la piedra y la coloca sobre una carretilla.

Yo he intentado levantar una de esas. Ni siquiera conseguí moverla.

La niña sigue mirando el suelo.

—Esa no puede.

Una hormiga tira de la miga sin conseguir moverla.

—Que busque otra.

—Ahora van a ayudarla.

Me inclino hacia delante. Llegan dos más, pero una parece empujar hacia el lado contrario.

—Esa no ayuda mucho.

La niña se tapa la boca para reírse.

Al final la miga se mueve.

Un poquito.

Después otro poquito.

Y entonces recuerdo una voz.

Pueden cargar varias veces su propio peso.

La frase aparece entera, aunque no sé quién la ha dicho.

Por un instante veo algo brillante, un rectángulo lleno de hormigas enormes. Hay un dedo señalando una de ellas. Luego todo se borra.

Parpadeo.

—¿Qué pasa?

La niña está mirándome.

—Nada.

Vuelvo a fijarme en la miga. Las hormigas ya la han arrastrado hasta una piedrecita y ahora intentan pasar por un lado.

A veces me vienen cosas así a la cabeza. Imágenes que desaparecen cuando trato de mirarlas mejor. Una vez recordé una canción, pero cuando quise cantársela a mi padre ya se me había olvidado.

—Son fuertes —digo.

—Mi mamá dice que mucho.

—¿Más que tú?

Frunce un poco el ceño.

—Para lo pequeñas que son.

—Ah.

Eso tiene más sentido.

Termino la galleta. Una miga cae sobre mis pantalones y la recojo antes de que se pierda.

—También defienden su casa —añade ella—. Si las molestas, pueden morderte.

—Ya sé.

—¿Te han mordido?

—No. Mordí una.

La niña se queda inmóvil.

—¿Por qué?

—Fue sin querer.

Miro el trocito de galleta que todavía tengo entre los dedos. Esta vez lo examino antes de metérmelo en la boca.

—Estaba en algo que me comí.

—¿Y qué hiciste?

—La escupí. Sabía horrible.

Hace una mueca y después empieza a reírse.

No sé por qué eso le hace tanta gracia. A mí no me hizo ninguna.

—Por eso tienes que mirar antes —dice.

—Ahora miro.

Me sacudo las manos y bajo del banco. Una hormiga se ha separado del camino y corre junto a mi zapato.

Recojo la ramita.

La niña deja de reírse.

—No la molestes.

—Solo voy a hacer que vuelva.

Pongo la rama a un lado para impedirle seguir alejándose. La hormiga cambia de dirección y corre hacia el otro.

La sigo.

—No va a entenderte.

—Ya lo sé.

Pero si le tapo los lados, tendrá que regresar por donde ha venido.

Doy otro paso.

Entonces siento un pinchazo por encima del zapato.

—¡Ay!

Me aparto de un salto y me doy una palmada en el tobillo. Algo pequeño cae sobre la tierra.

¿Cómo puede doler tanto una cosa tan pequeña?

La niña se levanta enseguida.

—¿Te ha mordido?

—¡Sí!

Me bajo el calcetín. Hay un punto rojo en la piel.

Me lo rasco.

—No hagas eso.

—Me pica.

—Pero te vas a hacer daño.

Miro hacia la raíz. Ahora veo varias hormigas moviéndose por donde acabo de poner el pie.

Aprieto la ramita.

—Pues ahora van a ver.

La niña me agarra de la manga antes de que avance.

—Vamos por aquí.

—No he terminado.

—Hay otra en tu zapato.

Eso sí consigue que me mueva.

Sacudo el pie tan fuerte que casi pierdo el equilibrio. Ella tira de mí hacia el sendero y nos detenemos junto a la fuente.

Levanto una pierna.

—¿Dónde?

Se agacha un poco para mirar.

—Creo que se cayó.

—¿Crees?

Reviso el zapato por arriba, por los lados y por debajo. Solo encuentro tierra.

Mi acompañante se ha levantado del banco. Ya viene hacia nosotros.

—Una hormiga —le digo, enseñándole el tobillo.

Se inclina para mirarlo y me revisa el zapato. Cuando termina, me acomoda el calcetín.

—No te rasques.

Eso lo dicen todas.

Se queda cerca mientras la niña espera a mi lado.

La niña se fija en el gesto, pero no pregunta.

—Te dije que podían morder.

—No era esa.

—¿Cuál?

—La que estaba mirando. Me ha mordido otra.

Se queda pensando.

—Pero también estabas pisando por donde viven.

Miro mi zapato.

Eso puede ser.

Me siento en el borde de la fuente y bajo otra vez el calcetín. La marca sigue siendo pequeña, aunque pica bastante.

—Podías haberme avisado de que estaban ahí.

La niña mira el zapato y después me mira a mí.

—Te dije que no las molestaras.

No se me ocurre qué responder.

Dejo la ramita a mi lado.

Ella permanece de pie, retorciendo una esquina del papel de la galleta. Ahora que ya no estamos junto al banco, parece no saber qué hacer.

Le hago sitio.

Se sienta.

Durante un rato escuchamos el agua.

—¿Vienes mucho? —pregunto.

—A veces. Cuando mi mamá puede traerme.

—Yo también vengo a veces.

Asiente.

Miro hacia el banco. Desde aquí no se ven las hormigas, pero sí el arbusto.

—¿Mañana vas a venir?

—No sé.

—Podríamos mirar si se llevaron toda la galleta.

La niña levanta la cabeza.

—Puedo preguntarle.

—Bueno.

—¿Tú vas a venir?

—Voy a preguntar también.

Eso parece dejarla conforme.

Se oye una voz llamándola desde el camino.

—¡Emilia!

La niña se vuelve. Una mujer espera a cierta distancia, junto a la entrada del parque.

—Ya tengo que irme.

Se baja de la fuente y aprieta el paquete vacío entre las manos.

Antes de que se aleje, recuerdo algo.

—¿Te llamas Emilia?

Asiente.

—Emilia Arvena.

—Yo soy Alex.

Sonríe.

—Ya sé.

—¿Cómo?

Señala detrás de mí.

—Te están llamando.

Me doy la vuelta.

Mi tía Sarah viene por el sendero. Mi acompañante se aparta para dejarla pasar.

No sé cuántas veces habrá dicho mi nombre.

—Ah.

Cuando vuelvo a mirar a Emilia, está intentando no reírse.

—Nos vemos mañana —le digo.

—Si mi mamá me deja.

Se aleja deprisa. A mitad del camino se vuelve para despedirse con la mano y yo hago lo mismo.

Sarah se detiene delante de mí.

—¿Qué te ha pasado en el calcetín?

Miro hacia abajo. Todavía lo llevo doblado sobre el zapato.

—Una hormiga.

Mi tía se agacha y me aparta los dedos del tobillo.

—¿Te ha mordido?

Asiento.

Examina la marca.

—¿Y qué estabas haciendo?

—Mirándolas.

Sarah levanta los ojos hacia mí.

—Muy cerca —añado.

—Ya veo.

Me acomoda el calcetín con cuidado y se incorpora.

—Vamos. Nos esperan para comer.

Cojo su mano.

Al pasar junto a la fuente, recuerdo la ramita. Sigue en el borde, donde la he dejado.

La miro un momento y continúo caminando.

—He conocido a una niña.

—La he visto.

—Se llama Emilia. Sabe muchas cosas de hormigas.

—¿Emilia Arvena?

La miro sorprendido.

—¿La conoces?

—Conozco a su madre.

—Ah.

Eso explica que sepa su apellido.

Damos unos pasos.

—¿Puedo volver mañana?

Sarah me mira de reojo.

—Esta mañana decías que aquí te aburrías.

—Porque todavía no la conocía.

Mi tía sonríe un poco.

—Después de tus lecciones, si su madre está de acuerdo.

—Pero si llegamos tarde, a lo mejor ya se ha ido.

—Entonces procura terminarlas a tiempo.

Empiezo a pensar en cuánto puedo tardar. Si no me distraigo y no tengo que repetir los ejercicios, quizá consiga acabar antes.

Al salir del parque pasa un autobús. Intento ver si Emilia está dentro, pero las ventanas reflejan los árboles.

Nuestro auto espera junto a la acera. Antes de subir, me vuelvo hacia el banco. Desde aquí parece que no hay nada debajo.

Mañana voy a traer una galleta.

Y zapatos más altos.

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